¿Unidad de las izquierdas? España: la fractura de la identidad nacional

Boaventura de Sousa Santos

Traducción de Antoni Aguiló y Àlex Tarradellas 

Algunos escenarios inciertos para la articulación de las fuerzas de izquierda

En los últimos tiempos, la cuestión de la articulación entre fuerzas de izquierda se ha discutido en diferentes países y los contextos en los que ha habido la discusión son reveladores de los numerosos obstáculos que habría que superar para que dicha articulación fuera posible o deseable. En algunos casos resulta muy claro que tales obstáculos son a corto o medio plazo infranqueables. Las discusiones tienden a tener lugar sobre todo en periodos preelectorales. Me limitaré a ilustrar los diferentes obstáculos y los bloqueos que los diferentes contextos revelan y, a la luz de ellos, lo que tendría que cambiar para que esa articulación fuera posible y deseable.

A continuación, voy a analizar brevemente cuatro de esos contextos: España, Colombia, México y Brasil. En los tres últimos países habrá elecciones en 2018. Cada uno de estos países ilustra un obstáculo específico para la construcción de coaliciones que hagan posible gobiernos de izquierda con programas de izquierda. De hecho, este ejercicio puede hacerse con otros países, tanto para ilustrar estos obstáculos como para ilustrar otros que, en ese caso, deberán definirse. Si este ejercicio por fuerza colectivo se hace en un número suficientemente grande de países en diferentes regiones del mundo, será posible tener una idea de conjunto de los obstáculos que se deben superar y de los caminos para hacerlo. Con esta base sería posible imaginar una nueva internacional de izquierdas. Es evidente que, en muchos países, los debates políticos no se formulan como debates entre izquierda y derecha y, en otros, los propios debates están prohibidos por regímenes autoritarios. En el primer caso, las fuerzas políticas que luchan democráticamente contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, sin preocuparse por las etiquetas, podrían estar interesadas en la nueva internacional. Los nombres con los que se designan las diferencias son menos importantes que las diferencias en sí y las maneras de debatir sobre ellas. En el segundo caso, las fuerzas que clandestinamente luchan por la democracia también podrían estar interesadas en la nueva internacional.

España: la fractura de la identidad nacional

En los últimos años, en España la izquierda-izquierda ha pasado por un momento excepcionalmente prometedor. A raíz del movimiento de los indignados (más conocido en España como 15M), aprovechando la insatisfacción de los españoles con un Gobierno conservador masivamente corrupto (PP, Partido Popular) y el fracaso de una alternativa con el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), desgastado por un gobierno rehén del neoliberalismo, nació un nuevo partido de izquierda, Podemos. Surgió como una fulguración política en 2014 y tuvo un éxito sorprendente en las primeras elecciones en las que participó, al ser elegidos cinco diputados para el Parlamento Europeo. Además de ser un partido nuevo, era un partido de nuevo tipo, con una relación orgánica con un movimiento social del que emergía (el movimiento de los indignados). Asimismo, era un partido nuevo por contar con muchos jóvenes entre sus líderes. Se anunciaba el fin del bipartidismo, que surgió con la transición a la democracia consagrada en la Constitución de 1978, la alternancia entre el PP y el PSOE, con el antiguo Partido Comunista, más tarde Izquierda Unida, reducido a una existencia muy modesta.

Podemos fue la respuesta de aquellos y aquellas que en el movimiento de los indignados defendían que el movimiento de las calles y las plazas debía prolongarse a escala institucional transformándose en un partido. Pese a adoptar la lucha institucional, Podemos se presentó como el partido contrario al régimen de la Transición (el posfranquismo iniciado en 1978 con la nueva Constitución) con el argumento de que ese régimen había originado una élite o casta política y económica que desde entonces se expresaba políticamente en la alternancia entre los dos partidos del régimen (PP y PSOE), una alternancia sin alternativa. Las posiciones iniciales del partido llevaron a algunos a pensar, en mi opinión desacertadamente, que estábamos ante un nuevo populismo de izquierda que oponía la casta al pueblo. De hecho, se decía que la dicotomía izquierda/derecha no captaba la novedad y la riqueza programática y organizativa del partido, que era necesaria una «nueva» manera de hacer política, opuesta a la «vieja» política. Al tratarse de un partido nuevo, sus bases organizativas eran frágiles, pero esa fragilidad se veía compensada con el entusiasmo de los militantes y los simpatizantes.

