La huelga de la que nadie habla

Las empleadas de de Bershka —cadena propiedad del grupo Inditex—, en la provincia de Pontevedra, han estado dos semanas hasta conseguir ganar su batalla contra Inditex. Setenta y cuatro mujeres, y un hombre, se han mantenido firmes frente a una empresa que es el gigante español de la confección y la moda. Las trabajadoras de las tiendas de esta marca orientada al público adolescente en Vilagarcía, Pontevedra y Vigo han mantenido la huelga más larga que ha afrontado el grupo desde su nacimiento, donde son muy poco habituales los paros, al margen de algunos celebrados en las huelgas generales.

Esas mujeres, sin relevancia social, con empleos precarios y mal pagados, situadas en la cola de la promoción laboral como corresponde a dependientas cuya única labor es facilitar las prendas a las clientas y cobrarles, se han atrevido a enfrentarse a la patronal española más fuerte del país. Pero, como suele suceder, no han acaparado las portadas de los periódicos ni sé que las televisiones les hayan dedicado sus preciosos espacios. Mientras otros temas de “importancia” consumen el tiempo y las neuronas de periodistas, políticos y tertulianos, las mujeres de Pontevedra, en su modestia y anonimato han demostrado tener más valor que tantos otros trabajadores y no digamos políticos.

Porque una huelga implica perder el magro salario que se ganan. Pero, como todo trabajador sabe, la mayor pérdida no es la de los ingresos, siempre necesarios en la economía familiar, sino el riesgo, muy cierto, de ser incluidas en la lista negra que todas las grandes empresas guardan sobre los trabajadores díscolos y protestones. Y eso puede suponer no acceder más a ningún empleo no solo en la provincia, que no se caracteriza ni por su caudal de habitantes ni por las oportunidades que ofrece a las mujeres que pretenden acceder a un empleo asalariado, sino dada la potencia de Inditex, quizá en toda España.

Las reclamaciones eran de elemental sentido de equidad y proporcionalidad. Pretendían poner fin a la “doble discriminación” a la que las empleadas han sido sometidas. De una parte, por percibir “salarios inferiores” a sus compañeras de otras provincias que han conseguido firmar mejores convenios laborales y, de otra, por “las diferencias entre las dependientas” de los mismos comercios que trabajan a tiempo completo y las que tienen jornada parcial.

Sin que se entienda cual es la causa y los objetivos que se propone la empresa con esas discriminaciones, resulta que mientras las empleadas de Santiago (A Coruña) tienen 39 días de lactancia, las de Vilagarcía (Pontevedra) disponen de 21 y las primeras cobran además dos pluses, por importe de casi 2.000 euros, que estas no han recibido. A la vez las empleadas a media jornada “hacen los peores turnos y más fines de semana que las demás” así como “horas complementarias que no computan para el descanso semanal” pese a que, aseguran, hay volumen de trabajo suficiente para que la empresa les aumente su jornada hasta un 65% o 75%.

Que nadie piense que el trabajo de una vendedora es simple y divertido. Las empleadas tienen que permanecer en pie de 8 a 10 horas, controlando a las clientas y las ventas, cuadrando la caja, reponiendo las prendas en los colgadores y en las estanterías, arreglando el almacén, cargando pesos cuando hay que mover enormes cajas de trajes y abrigos, y aguantando las órdenes de la superioridad. La permanencia en pie supone la deformidad de los pies, el descenso de la columna vertebral, con dolor de espalda, varices e inflamación de las piernas, añadida a la inflamación de ovarios y de matriz. Pero ninguna de estas patologías están contempladas como enfermedad profesional en el vademecum de la Seguridad Social. Al fin y al cabo vender en una tienda de moda es un placer para las mujeres a las que siempre les gustan los trapos.

En los años de grandes luchas obreras y cuando las mujeres fueron sumadas a la fuerza de trabajo industrial, en España se aprobó una curiosa ley, llamada la Ley de la Silla. El 29 de febrero de 1912, el periódico El Imparcial publicaba la noticia de que  “En los almacenes, tiendas y oficinas, escritorios, y en general en todo establecimiento no fabril, de cualquier clase que sea, donde se vendan, artículos ú objetos al público ó se preste algún servicio relacionado con él por mujeres empleadas, y en los locales anejos, será obligatorio para el dueño o su representante particular ó Compañía tener dispuesto un asiento para cada una de aquéllas. Cada asiento, destinado exclusivamente á una empleada, estará en el local donde desempeñe su ocupación…”

Recuerdo el relato que mi abuela, Regina de Lamo, anarquista, sindicalista, cooperativista, me hacía de aquella peculiar lucha de las mujeres para conseguir que en las tiendas o allí donde se preste cualquier servicio al público, hubiese una silla donde las empleadas pudiesen descansar unos minutos, entre cliente y cliente. Me explicaba precisamente las dificultades y enfermedades que podía suponer para las mujeres la permanencia en pie todo el día, durante largos años. Pero aquellos eran otros tiempos, en que no solo el Movimiento Obrero era potente y estaba envalentonado por la inminencia de la revolución soviética en Rusia, sino que el Movimiento Feminista, tras 70 años de luchas ininterrumpidas en EEUU y Europa se encontraba en la víspera de alcanzar su más sonada victoria: la consecución del sufragio femenino. Y con él una serie de reformas legales que las acercaron más a su objetivo: ser consideradas ciudadanas de su propio país.

La ley de la silla tuvo poco recorrido. Fundamentalmente porque las empresas no la cumplieron y cuando algunas trabajadoras la reclamaron los sindicatos no les hicieron ningún caso, caprichos de mujeres cuando había tantas causas que defender. Y luego llegaron años peores en que ni las mujeres pudieron acceder a empleos asalariados ni los dirigentes sindicales estaban para defender minucias semejantes.

Ciertamente que estos son otros tiempos en que las mujeres no solo podemos votar y ser votadas sino que también hemos alcanzado la igualdad legal, pero hoy tampoco las vendedoras reclamarían la silla que conquistaron en 1912 cuando ni aún alcanzan la jornada completa, y las huelguistas de Bershka no han conseguido las portadas de los periódicos ni las pantallas de televisión.