Opinion · Tierra de nadie

La banca no iba a perder siempre

Antes de que Simón Pérez y Silvia Charro popularizaran las hipotecas a tipo fijo con guion de Hunter S. Thompson, hubo un tiempo en el que bancos y cajas –cuando aún existían- proponían a sus clientes créditos referenciados al IRPH, más conocido como Índice de Referencia medio para Préstamos Hipotecarios a más de tres años para adquisición de vivienda libre, un clásico entre los hipotecados. Entre medio millón y un millón de clientes fueron convencidos de que el citado índice tenía una ventaja sobre el euríbor: era más estable. Y vaya sí lo era. Su estabilidad soportaba deflagraciones atómicas, hasta el punto de que siempre ha estado por encima del euríbor y no se conoce un solo caso en la historia en el que un préstamo ligado al IRPH más su correspondiente diferencial haya sido más ventajoso que el más oneroso de los vinculados al otro índice.

Tras los varapalos que habían supuesto los fallos contra las cláusulas suelo y las hipotecas multidivisa, habíamos empezado a sospechar que no era cierto aquello de que la banca siempre gana que se nos inculcaba desde pequeños jugando a las siete y media. La sentencia del Supremo que avala los préstamos vinculados al IRPH y niega que sean abusivos o poco transparentes recupera ese mito de nuestra infancia o, al menos, nos recuerda que la banca no iba a perder siempre.

El Alto Tribunal entiende que al ser el IRPH un índice legal no es cuestionable su transparencia, aunque sean las propias entidades financieras las que facilitan al Banco de España los datos para su cálculo, en los que incluyen los intereses que aplican más sus propias comisiones. El sistema es tan transparente que el Banco de España no hace públicos dichos datos. Y rechaza que represente una cláusula abusiva en la medida en que no se negocia individualmente sino que está incorporada a una pluralidad de contratos.

Todo se entiende mejor si imaginamos que los bancos son fruterías y en vez de vender dinero despachan naranjas. A lo largo de veinte o treinta años, las mismas naranjas se venden a un precio a un cliente y a otro precio superior al siguiente con la promesa -que nunca se ha cumplido ni se cumplirá- de que en algún momento el sobreprecio de ahora podría compensarse en el futuro. Nadie puede quejarse porque los diferentes precios figuran en un cartel y no hace falta ser muy listo para saber lo que vale una naranja.

Esto último tiene su importancia ya que, según se explica en el fallo, cualquier consumidor medio “normalmente informado y razonablemente atento y perspicaz” ha de conocer que los bancos utilizan diferentes tipos de cálculo para establecer el interés de un préstamo y que, como en el viejo anuncio de Colón (el detergente), lo lógico es buscar, comparar y si se encuentra algo mejor, suscribirlo. Lo que no se dice es que en muchos casos la concesión del crédito responde a otro axioma eterno: el de son lentejas.

Finalmente, y con bastante recochineo, los magistrados del Supremo rechazan en el caso concreto que analizaban que el crédito de Kutxabank fuera más caro que otro referenciado al euríbor por el hecho de que se pactó en 2006 a 35 años y quién sabe si en los 24 años restantes nos sorprende a todos y resulta ser una ganga. En resumidas cuentas, en un cuarto de siglo las ranas pueden criar pelo y no es un timo vender títulos de peluquero de batracios como profesión de futuro.

Dos magistrados han emitido votos particulares discrepantes al entender que el IRPH no es transparente y proponiendo que sea sustituido por el euríbor. Para la banca habría sido un mal menor porque la sentencia en primera instancia de la Audiencia de Álava entendía que siendo nula la cláusula debía ser eliminada del contrato, por lo que al préstamo no debería serle de aplicación ningún tipo de interés. Y claro, hasta un millón de créditos sin interés era algo más que una pesadilla para nuestro atribulado sistema financiero.

Así que, salvo que la justicia europea diga lo contrario, quienes compraron las naranjas más caras deben acostumbrarse al sabor de su zumo. Los nuevos clientes ya saben que hay más frutas en el mercado y que siempre les quedarán las manzanas que sugieren Simón Pérez y Silvia Charro. Hacen una sidra estupenda pero se sube un poco.