Quién es hipócrita, la ley o los políticos

20 Abr 2017
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Fernando Pedrós

Filósofo, periodista y miembro de Derecho a Morir Dignamente

El programa ‘El Intermedio’ del Gran Wyomint presentó hace unos días a dos enfermos de ELA. Ambos nos contaron su situación, sus vivencias y la perspectiva de su inmediato futuro. Como ellos hay otras 4.000 personas, en las mismas circunstancias o peores. Mi recuerdo fue rápidamente a la escena del reciente suicidio de José Antonio Arrabal –también enfermo de ELA– y al anuncio de la escritora francesa Anne Bert, con una enfermedad similar y que tiene decidido que, cuando la mano que aún le funciona no pueda llevar la cuchara a la boca, viajará a Bélgica para morir asistida por dos médicos. Lo ha dicho públicamente y, además, ha escrito una carta a los candidatos a la presidencia de Francia para que despierten. Para que abran los ojos porque “los tabúes de la muerte y del suicidio ciegan a los dirigentes franceses”.

En estos momentos, ante las urnas, los ciudadanos franceses recordarán el periodo poco exitoso de la presidencia de François Hollande, que en su programa electoral llevó una propuesta de trabajar a favor de una ley de eutanasia. La ley llegó a duras penas –fue votada en 2016–, pero no legalizó la eutanasia y el suicidio asistido como se había prometido; su texto repete lo mismo de siempre, e incluso permite que el médico considere inadecuadas las instrucciones dadas por un enfermo en su testamento vital y las deje de lado.

Por eso Anne Bert recordaba, en su carta a los actuales candidatos, que los dirigentes políticos son tan ciegos que no ven, ni tienen en cuenta, “el número de viejos y de enfermos que se suicidan violentamente en la soledad y la clandestinidad”. Y calificaba acertadamente a la ley como un texto hipócrita. Tal vez habría sido más acertado dirigir el adjetivo, en plural, a los políticos y partidos padres de tal ley.  ‘Hipócritas’.

La carta de Anne Bert llevaba una segunda recomendación, sin duda producto de su experiencia en este tiempo de espera hasta su muerte. “Deben tener en cuenta, señores candidatos, el alivio y la serenidad que procura la certidumbre de poder elegir y beneficiarse de una ayuda al final de la vida”. O sea, que para ella, el tener un proyecto de muerte en libertad, poder despedirse de familiares y amigos a su debido tiempo y tener en la mano la llave de la puerta de salida mejora la calidad su vida en su fase final.

España: más de lo mismo

En España se contabilizan los suicidios, hay estadísticas del INE, pero no se desglosan los motivos. Si se hiciera, se podría saber cuántos habrían podido recurrir a una ley que permitiera la asistencia médica para morir sin violencia y sin clandestinidad. Sin duda, el suicidio reciente de José Antonio Arrabal ha sido contabilizado como tal, pero habrá caído en la fosa común sin especificar qué le llevó a quitarse la vida.

En España aparecen de vez en cuando casos que nos hacen abrir los ojos a la realidad, pero a la larga nos mantenemos ciegos porque no queremos ver. Wyoming presentó dos casos llamativos que nos mostraron existencias trágicas, aunque ha habido varios anteriores. Tal vez el primero que intentó espabilar a políticos, tribunales y a la opinión pública española fue el tetrapléjico Ramón Sampedro que aseguraba que no podía aceptar una vida sin la mínima libertad de movimiento: “Sobrevivir así, en un estado de impotencia tan miserable me causa vergüenza, una gran humillación”.

Sampedro no tenía dolores físicos ni necesitaba cuidados paliativos. Su inmovilidad le provocaba una sensación de humillación que no podía ser calmada médicamente. Era algo irreversible. De ahí que dijese: “la muerte es lo mejor para mí”. Es lo mismo que se dijo hace bien poco Arrabal, y lo mismo que motiva la decisión de Anne Bert, que se cumplirá posiblemente antes de final de verano cuando no pueda llevar la cuchara a la boca.


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