Opinion · Tierra de nadie

El antisorayismo gana las primarias

Se equivocaba Churchill, que parece que también es el padre de la frase, cuando dijo aquello de que tras un recuento electoral sólo importaba quién había ganado porque todos los demás eran perdedores. La democracia interna del PP es tan particular que una victoria más como la obtenida este jueves por Soraya Sáenz de Santamaría en las elecciones internas del PP y tiene que dejar el partido y hasta el país. El caso de la viceviuda de Rajoy, en adaptación de la gloriosa definición de Margallo, es singular: su triunfo es una derrota completa y por mayoría absoluta.

Los resultados han dejado claro que la ideología predominante en el PP no es la liberal ni la conservadora sino el antisorayismo, que hoy constituye la única argamasa capaz de unir el puzle de esa organización que presumía de ser una unidad de destino en lo universal y cuyo escudo de armas se representaba con una piña sobre un campo de hormigón armado.

No habrá, por tanto, candidatura única y de integración en esa segunda vuelta que protagonizarán los delegados del Congreso y que anoche casi imploraba la victoriosa derrotada, sino una competencia final en la que la segunda viuda del registrador, siempre en palabras de Margallo 680, se cobrará cumplida venganza haciendo presidente a Pablo Casado, el telegénico chico de Aznar, de Rajoy, de Esperanza Aguirre y de quien hubiera hecho falta.

De la religión predominante, el antisorayismo, poco se puede decir que no se conozca o se intuya. Adulada y promocionada por algunos medios bien pagados que han proyectado hacia el exterior la estampa de una mujer preparadísima y dialogante, cegadora luz al final del periclitado liderazgo de Rajoy, la exvicepresidenta era contemplada por los suyos como una tecnócrata intrigante con una ambición desmesurada. Y esta última imagen, la del poder en la sombra, la de las maniobras orquestales en la oscuridad, la de reina de los dossieres, es la que ha prevalecido.

Huérfanos del dedo del hombre que hoy se afana en hacer inscripciones y cobrar aranceles, será el índice de una perdedora, Cospedal, tercera en liza, quien decida el futuro del PP. “Yo no aspiro a ninguna responsabilidad” explicaba anoche mientras afirmaba que su 26%, es decir ella misma, no podía quedar fuera. En definitiva, será la suma sacerdotisa del antisorayismo la que incline la balanza. Santamaría tendrá que conformarse con haber hecho presidente a su bolso durante unas horas aquel día aciago de la censura y los gin-tonics.

De Casado se decía aquí de manera premonitoria hace más de un año que era cualquier cosa menos tonto y que, sin enemigos en el partido, su oportunidad le llegaría cuando el PP dejara el poder. Ayer era el tipo más feliz del mundo, dispuesto a convertirse también en el chico de Cospedal para auparse a la presidencia. Ha encarnado en la campaña a esa derecha sin complejos, se ha vestido de ultraliberal y ha colado la idea de que la regeneración y la modernidad es una cuestión biológica, de edad. Sus tablas de la ley se han resumido en dos mandamientos: a Catalunya ni agua y palos al muñeco de Rivera hasta que cante flamenco. Los afiliados, que suelen ser más radicales que sus dirigentes, le han bendecido, sin importarle que la Justicia le tenga atado en corto por sus másteres de saldo.

Es precisamente la Justicia y su posible imputación por el Supremo la que oscurece el porvenir de esta nueva copia de Macron, que se habría hecho rico si cobrara derechos de autor a sus numerosas réplicas. Para un partido presuntamente unido y con 869.000 presuntos militantes no será un problema que su presidente se convierta en un presunto más. En peores plazas han toreado.