Los difíciles caminos de la articulación entre las izquierdas

En estas condiciones, no era de esperar ninguna aproximación o articulación entre las izquierdas, sobre todo con Izquierda Unida y el PSOE. De hecho, la gran mayoría de los adeptos de Podemos no consideraba que el PSOE fuera un partido de izquierda ante las concesiones que los socialdemócratas habían hecho al neoliberalismo de la UE. Estábamos en un periodo de medir fuerzas y ese proceso era particularmente decisivo para Podemos. Las primeras «mediciones» no podían ser mejores. Nacido en enero de 2014, las encuestas de opinión mostraban a finales de 2015 que Podemos era el segundo partido en las intenciones de voto de los españoles, después del PP y por delante del PSOE. Las primeras iniciativas de acuerdo electoral entre fuerzas de izquierda llegaron de Izquierda Unida, liderada por otro joven, Alberto Garzón, después de las elecciones autonómicas de 2015. Eran las primeras señales que indicaban el propósito de unir las diferentes fuerzas de izquierda para conquistar el poder. Entretanto, Podemos decidió, a través de una consulta interna, que cualquier acuerdo o coalición con otras formas de izquierda debía contener el nombre de Podemos. Así pues, fueron surgiendo los primeros acuerdos a nivel autonómico: «Compromís-Podemos-És el Moment» en la Comunidad Valenciana, «Podemos-En Marea-ANOVA-EU» en Galicia y «En Comú Podem» en Cataluña. Y a escala nacional surgió la coalición «Unidos Podemos», antes de las elecciones legislativas de junio de 2016, cuando también se incorporó el grupo ecologista Equo.

Las elecciones generales de 2016 fueron el primer indicio de que el trayecto ascendente de Podemos no era algo irreversible. Toda la campaña de Unidos Podemos se orientó a superar al PSOE como gran partido de oposición. Ese objetivo quedó lejos de conquistarse, puesto que el PSOE obtuvo el 22% de los votos y Unidos Podemos apenas el 13%. Tras la crispación inicial entre Unidos Podemos y el PSOE, los dos partidos habían mantenido algunas conversaciones a fin de provocar la caída del Gobierno conservador, pero no se concretó nada. Los resultados de las elecciones también fueron flojos para el PSOE, ya que estos esperaban beneficiarse del desgaste del gobierno del PP. Ante tal situación, las divisiones en el interior del partido se agravaron y Pedro Sánchez renunció al cargo de secretario general en octubre de 2016 después de salir derrotado en un turbulento Comité Federal. Ese mismo mes, el PSOE hacía posible, mediante la abstención, la investidura del nuevo Gobierno del PP, liderado por Mariano Rajoy. La líder regional Susana Díaz, discípula política de Felipe González, volvió a realzar entonces la política centrista de partido y secundó la abstención del PSOE. En una demostración de gran tenacidad política, Pedro Sánchez aprovechó los cambios estatutarios que preveían la elección directa del secretario general en elecciones primarias y volvió a conquistar la dirección del partido en el Congreso del PSOE celebrado en mayo de 2017. Las relaciones entre los dos partidos mejoraron significativamente cuando Pedro Sánchez retomó la dirección del partido.

Siempre bajo la presente influencia del líder histórico del partido, Felipe González, una fuerte corriente dentro del PSOE se negaba en redondo a cualquier alianza con Unidos Podemos y, en cambio, defendía el entendimiento con los partidos de derecha (como Ciudadanos, un partido de derecha liberal nacido en Cataluña y hoy presente en el conjunto del Estado español con el apoyo de algunos sectores importante de los medios de comunicación y de intereses económicos poderosos) para garantizar la continuidad del pacto de gobierno y la política de alternancia que venía desde la Transición. Era la reproducción de la política convencional de la socialdemocracia europea constituida en la Guerra Fría y que, tras la caída del Muro de Berlín, se había mantenido en el poder; política que se acabó, como hemos visto, con el Partido Socialista portugués a finales de 2015. Sin embargo, el regreso de Pedro Sánchez revelaba que la militancia socialista estaba dividida al respecto, alguna por creer que sin una unidad entre las fuerzas de izquierda esta no volvería nunca más al poder, otra por pensar que sin un giro a la izquierda que permitiera recuperar los votos que habían permitido que creciera Podemos, el PSOE nunca más podría volver al poder.

