España en un sello

Juan Carlos Escudier

De la misma forma que algunos hechos minúsculos e insignificantes tienen la facultad de cambiar la historia y que en este sistema caótico del que formamos parte los aleteos de las mariposas en China pueden llegar a ponernos los pelos de punta al otro lado del mundo, hay sucesos nimios que definen el carácter de un país y que explican su verdadera idiosincrasia. Algo de esto es lo que ha ocurrido en la presentación de uno de los nuevos sellos de Correos que pretendía ser un homenaje a León con un collage en el que aparecen maragatos, la colegiata de San Isidoro, las Médulas, nicanores de Boñar, el palacio Episcopal de Astorga, un castaño, un martín pescador y, junto a ellos, un fragmento de la catedral de Burgos. Todo muy gótico, como es natural.

Ocurrió este pasado martes. Llegó el presidente de Correos Javier Cuesta con la estampita, que se suponía resultado de un largo proceso en el que, tras decidir el tema a tratar, se encarga a varios artistas los diseños hasta la elección definitiva. Nadie se percató del error en los sucesivos controles a los que, según el responsable del organismo, se sometió al timbre antes de su impresión. O sí, pero nadie avisó del desliz siguiendo esa máxima tan española de donde hay patrón no manda marinero.

Sería injusto atribuirnos el patrimonio de las pifias y, de hecho, los sellos más valiosos del mundo suelen ser el producto de gazapos de impresión, ya sea por usar colores distintos a los previstos, como el Tre Skilling con el escudo nacional sueco, que debía ser verde azulado y algunos de ellos -aunque sólo se conoce un ejemplar- se estamparon en amarillo; por invertir los objetos representados, como el australiano Cisne de Perth o el Dendermonde con su ayuntamiento boca abajo; o por clamorosos fallos del dibujo, tal es el caso del Roosevelt con seis dedos en su mano izquierda de 1947.

Lo típicamente hispano tuvo lugar en la presentación del sello. Tomaron la palabra el alcalde de León, Antonio Silván, y el presidente de la Diputación, Juan Martínez Majo, a los que cabía suponer la facultad de distinguir la catedral de León de la de Burgos, aunque sólo fuera por eso de que el roce hace el cariño. Ambos se limitaron a explicar que León y su provincia son muy complementarios y escenificaron después junto al presidente de Correos el primer matasellado del timbre a tres manos en un gesto para la posteridad al estilo de los mosqueteros. Ni uno ni otro advirtieron el desatino o, si lo hicieron, prefirieron callar con inaudita prudencia o mirar para otro lado y posar de perfil de manera muy postal.

Tuvo que ser una mujer del público que asistía a la presentación la que advirtió a los periodistas de que aquella fachada no era leonesa, aquéllos al alcalde, y éste a nuestra lumbrera de la estafeta, quien tras “varias comprobaciones” asumió el entuerto: “Parece ser que nos hemos equivocado de catedral”, dijo antes de implorar perdón por el pecado cometido y anunciar su propósito de enmienda con un nuevo sello donde se procurará que no aparezca el Monasterio de El Escorial. Los coleccionistas ya saben que por 55 céntimos pueden echarse unas risas.

En definitiva, ante un desatino no se puede esperar que los políticos den la voz de alarma, bien porque no se les paga para eso o porque son incapaces de distinguir un Jaguar de un Polo en la oscuridad de un garaje. Esta misión se reserva a los ciudadanos y a la Prensa. Mientras, Cristina Cifuentes, sigue sin dimitir.