El ridículo como cuestión de Estado

12 Jun 2014
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Cada vez que veo a un español hacer el ridículo pienso en el FMI. No conviene darle armas al enemigo. Si enseñamos a los exprimidores nuestra condición de exprimibles, si recibimos a los que procuran estafarnos con alegría de corderos inocentes, nos convertimos en el mejor argumento de nuestra propia desgracia.

Quizás sufro una paranoia social, pero en cualquier caso los datos están ahí y las intervenciones de los banqueros y los responsables de la Troika no dejan otra salida. Aunque ya es insoportable la degradación económica y social de los españoles, con brechas sociales y con índices de pobreza inhumanos, cada vez que abren la boca es para pedir más sacrificios en salarios, pensiones, inversión pública y derechos laborales. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Hasta donde los españoles queramos. Mientras tanto, hacer el ridículo es un modo de dar información útil al enemigo, presentarnos en el mercado como carne de cañón.

Lo he pensado mucho esta primavera. En mi ciudad natal, Granada, se han puesto de moda las despedidas de soltera y de soltero. Como son un buen negocio, hay empresas especializadas en organizar fines de semana con paquetes que incluyen viaje, hotel y disfraz. El caso es que salgo a pasear por las calles de Granada y siento esa vergüenza íntima que es capaz de dejarme por un día sin ciudad. Estalla, donde menos se piensa, en cualquier esquina, plaza, barra de bar o noble recuerdo de infancia, un grupo de ciudadanos en trance de divertirse con atuendos de centuriones romanos, hombres de cromañón, leones de la selva… Se adornan, además, con grandes globos en forma de falos y testículos.

Otras veces la pandilla es femenina y viene compuesta por princesas árabes, mujeres fatales, minifaldas de colegialas pecaminosas, gacelas cavernícolas o esquineras del viejo París. Tampoco faltan los símbolos fálicos. Las que han elegido la vía prehistórica, suelen completar su aliño indumentario con un nabo. La socorrida hortaliza sirve para que las mujeres de la edad de piedra se recojan el pelo y le pongan la guinda a sus graciosas faldas y blusas de trapo descosido. Cuando ellos y ellas coinciden se derraman las canciones, los gritos, las botellas de cervezas en alto, y vibra una sana alegría de instintos bajos, como si el espíritu de la telebasura hubiese encontrado su encarnación perfecta.

Es entonces cuando yo caigo en la paranoia y pienso en Alemania y en la Troika. Como vean esto los alemanes, como esté por aquí la Troika, nos van a crujir. No se puede hacer el ridículo de esta forma sin pagar un alto precio en recortes y bajadas de salario. Estamos en condiciones de aguantarlo todo.

Ya sé que las despedidas de soltero por las calles de España no son un asunto serio, aunque indiquen el estado de zafiedad insoportable que padece la cultura popular española. Si me atrevo a hablar aquí del asunto, es porque siento que muchos políticos, cargos públicos y periodistas españoles han vivido el folletín de la abdicación del rey con un espíritu de despedida de soltero. Y de esto, desde luego, se han enterado los alemanes. El espíritu de servidumbre voluntaria de la sociedad española alcanza niveles muy, muy profundos. Somos carne triste de cañón.

¡Las cosas que hemos oído! ¡Las cosas que hemos visto! Constatamos una vez más que el pueblo español fue la gran víctima de la dictadura franquista, al ser condenado durante años a la humillación, el sometimiento y el miedo. Repetir una y otra vez que se le debe la democracia a un rey, como si la democracia fuese un pantano inaugurado por la gracia de la autoridad superior, es propio de un pueblo sin orgullo. Los demócratas que muestran su devoción al rey, que agradecen sus servicios, que aplauden su generosidad, son la gran herencia del franquismo. El dictador no sólo dejó un heredero en el trono, también dejó muchos súbditos en las calles, las oficinas, las instituciones y los periódicos. Aunque sean demócratas, no son hijos de la libertad democrática, sino del sentido franquista de la humillación. Es la educación que recibieron. Y esto, por desgracia, lo sabe la Troika. Pueden hacer con nosotros lo que les dé la gana.


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