Se crearon las condiciones para retomar las conversaciones de confluencia entre el PSOE y Unidos Podemos. Por parte de Unidos Podemos, ahora había una motivación mucho más intensa para una articulación con toda la izquierda. Se hablaba de la solución portuguesa, se reconocía que las transiciones democráticas en los dos países habían sido diferentes, pero se consideraba que para intentar cambiar la política neoliberal europea era crucial que España, la quinta mayor economía de la UE, pasara a tener un Gobierno de izquierda. Pedro Sánchez tuvo varias reuniones con el primer ministro socialista portugués y consta que discutieron sobre la coalición portuguesa. En Unidos Podemos había contactos tanto con el Bloco de Esquerda como con el Partido Comunista Portugués.

En el nuevo ciclo de contactos entre Unidos Podemos y el PSOE se trataba de articular reformas políticas, construir acuerdos programáticos y, a largo plazo, promover un gobierno de izquierda que pudiera acabar con los años neoliberales y de corrupción del gobierno del PP. Las señales que facilitaban la confluencia estaban sobre la mesa y procedían de ambos lados. El PSOE declaraba que Unidos Podemos era «un socio preferente» o que el gran objetivo era «un entendimiento de izquierda en el país».

La crisis de Cataluña

Estábamos en junio de 2017. Pocos meses después, estalló la crisis de Cataluña y las divergencias entre los dos partidos respecto a Cataluña provocaron el colapso de las conversaciones y del objetivo de los acuerdos de gobierno. De hecho, el desarrollo de la crisis mostró que, pese a haberse alejado, los dos partidos se vieron negativamente afectados por el modo en el que se posicionaron ante tal situación.

Para quienes no conocen la crisis de Cataluña, he aquí un breve resumen: al igual que otras regiones de España, principalmente el País Vasco y Galicia, Cataluña tiene una identidad nacional fuerte e históricamente arraigada; esa identidad sufrió una gran represión en la dictadura franquista; tras la transición democrática en 1978 se reconoció la identidad catalana y su autonomía en el marco del Estado español; a lo largo de las últimas décadas, los catalanes han luchado a través de las vías institucionales para que se ampliara el Estatuto de Autonomía; en 2006 aceptaron el nuevo Estatuto de Autonomía pactado con el Gobierno central, pero el Tribunal Constitucional lo anuló. Desde entonces, las relaciones entre Madrid y Barcelona se crisparon; al mismo tiempo, el partido nacionalista y conservador que llevaba mucho tiempo gobernando en Cataluña (Convergència i Unió, refundado después como Partit Demòcrata Europeu Català), políticamente muy cercano al PP, pasó a defender la independencia como única vía para que Cataluña viera reconocida su identidad y voluntad de autogobierno. El objetivo de la independencia pasó a tener entonces dos brazos políticos, un brazo de derecha y un brazo de izquierda, en el cual habían militado republicanos que nunca se habían reconocido en la monarquía borbónica (antepasados del rey actual), que en el siglo xviii había derrotado a los independentistas catalanes.

El 1 de octubre de 2017 el Gobierno catalán realiza un referéndum, considerado ilegal por el Gobierno central de Madrid, para conocer la voluntad de los catalanes en cuanto a la independencia. El Gobierno central intentó frenar la celebración del referéndum por la vía judicial y policial, pero, pese a las intimidaciones y la represión, el referéndum se realizó y la mayoría de los que se expresaron con su voto se posicionaron a favor de la independencia. Pocos días después el Gobierno de Cataluña declara unilateralmente la independencia. El Gobierno central reaccionó activando el artículo 155 de la Constitución, que declaró el estado de excepción en Cataluña; suspendió el Gobierno autonómico, mandó detener a los dirigentes políticos y convocó elecciones en Cataluña para el 21 de diciembre de 2017 con el objetivo de elegir un nuevo Gobierno; el líder del Gobierno catalán, Carles Puigdemont, suspendido por el Gobierno central, se exilió en Bélgica y desde Bruselas busca el apoyo de los países europeos a la causa catalana, apoyo que no llega; se celebraron las elecciones catalanas y los partidos independentistas volvieron a ganar las elecciones; tanto el PSOE como Podemos (que se presentó a las elecciones en una coalición de varias fuerzas de izquierda llamada Catalunya en Comú) salen derrotados en las elecciones y la derrota de Podemos es especialmente preocupante para el partido por las repercusiones que puede tener fuera de Cataluña; la coalición que había gobernado antes Cataluña (constituida por un partido de derecha, el PDeCAT el más votado, y dos partidos de izquierda, uno de izquierda moderada, Esquerra Republicana de Catalunya, y otro de izquierda-izquierda, la Candidatura d’Unitat Popular) vuelve posicionarse para gobernar. Mientras escribo estas líneas (31 de enero), el futuro político de Cataluña es una completa incógnita.

