Carta con respuesta

Rafael Reig responde a las cartas de los lectores

El ‘Efecto Mateo’

07 Nov 2007
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La publicidad es obra de la ambición y de la codicia. La publicidad es una doctrina que imparten avispados gurús versados en esta ciencia moderna; es el medio de captar adeptos para la moderna religión del consumismo hedonista; es una tiranía moderna que campa a sus anchas inundándolo todo. La publicidad nos ordena, condiciona, manipula, impone y esclaviza anulando nuestra ya limitada libertad. La publicidad controla y dirige nuestras vidas con un poder de fascinación y asombro del que nadie puede escapar; nos invade cada día y nadie nos previene y protege de sus efectos. La publicidad no vende productos; compra clientes. La publicidad ya no muestra características o cualidades como antaño; ahora va dirigida a lo más íntimo, personal y profundo del ser humano: los sentimientos. La publicidad crea necesidades y estimula nuestra voracidad; nos propone porciones de felicidad efímera mediante la adquisición de bienes y objetos; nos seduce con ilusiones y espejismos y nos pone al alcance de la mano sueños imposibles.

PEDRO SERRANO MARTÍNEZ, Valladolid

Oiga, y ya puestos, ¿no tendrá también la culpa del asesinato de Kennedy, del cambio climático y de la abominable elección de corbatas de Zapatero? Tanta maldad casi embellece, como si la publicidad fuera las famosas pompas de Satanás a las que renunciábamos en la Primera Comunión. “Obra de la ambición y la codicia” son casi seguro el Quijote y las películas de Woody Allen (como él mismo admite). “Poder de fascinación y asombro”, “dirigida a lo más esencial y profundo del ser humano”… ¡cualquiera diría que habla usted de la poesía de Baudelaire! Una égloga de Garcilaso sí que “nos pone al alcance de la mano sueños imposibles”; la publicidad sólo trafica con sueños posibles, inmediatos, que se adquieren a crédito, y ésos, en realidad, ¿a quién le importan? Soñar con lo posible, con lo que se puede adquirir con facilidades de pago, sólo le importa al que ya ni siquiera es capaz de despertarse.

Yo diría que lo que a usted le pone de tan mal humor es el sistema económico. La publicidad es un resultado, un efecto secundario. Como tal, es igual que el bikini. Como decían las abuelas: el bikini en sí no es ni bueno ni malo, todo depende de la intención con la que una se lo ponga. La publicidad es una consecuencia, pero no la culpable de que vivamos en pleno capitalismo evangélico, sometidos en todo al llamado Efecto Mateo: “Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará”. (Mateo 13-12).

La publicidad no es obligatoria. Si lo que no nos gusta, Pedro, es el mundo en que vivimos, entonces lo mejor es que apaguemos la tele y nos rebelemos contra el sistema, ¿no le parece?

RAFAEL REIG


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