Me alegro por Felipe González

Jorge Bezares

Hacía muchísimos años que no coincidía con Felipe González. Desde que empezó a rozarse con los de Tontogrande, en versión Pachá, allá por 2008, el líder indiscutible del socialismo democrático español entre 1974 y 1997 se empezó a convertir en un propagandista de la competitividad y de otras leches fritas neoliberales, en un gachó indiscreto hasta con su propio secretario general, en la punta de lanza de una cacería que resultó ser un certero tiro en el pie, un auténtico tiro por la culata, en un empleado de lujo de Gas Natural, en un jarrón chino capaz de fumarse un cohíba en un yate mientras le embadurnaban de crema solar la espalda y el alma.

Pero a lo que iba: antes de que Pablo Llarena, juez del Tribunal Supremo, enviara al talego a cinco líderes independentistas más, Jordi Turull, Raül Romeva, Carmen Forcadell, Josep Rull y Dolors Bassa, y procesara a Puigdemont y a ocho encausados más por rebelión, Felipe González declaró en la presentación de un libro de Joaquín Almunia: “Hay una especie de subasta. Ojalá no se les ocurra meter en la cárcel a ninguno de ellos, por favor. Ya sé que nado contracorriente, pero ojalá no lo hagan, porque el independentismo no hay que destruirlo, hay que ganarlo”.

Es de lo más sensato que he escuchado en los últimos tiempos procedente del bando constitucionalista.

Quizás sustituiría “ganarlo” por “convencerlo”. Como le replicó Miguel de Unamuno al general franquista y fundador de la Legión, José Millán-Astray, “venceréis, pero no convenceréis”. Pues eso, el objetivo es convencer y puente de plata, no encarcelar.

Este ejercicio contundente de la Justicia, cuestionable en el uso y abuso de la prisión preventiva y por la imputación de rebelión –los actos más violentos fueron protagonizados por otros-, empeora el escenario político catalán, que se verá abocado a unas nuevas elecciones para más de lo mismo. Algo así como un bucle donde se esconde el día de la marmota.

Pero me alegra que, al menos en este asunto, Felipe González se haya distanciado de Ciudadanos, que defiende los encarcelamientos de los independentistas y dos huevos duros más, o tres.

El partido de Albert Rivera y sus soluciones electoralistas-populistas, que lo han convertido en la fuerza emergente en las encuestas, no creo sinceramente que sea lo que necesita ni Cataluña ni España.

Una derecha salvapatrias, con todos los principios que enumeró Groucho Marx y unos cuantos más, con una afición a legislar en caliente, con una posición ante la corrupción que es puro postureo y con unos padrinos económicos poco fiables, tiene demasiado peligro.

Que Felipe González, el miembro más destacado de la vieja guardia socialista, ponga algo de distancia entre él y la muchachada anaranjada, es señal de que el apoyo brindado a Rivera por demasiados socialistas veteranos no era una especie de epidemia de senectud irreversible.

En fin, puede que lo que haya movido a Alfonso Guerra, José Bono y algún socialista más cargado de trienos a prestarse al paripé que protagonizó Ciudadanos, que los citó a la Comisión Territorial sobre el estado de las Autonomías en el Congreso para meterle el dedo en el ojo al PSOE de Pedro Sánchez, haya sido revanchismo, deslealtad, odio tibetano, lobbysmo o incluso unas profundas convicciones patrióticas, pero no ha sido demencia senil.

Y la salud, incluso en política, siempre debe ser lo primero. Me alegro por Felipe González.