¿Cómo puede ser que la crisis de Cataluña haya podido bloquear un acuerdo entre izquierdas considerado fundamental para acabar con el gobierno conservador, un objetivo compartido por la mayoría de los españoles? Al final, los dos partidos se manifestaron contra el referéndum decidido unilateralmente por los catalanes y ambos defendieron la idea de un Estado plurinacional a fin de la eventual constitución de un Estado federal o confederal; ambos partidos se manifestaron contra la independencia de Cataluña, pero Unidos Podemos insistió especialmente en que ese objetivo debía construirse en consenso con los catalanes y no basándose en la represión judicial y policial. Defendió el derecho a decidir de los catalanes, basado en un referéndum «con garantías» pactado con el conjunto del Estado español.

Sin embargo, las divergencias entre los dos partidos han acabado por agravarse. La crisis de Cataluña ha llevado al PSOE, al contrario de Unidos Podemos, a retroceder en la defensa de la plurinacionalidad del Estado español. La plurinacionalidad (la España como «nación de naciones») había sido reconocida en el 39.º Congreso del partido que reeligió a Pedro Sánchez como secretario general. Con todo, posteriormente la plurinacionalidad dejó de ser el eje central de la propuesta del partido de reforma constitucional. Los dos partidos divergieron fuertemente en el hecho de activar el artículo 155 de la Constitución y en la represión jurídico-judicial en la que este se tradujo. El PSOE se manifestó a favor de la declaración del estado de excepción y, de hecho, acordó con el PP la activación del dispositivo constitucional. Para Unidos Podemos, con esta decisión el PSOE volvía a ser uno de los partidos del régimen contra el que había surgido Podemos y, por eso, debían suspenderse las negociaciones entre los dos partidos. Por lo que respecta al PSOE, el distanciamiento fue correspondido.

Las izquierdas y la identidad nacional

¿Por qué la crisis de Cataluña puede ser especialmente negativa para Podemos? Si nos restringimos a Cataluña, los daños no parecen duraderos. La posición de la alianza en la que se integraba Podemos era la posición aparentemente moderada del fortalecimiento de la autonomía por las vías legales y constitucionales. ¿Pero sería esta la posición de las bases catalanas del partido? ¿Acaso estarían todas con el partido cuando este se mostraba a favor del derecho a decidir y al mismo tiempo insistía en que la independencia no era una buena solución ni para Cataluña ni para España? ¿Defender el derecho a decidir no implicaría el deber de aceptar lo que se decidiera? ¿Por qué insistir tanto en la ilegalidad del referéndum cuando la aplastante mayoría de los catalanes defendía el derecho incondicional a decidir, aunque estuvieran divididos casi por la mitad con relación al objetivo de la independencia?

El hecho de haber divergencias internas se volvió evidente cuando el secretario general de Podemos en Cataluña se declaró a favor de aceptar el resultado de las elecciones de diciembre y, por tanto, la independencia, y no tardó en presentar su dimisión tras mantener un duro pulso con la dirección estatal del partido. En cualquier caso, en contextos de fuerte polarización es normal que los partidos que defienden posiciones más moderadas sean castigados por los electores, pero esa situación no perdura cuando se atenúa la polarización, lo que puede ocurrir si tenemos presente que el independentismo no tuvo una victoria aplastante, más bien al contrario, y que tanto el extremo de la independencia como el extremo del centralismo (el partido conservador Ciudadanos) fueron los vencedores de las elecciones.

Si tenemos en cuenta a España en su conjunto, la razón de la vulnerabilidad añadida de Podemos después de la crisis de Cataluña se halla en que la identidad nacional en España no es, al contrario que en otros países, una bandera inequívocamente de derecha. Es una bandera de muchos de los movimientos de ciudadanos y ciudadanas de izquierda que se coaligaron con Podemos en las diferentes regiones autonómicas. Para ellos, era importante que Podemos distinguiera entre legalidad y legitimidad en el caso del referéndum de los catalanes y estuviera sin lugar a dudas al lado de los catalanes que desafiaban el centralismo conservador de Madrid para ejercer el derecho más básico de la democracia, el derecho de votar. Solo así tendría sentido que la oposición del partido a la declaración unilateral de independencia tras el resultado del referéndum del 1 de octubre se considerara genuina, una declaración que, no obstante, se suspendió inmediatamente como señal de oferta de diálogo y solicitación de mediación internacional. Teniendo en cuenta lo anterior, quedó la duda de saber de qué lado estaría Podemos en futuras confrontaciones de otras regiones con el centralismo de Madrid.

