Opinion · Tierra de nadie

Los buenos ladrones

Habituados como estamos a que los ricos roben a los pobres para ser más ricos, a que el latrocinio sea sistemático y habitualmente quede impune, las historias de los ladrones con alma, de los buenos ladrones, nos conmueven, y hasta hemos llegado a profesar sentida admiración por algunos bandoleros y tunantes, elevados a la categoría de héroes por un pueblo esquilmado que contemplaba sus fechorías como un desquite, una venganza necesaria de justicia elemental.

No era necesario que nuestros Prometeos compartieran el fuego robado a los dioses, que siempre quema en los bolsillos, porque bastaba que se parecieran a nosotros, que en algún momento hubieran compartido nuestras miserias, que fuera un jornalero más como Diego Corrientes, el bandido generoso, que favorecía a los menesterosos y se burlaba del regente de Sevilla, o un quinqui como El Lute, cuya leyenda agigantada por el franquismo se inició con el robo de tres gallinas, o un vigilante de seguridad como El Dioni, y su atraco al furgón de Candi antes de pirarse a Río, ponerse un peluquín y proclamarse rey del mulateo. Al Dioni, como pedía Sabina, se le debe un busto en Madrid, en la Gran Vía, “con un par” escrito en la placa.

A los ladrones siempre les hemos hecho coplas, empezando por el duque de Lerma, el mayor corrupto de su época, inventor de la recalificación urbanística y el pelotazo, referente necesario de algunos políticos de la actualidad, y que tras convertirse en cardenal para evitar ser juzgado, tuvo que escuchar aquello de que “para no morir ahorcado el mayor ladrón de España se viste de colorado”. Las más sentidas, sin embargo, los mejores romances tenían como protagonistas a salteadores del pueblo como el Pernales o el apuesto Luis Candelas, un brazo de mar al que se admiraba en la platea del Teatro de la Zarzuela o en el café Lorencini. “Madrid te está buscando para perderte y yo te busco solo para quererte”, le cantaba Mari Paz y doña Concha Píquer.

Viene esto a cuento de la detención en España del ladrón más grande que vieron los tiempos, un ucraniano de 34 años llamado Denis, al que se atribuye el robo de hasta 1.000 millones de dólares en ciberatracos a banco rusos y cuyas primeras palabras a la Policía parecían sacadas de alguna película de Robin Hood: “Yo robo a bancos, no a las personas”, ha dicho este hombre enjuto que se cansó de ver muertos en las cárceles de Siberia donde estuvo preso varios años.

De Denis se han deshecho en elogios sus propios captores por su elevada formación. Austero, a lo más que había llegado con el botín acumulado era a comprar un par de coches. De hecho, vivía en un piso modesto en Alicante con su mujer, su hijo y sus ordenadores, esos que le permitían apretar un botón y hacer que los cajeros de los bancos vomitaran billetes como al final de una noche loca.

Aquí sabemos por Jardiel Poncela que los ladrones pueden ser gente honrada y hasta los evangelios cuentan la historia de Dimas, crucificado a la derecha de Cristo y al que se le prometió la salvación eterna y no hay por qué dudar de que el hijo de Dios cumpliría su palabra. A Denis, cuyo último plan era crear su propia criptomoneda, le caerá la perpetua o similar porque la sabiduría popular no siempre es certera y aquello de quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón es únicamente una frase ocurrente. Quizás no se le hagan coplas porque no se ha criado en Despeñaperros ni merezca el cielo, pero muchos le dejaríamos entrar al reino de las nubes si tuviéramos un contrato a tiempo parcial de San Pedro, que es lo que se estila ahora.