Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

629. Muchos más fuimos

Seiscientos veintinueve son los refugiados que hemos acogido en Valencia. Muchos más fueron los que huyeron de España en 1939. Un millón grosso modo, cuentan los historiadores. La mayoría se repartieron por Francia, Unión Soviética, México, República Dominicana, Argentina, Chile, y también otros países, hasta Australia, que mostraron piedad ante la tragedia española. Ellos y ellas aportaron su gran caudal de conocimientos y de trabajo al desarrollo, la cultura y el bienestar de esos países. Octavio Paz decía que no era Franco quien había ganado la guerra de España sino México.

Hoy la tragedia se ha instalado en el Medio Oriente, y el Mediterráneo, ese dulce y azul mar, que canta Serrat, es el más peligroso del mundo, que entierra cada día cientos de vidas jóvenes desesperadas y en cuyas honduras se pudren miles de personas, desaparecidas para siempre sin que sus familiares sepan nunca donde reposan. Mientras los dirigentes de las naciones europeas los empujan a la muerte, los deportan a países donde les espera la esclavitud, los encierran en  los Centros de Internamiento, los explotan como trabajadores despreciables y construyen muros y rejas con cuchillos para que no entren.

Esta Europa que hoy se queja de la invasión de los emigrantes de África y Medio Oriente, se dedicó a invadir esos continentes desde el siglo XVIII para secuestrar a sus nativos y venderlos como esclavos, para robarles las materias primas, para organizarles guerras tribales que los exterminaran. Los gobernantes europeos, hoy tan democráticos, dividieron el continente africano a su conveniencia y para su mayor provecho instalaron en cada reino sicarios y lacayos corruptos y criminales, como Mobutu en el Congo, después de asesinar a los activistas socialistas Lubumba y Gizhé. Y todavía hoy mantienen y protegen a dictadores a los que permiten seguir esquilmando a su pueblo, como el tirano Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial. Con la complicidad de éstos las compañías mineras europeas siguen extrayendo de esos países las materias primas, impunemente: petróleo, diamantes, oro, coltán o imponen los monocultivos que han hundido en el hambre a poblaciones enteras, como denuncia un reportaje en El País, El chocolate que se come a África: La ONG Mighty Earth denuncia la explotación ilegal y sistemática de zonas protegidas en Ghana y Costa de Marfil por parte de la potente industria del cacao”.

Esas compañías para mantener su poder provocan y arman horribles contiendas entre los países: Ruanda, Burundi, Congo, Chad, Sierra Leona, Nigeria, apoyadas por los gobiernos de las naciones europeas que se atreven con todo cinismo a enviar  ejércitos que las protegen.

Y esos mismos dirigentes y partidos e intelectuales y medios de comunicación elaboran discursos xenófobos que convencen a buena parte de sus poblaciones de que los emigrantes y refugiados y solicitantes de asilo son sus enemigos. Con este infame mensaje el Frente Nacional de Le Pen en Francia, Amanecer Dorado en Grecia, UPK en Reino Unido, el AfD en Alemania, han conseguido porcentajes de votos apreciables en las últimas elecciones  e incluso Orbán en Hungría, Ley y Justicia en Polonia, Salvini en Italia y el Partido de la Libertad de Sebastián Kurz, en Austria gobiernan con mayoría de votos.

España y Portugal parecen vacunadas contra el fascismo después de las larguísimas y exterminadoras dictaduras que han sufrido en el siglo XX. Ambas se gobiernan por una alianza de izquierdas y podemos abrigar esperanza de que el PSOE lleve adelante las políticas de acogida de los refugiados que son de mera retribución humanitaria y que reclama la ciudadanía.

Esa es la mínima contribución que puede hacer nuestro país al expolio y destrozo que ocasionaron las guerras con Marruecos y la colonización de Guinea. Es la contribución de un pueblo que sabe lo que es la derrota, el hambre, la persecución y el exilio y que considera hermanos y hermanas iguales a todos los desfavorecidos del mundo.

Y además es rentable económicamente frente a los falsos discursos xenófobos y racistas de algunos dirigentes políticos.

El Fondo Monetario Internacional, que no debe pecar de izquierdista, acaba de declarar que para que España pueda reponer su fuerza de trabajo, cubrir los puestos que la producción precisa y contribuir a la Caja de la Seguridad Social precisa 5.500.000 trabajadores más. Si no, no será posible pagar las pensiones en el futuro.

Hoy mismo la noticia es que la natalidad ha bajado un 4%  más este año, siendo el de menor nacimientos desde 1999. Es sabido, pero ni los demógrafos, ni los economistas, ni los medios de comunicación, ni los políticos ni los gobernantes son capaces de resolver el grave problema demográfico español que supone que sus mujeres no quieren tener hijos.

Ya he escrito repetidas veces que mientras no se cree una red grande y eficaz de servicios sociales y ayudas económicas que permita a las mujeres tener hijos y desarrollar una profesión en condiciones adecuadas no crecerá la natalidad, y mis predicciones se cumplen. No sólo no crece sino que disminuye. Y no hay trabajadores y no hay habitantes. La mitad de España está despoblada. Se han hecho campañas desde Aragón y Castilla León, explicando que “también existen”. Se difunden mensajes por las redes sociales para recuperar cientos de pueblos despoblados, con proyectos sensatos y realizables. Pero los dirigentes políticos y económicos no se toman en serio poner en marcha proyectos amplios de acogida de emigrantes que rellenarían el desolado panorama agrícola y provinciano de nuestras regiones deshabitadas.

En la voluntad del pueblo español, que tiene el inmenso poder del voto, reside la posibilidad de ser el país pionero de Europa en aprobar leyes de acogida para los miles de hombres, mujeres y niños que huyen de zonas de conflictos terribles y que necesitan encontrar una nueva patria –que sería, esta vez sí, matria- que les dé posibilidades reales de ganarse la vida en condiciones dignas y aumentar la riqueza de nuestro país.

En un gobierno de izquierdas, que apruebe y ponga en práctica las leyes de refugio, de asilo, que demanda la situación mundial, está la posibilidad de que el futuro España crezca económicamente y sea ejemplo de democracia, de socialismo, de feminismo, entre todas las naciones desarrolladas. Que sea el reverso, con Portugal, de las políticas depredadoras y racistas que se están implantando y desarrollando en el resto de Europa y Estados Unidos.  

Para que una vez más, como sucedió en la II República, España pueda enorgullecerse de haber llevado la solidaridad humana hasta las más altas cotas de su gobierno, es decir de la verdadera democracia.