¿Acaso la dirección de Podemos ha sido insensible a la complejidad de la cuestión de la identidad nacional en España? Los nuevos líderes de la izquierda-izquierda europea, no solo en España sino también en otros países, han sido entrenados para desconfiar de todos los nacionalismos, puesto que en Europa estos fueron mayoritariamente conservadores y estuvieron en el origen de los peores crímenes. Asimismo, fueron entrenadas para dar toda la prioridad a las políticas de clase, aunque en los últimos tiempos complementadas con políticas antipatriarcales y antirraciales. Cabe añadir que en Cataluña la independencia ha sido empuñada como bandera por una derecha que durante décadas había sido servil al Gobierno central y, como Gobierno autonómico, había aplicado con empeño las políticas neoliberales contra los trabajadores catalanes.

Cualquiera de estas dos vertientes del entrenamiento debe volver a valorarse en los próximos tiempos, no solo en España, sino también en muchos otros países. Para ello, las izquierdas europeas tienen que aprender del Sur global. Con relación al nacionalismo, en los contextos coloniales extraeuropeos este ha sido un objetivo políticamente mucho más complejo. Fue la bandera de los pueblos oprimidos, entre los que evidentemente había diferencias de clase, y etnia, entre otras. De ahí que se haya distinguido entre el nacionalismo de los débiles u oprimidos y el nacionalismo de los fuertes u opresores. Sin embargo, incluso en Europa, esa complejidad ha existido históricamente. Xosé Manuel Beiras habla de «nacionalismos periféricos» al referirse a Galicia y a las diferentes naciones en el interior del Estado español. Andalucía fue quizás el primer territorio de Europa que se trató como colonia después de la mal llamada Reconquista. Como han insistido los estudiosos andaluces, las formas coloniales de administración y de concentración de tierras se probaron primero en Andalucía antes de aplicarse en el Nuevo Mundo. Es por eso que el concepto de colonialismo interno se puede aplicar tanto en un contexto latinoamericano como en un contexto europeo. Los nuevos líderes de la izquierda europea nunca han podido aprender en las escuelas y en las universidades que la historia de sus países incluía colonialismo interno y que había varios tipos de nacionalismo tanto en el mundo como en propia Europa.

Por otro lado, con relación a la prioridad de la política de clase, en el futuro será necesaria una profunda reflexión. He defendido que la dominación moderna está formada desde el siglo xvi por tres modos principales de dominación: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Desde sus orígenes hasta hoy, estos tres modos de dominación siempre han actuado articulados. Las épocas y los contextos sociales de cada país se distinguen por el modo específico de articulación entre los diferentes modos de dominación que prevalece. El colonialismo no ha terminado con el fin del colonialismo histórico. Actualmente, sigue bajo otras formas, como el colonialismo interno, el racismo, la xenofobia y la islamofobia.

La lucha contra la dominación también debe articularse y debe contemplar las tres vertientes, aunque los énfasis y las urgencias obliguen a dar más prioridad a una u a otra. Sin embargo, se deben contemplar siempre las tres por la simple razón de que en ciertos contextos las luchas asumen versiones cambiantes. Por ejemplo, una reivindicación de clase se puede afirmar bajo la forma de reivindicación de identidad nacional, y viceversa. Por tanto, las fuerzas políticas que tienen éxito son las que están más atentas a este carácter cambiante de las luchas sociales. Pienso que este ha sido el caso de Cataluña. En España, las identidades nacionales son transclasistas y las fuerzas de izquierda no pueden minimizarlas debido a este hecho. Estas tienen que luchar contra las contradicciones para hacer funcionar el transclasismo a favor de una política progresista que fortalezca las posiciones y los intereses de las clases subalternas, populares. La crisis de Cataluña reveló que la «cuestión nacional» de España solo se resuelve con una ruptura democrática con el régimen actual, lo que da por supuesto una nueva Constitución.

Unidos Podemos está muy a tiempo de hacer la reflexión sobre ello y espero que ocurra lo mismo en el PSOE. Si se da este paso, volverá a ser posible pensar en una unidad entre las fuerzas de izquierda consistente que incluya partidos y movimientos. Sin ella, las izquierdas españolas nunca llegarán al poder con un programa de izquierda, lo que es malo para España y para Europa.

Notas 

[*] Este artículo constituye la tercera entrega de las cinco que van a dedicarse en este blog al tema de la unidad/articulación de las izquierdas en diferentes contextos contemporáneos y que forman parte del libro ¿Unidad de las izquierdas? Cuándo, por qué, cómo y para qué, Dyskolo, 2018.