Catalunya en el corazón de España

13 Nov 2014
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Desde el punto de vista político, la extensión del movimiento independentista catalán es el asunto más serio que se ha planteado en la vida política española desde la instauración de la democracia. Es serio porque los catalanes tienen derecho a ser tomados en serio. Es serio porque afecta de forma íntima a la vida de la gente. Es serio por sus consecuencias económicas, sociales y políticas.

Y es serio porque este asunto grave se agita en un momento de máxima debilidad institucional y con unos dirigentes sin fuerza para tomar decisiones. En España debería haber elecciones anticipadas. Los analistas políticos debaten las estrategias de los partidos catalanes y el acaso de unas elecciones plebiscitarias convocadas por la Generalitat. En realidad, las elecciones anticipadas deberían convocarse en España de forma inmediata. El problema es que el calendario electoral próximo y la situación política del PP no permiten su celebración.

La paradoja que se desata es la siguiente: Mariano Rajoy, el máximo responsable ahora para encontrar soluciones, es la persona menos indicada para gestionar el asunto. Durante muchos meses no ha dicho nada, pero es que no puede decir nada. La presión política de sus propios asesores le ha obligado a convocar una rueda de prensa (¡incluso aceptando preguntas!), y no ha dicho nada nuevo. Pero es que no puede decir nada nuevo. Quitarle importancia a la movilización cívica que se produjo en Catalunya el 9 de noviembre es un acto de torpeza vieja e interesada, pero es que Mariano Rajoy es en sí mismo la torpeza vieja y andante.

Los silencios de Rajoy han sugerido entre sus devotos muchas interpretaciones de inteligencia sigilosa, gallega, proclive a las estrategias ocultas. Pero resulta que los años han demostrado que este sigilo sólo es eficaz para acabar con sus competidores dentro del Partido Popular. Es un sigilo malvado de autoconsumo. Para todo lo demás el silencio de Rajoy es la nada, el pasmo, alguien que no va más allá de fumarse un puro y de leer la prensa deportiva.

Claro que pueden hacerse muchas interpretaciones del independentismo catalán, de las tácticas y las coyunturas, de las mentiras y las verdades. Pero la situación al final es la siguiente: 1) Resulta muy difícil para una convivencia democrática negarle a la gente su derecho a decidir en las urnas. 2) Desde hace años, desde el recurso ante el Tribunal Constitucional contra el Estatut, la situación política y social corre a favor de los independentistas.

Los ciudadanos catalanes tendrán que valorar las decisiones de Artur Mas. Los ciudadanos españoles tendremos que valorar las decisiones de Mariano Rajoy. Y me parece que sus silencios, su falta de diálogo, su decir no y no, además de favorecer una confusión que alienta el independentismo, se deben a su inutilidad en este momento como figura política. Está callado, porque no puede decir nada.

El diálogo con Catalunya necesitaría una voz que representase el respeto a Catalunya, el respeto clarificador a todas sus sensibilidades. Mariano Rajoy es uno de los máximos responsables de una política basada en ofender en bloque a Catalunya para ganar votos en Madrid, Sevilla o Albacete.

El diálogo con Catalunya necesitaría una voz que representase el respeto a la seriedad jurídica de las instituciones. Mariano Rajoy es uno de los máximos responsables del desprestigio y la falta de independencia del Tribunal Constitucional. Su manera de actuar ha extendido la idea de que el Tribunal está al servicio de los dictados del Gobierno, y en muchas ocasiones como bombero urgente de los incendios que provoca la inutilidad política.

El diálogo con Catalunya necesitaría tener presencia en Catalunya. Mariano Rajoy es responsable también de la fragilidad del PP en Catalunya y del surgimiento de fuerzas españolistas conservadoras al margen de su partido.

El diálogo con Catalunya necesitaría proyectos alternativos, maneras de formular una política no centralista, ideas para reformar la Constitución. Mariano Rajoy es el máximo responsable no ya de la parálisis, sino de un proceso de recentralización con fines ideológicos. Como las competencias autonómicas se dedican sobre todos a los servicios públicos, la liquidación del Estado del bienestar ha provocado de forma inevitable un proceso de deterioro autonómico y de recentralización.

El diálogo con Catalunya necesitaría ilusiones colectivas de carácter político y social, no sólo identitario. Mariano Rajoy representa a un partido que ha trabajado mucho, y con él a la cabeza, para deteriorar la vida laboral y económica de los ciudadanos en favor de élites especulativas que no conocen patria.

El diálogo con Catalunya necesitaría un Gobierno con prestigio político, alejado de las sombras de la corrupción. Mariano Rajoy es, con sus mensajes al tesorero Bárcenas, con su caja B, sus sobresueldos y sus pagos en dinero negro, con sus mentiras ante el Parlamento, la cabeza visible de la corrupción española. Representa a un país sin prestigio nacional e internacional.

Mariano Rajoy está quieto, porque no puede hacer ni decir nada. Las elecciones anticipadas son un requisito imprescindible para abordar cualquier problema en España. Y, sin embargo, Mariano Rajoy no puede convocar elecciones. Es el fantasma de su propio vacío.


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