Opinion · Por encima de nuestras posibilidades

Los “liderazgos” no son el problema, las primarias no son la solución

El debate sobre las primarias abiertas se plantea como la panacea para recuperar la democracia, para mejorar el contacto entre los políticos y la ciudadanía, para recuperar el prestigio de la política, cada vez más bajo.

Se plantea, creo, mal el problema y se llega a una solución incorrecta. El voto directo e igual es una herramienta fundamental, pero sabemos que no es suficiente. No podemos confundir votar con decidir, ser elector con detentar el poder, no podemos confundir un proceso competitivo con un proceso abierto; en definitiva, tampoco podemos confundir las primarias con un proceso realmente abierto de elección de los candidatos y de las políticas. Puede parecer lo mismo pero no lo es.

Podemos hacer un recorrido por las primarias que se han realizado en España, en distintas formaciones políticas. Nos encontraremos que en la inmensa mayoría de los casos las primarias han servido para designar al candidato oficial. En la mayoría de los países de nuestro entorno el resultado ha sido masivamente el mismo. En Estado Unidos, de donde procede principalmente nuestro gusto por las primarias, estos procesos son más competitivos. Pero efectivamente no son más abiertos: sólo los candidatos con más medios económicos y con más apoyo mediático, que en el fondo es lo mismo, pueden optar a la victoria en este tipo de procesos de elección.

Las primarias han demostrado tener dos grandes potenciales: primero, movilizar a los activistas, a la base social de una opción política. Es un proceso de calentamiento previo al enfrentamiento directo con el adversario político. Cumple la función de la primera fase de la campaña, es decir movilizar al primer círculo de militantes, activistas y voluntarios. Segundo, recaudar fondos. Esta movilización es útil para movilizar recursos entorno al partido. No son dos potencialidades que podamos despreciar, nos pueden situar en mejores condiciones para afrontar una campaña electoral externa. También puede haber procesos que ni siquiera tengan este potencial y que simplemente evidencien la falta más absoluta de democracia interna. El ejemplo más reciente de esto último es la designación de Susana Díaz como líder del PSOE-A.

Pero los procesos de primarias en gran parte prescinden de la política. Sin duda, el debate sobre las ideas también es un debate sobre las personas más capaces y más honestas para representar esas ideas. No es posible separar ambas cuestiones, porque los criterios de selección de las personas también forman parte del debate político de fondo. Pero en muchas ocasiones los criterios de estos procesos abiertos están determinados por el mercado mediático. Si los criterios son los del marketing político tradicional, el proceso se realizará al modo bipartidista: un enfrentamiento estridente que esconde la ausencia de debates de fondo.

Las primarias se presentan como una redención para las organizaciones de izquierda. Sin duda no se puede construir una formación transformadora, que rompa el modelo social elitista, que pretenda dar el poder a la mayoría social, sin romper las prácticas elitistas dentro de la propia organización. Pero las primarias, tal como como se nos presentan, son un debate que se da principalmente dentro del terreno del adversario, es una disputa por ver quién es la persona o el equipo más asimilable al discurso dominante.

La otra gran objeción al método de primarias es la propia conformación del liderazgo. Las personas elegidas por primarias están sustentadas en una autoridad que va más allá de los controles democráticos internos y externos. Pueden llevar a métodos de dirección individualistas, autoritarios, cesaristas: el líder sólo debe su poder al “militante”, “la base”, “el pueblo”…, pero no como sujeto empoderado, sino como ente abstracto, que justifica el ejercicio del poder de forma unipersonal. Por esta razón generalmente en los planteamientos a favor de primarias se omiten mecanismos de rendición de cuentas, revocabilidad, imprescindibles si no queremos limitarnos a designar al líder sino empoderar a la base.

Creo que se plantea mal el problema. El nodo central de la crisis política no son la falta de liderazgos. El problema es un modelo de democracia que intenta separar a los políticos del resto de ciudadanos. Es decir, que arrebata el poder político a la mayoría social, cuyo único contacto con el poder son procesos electivos puntuales. La profesionalización (aún más) de la política, las listas abiertas o las primarias son mecanismos que, tal como se plantean, no sirven más que para alejarnos de un modelo de democracia participativa y acentúan el carácter elitista de la política, reforzar la mal llamada “clase política”.

El término clase política me parece analíticamente erróneo y políticamente contraproducente si el objetivo es denunciar la crisis de la democracia representativa. Erróneo porque los políticos no son una clase aparte, sino los representantes de clases diferentes; aunque la mayoría son representantes de la clase que detenta el poder económico: comparten sus ideas, valores e incluso estilo de vida. Contraproducente porque nos remite al “todos son iguales”, nos lleva en el mejor caso a la desmovilización, en el peor a la búsqueda de salvadores. En Italia, después de la mayor catarsis contra la corrupción y contra la “partitocracia”, llegó Berlusconi. De nuevo la síntesis superadora: la crítica a los políticos corruptos llevo a los empresarios corrompedores directamente al poder. En este caso, la reducción de los intermediarios no supuso ningún ahorro en el coste final.

Pero también, cuando se habla de “clase política”, en muchos casos se denuncia el carácter elitista de la política. Y en último término el carácter elitista de la sociedad, en que la élite económica y la élite política se funden. Pero hemos de estar prevenidos de no proponer soluciones que ahonden en este problema.

Los métodos son sustantivos. No podemos separar en abstracto métodos y fines. Los métodos internos, incluso los métodos de elección de los candidatos, reflejan el modelo de sociedad que queremos defender. Si defendemos el poder popular, defenderemos procesos ampliamente participativos dentro de nuestras propias organizaciones. Si defendemos un modelo oligárquico, optaremos por sustraer la capacidad de decisión a la base, incluso dentro de nuestras propias organizaciones. En una organización de izquierdas, el militante es el centro de la toma de decisiones, pero no puntualmente, sino en un desarrollo constante de la participación.

Las primarias no son una solución en sí mismas, son una herramienta más que puede ser útil en el desarrollo de la democracia participativa. El objetivo es impulsar o consolidar procesos de decisión colectivos y continuados, con debates político de fondo, participación a través de asambleas, en que el militante sea parte activa y no sólo un espectador, con compromisos vinculantes, rendición de cuentas, revocabilidad…; estos sí serían unos procesos realmente abiertos y movilizadores.

Jaime Aja Valle