Opinion · La realidad y el deseo

Así no asaltamos los cielos

Las épocas de incertidumbre exigen sus propias estrategias. A la hora de hacer el equipaje intelectual y político conviene no olvidar algunas cosas.  Una de ellas es la sinceridad. Fue uno de los compromisos que defendió Francisco Ayala cuando publicó en 1944 su libro Razón del mundo. Después de las experiencias bélicas en España y en Europa, y después de sonoros debates sobre el fracaso y la responsabilidad de los intelectuales, el exiliado republicano defendió la sinceridad como una forma imprescindible de posición ética en el pensamiento. Se trataba de asumir sin máscaras argumentales las dudas, las intuiciones y las apuestas de la propia identidad más allá de las certezas falsas.

Hay otra decisión muy útil en tiempos de incertidumbre: el esfuerzo de comprender y respetar las apuestas de los otros (de los otros que van en un mismo barco). No es un acto de buenismo, sino una precaución intelectual. En la crispación de los debates, suelen aparecer conceptos como infamia, traición o deslealtad que abren distancias irremediables entre los unos y los otros. La incertidumbre invita a la discusión, claro está, pero conviene hacerlo de un modo en el que la superación de la incertidumbre facilite la convergencia. Discutamos con sinceridad y sin abrir heridas.

Y, después, está también la obligación de matizar. La prisa en los análisis consolida dogmas y prejuicios, enmascara la realidad y dificulta la comprensión de los acontecimientos.

Las elecciones del pasado domingo en Andalucía han provocado muchas interpretaciones, pero una consecuencia principal: a diferencia de la situación anterior, con menos votos y los mismos diputados, el PSOE puede gobernar en solitario.

La idea del pacto político permite diversas valoraciones. No es coherente ni la sacralización, ni la negación inmediata. Intervenir en la realidad es consustancial a la lógica política. Yo considero que Izquierda Unida hizo bien en pactar con el PSOE para evitar la llegada del PP a las instituciones andaluzas en un momento en el que el éxito de la derecha se dirigía con paso vertiginoso al desmantelamiento de los servicios públicos, a la degradación laboral y a la voladura de los derechos civiles.

Y creo que Izquierda Unida hizo bien en utilizar su pacto para abrir comisiones de investigación contra las prácticas corruptas y para defender políticas sociales de carácter alternativo. Las posturas sobre el derecho a la  vivienda, los desahucios y la banca pública pusieron muy nerviosas a las élites financieras, y esos nervios pesaron tanto o más en la ruptura por parte del PSOE que las ambiciones personales de la presidenta, presidenta, presidenta, en los calendarios de su partido.

Que el pacto se pudo hacer de otro modo, más abierto a los ciudadanos y a todos los sectores de la propia IU, es verdad. Un pacto no puede servir para colocar militantes sin trabajo conocido y para consolidar aparatos añejos, también es verdad. Pero no confundamos los malestares internos o los errores de uso con los conflictos externos. Además, resulta incoherente achacar los malos resultados de IU al pacto, cuando el otro partido del acuerdo ha obtenido un éxito evidente. Se puede decir que la perspectiva es distinta entre los votantes del PSOE y de IU, otra verdad. Lo que ocurre es que esa verdad última nos conduce a la  encrucijada principal que vive hoy IU respecto a su propia situación y a Podemos. IU no puede conformarse con recoger las indignaciones de la crisis, necesita combatir democráticamente el modelo económico que ha producido la crisis. Los pactos se ven de distinta manera cuando se trata de recoger indignaciones o cuando el fin último es combatir un modelo.

Mantener la tradición histórica de la izquierda es legítimo cuando se pretende combatir un modelo social de capitalismo descarnado. En ese empeño resulta necesario configurar nuevas mayorías y buscar la convergencia con otras fuerzas. Pero no se debe confundir la convergencia con operaciones de liquidación de la izquierda organizada y con tácticas para hacer que el otro a rompa sus siglas. La Izquierda puede encontrarse bien en una inercia de indignados, pero siempre que no se la obligue a renunciar a su tarea última: la transformación del  modelo social y productivo.

Frente a los que se niegan a la convergencia o a los que exigen, como borrón y cuenta nueva, la renuncia a la historia de IU, yo creo sinceramente en el matiz de buscar el diálogo defendiendo una identidad propia, una apuesta basada en el reconocimiento de los conflictos de clase. En concreto, de los conflictos de clase en un país situado en el sur de Europa en 2015, no en otro lugar del mundo o en otra época. La lucha por el salario justo y el trabajo decente es la única manera en la que adquiere aquí sentido la regeneración democrática de una sociedad corrupta y desequilibrada. Tengo la prudencia de no considerar traidores a los que piensan de forma distinta, porque sé que sus actuaciones y sus apuestas responden a la misma incertidumbre que me afecta a mí y son tan legítimas como la mía.

Me limito a advertir algo: es posible que algunas llamaradas rupturistas sólo sirvan para consolidar el bipartidismo y acabemos entre todos haciéndole el juego a las estrategias de las élites económicas. He querido escribir un artículo sincero, matizado y respetuoso porque me afecta que en Andalucía se haya creado una situación que,  después de la llegada ruidosa de tantas novedades, vuelve a permitirle al PSOE el ejercicio del gobierno sin incomodar a los bancos. Y así no se asaltan los cielos.