Moncho Alpuente: “A muchos periodistas nos tendrían que haber indemnizado como víctimas del franquismo”

21 Mar 2015
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Nació en una calle galdosiana a mediados del siglo pasado, pero habla como un hombre propio de otra época. Es el cronista oficioso de la Villa y, durante años, dio cuenta de su intrahistoria en las páginas de El País. También practicó el humorismo y la retranca en diferentes formatos: musical, novelesco y periodístico. Nadie mejor que Moncho Alpuente (Madrid, 1949) para explicar cómo mudó la corte. Chismear con este bardo castizo es como meterse en la máquina del tiempo: un hilarante viaje por los últimos siglos que comienza y termina en la capital del reino, donde siempre camparon los corruptos y los especuladores. Cuando pensamos que todo había cambiado, este ácrata malasañero viene a decirnos que la urbe sigue igual: grave, pero estable.

 

moncho-alpuente

Texto: Henrique Mariño (@solucionsalina)

Foto: Paola Manfredi (@mehablaaloido)

 

Su abuelo tenía una pastelería aquí al lado.

En el número 7 de la calle del Pez, donde nací. En ese edificio vivían muchos personajes de Pulgarcito, DDT y otros tebeos de Bruguera: Ángel Siseñor, el repórter Tribulete… A los dibujantes, todos catalanes, les debía de gustar el nombre, porque en Barcelona no existe la calle del Pez. Es curioso que, habiéndome criado allí, con el tiempo terminase dedicándome al humor.

Una calle con fermento revolucionario.

Aquí empezó a intuirse por dónde iban a ir los tiros del tardofranquismo ya en los años cincuenta. Las autoridades querían hacer la Gran Vía Diagonal y tirar todo el barrio. Los vecinos y comerciantes, entre ellos mi abuelo, se opusieron de una manera bestial. Más que un acto revolucionario, fue una cuestión de supervivencia. Al final, la obra no se llevó a cabo porque había tantos monumentos nacionales en el trazado que, en vez de diagonal, tendría que haberse hecho en zig zag. Este barrio era y sigue siendo el patio trasero de la Gran Vía, con sus cabarets y prostitutas. Pero deberíamos hablar de Madrid en general, ¿no?

O de sus heroínas: al igual que los coruñeses tienen a María Pita, ustedes cuentan con su Manuela Malasaña.

Que es mentira, en fin. Como todas las buenas leyendas, se basa en un arquetipo de mujer que se dio aquí durante el 2 de mayo: las hijas y mujeres del cuartel de Monteleón. El barrio, en realidad, se llama así por el Plan Malasaña, que en la década de los setenta también contemplaba derribos para especular con los terrenos. Es la historia maldita de esta zona, cuyas primeras noticias datan de Felipe III, allá por el siglo XVII. Entonces, en la plaza de Juan Pujol había un campamento de moriscos, que ardió completamente tras la caída de un rayo. El rey lo consideró como un signo del cielo y puso una cruz para celebrarlo. Evidentemente, aquello volvió a poblarse otra vez y lo más gordo vino con Felipe IV, que sufrió un atentado en la calle San Vicente Ferrer. Como quedaba muy mal decir que había sido obra de una conspiración de nobles de la corte que querían cargárselo, hubo que echarle la culpa a los vecinos, que eran gentes de mal vivir. De hecho, el monarca era bastante golfo y por eso venía mucho a una taberna donde había bailes, el primer tugurio de la historia. El caso es que ordenó que le cortaran una mano a todos los varones mayores de once años y las espetó en palos que clavó por las calles, en señal de escarmiento. La historia del barrio empieza con estos malos augurios.

Su abuelo le daba dinero para comprar libros de Guillermo y Los Proscritos. El anarquismo le viene de aquel personaje rebelde creado por Richmal Crompton, ¿no?

En parte, sí. Fundamentalmente, de pequeño empecé a desconfiar de lo que me decían en el colegio y a pensar que la razón la tenían otros.

¿Que sacó en claro de los Escolapios?

El ateísmo [risas].

Su primer lingotazo, de monaguillo…

Pero me dieron una hostia en mitad de la misa, otro motivo para que hubiera salido así.

John Lennon fue un gran aficionado a Guillermo, aunque musicalmente The Beatles y usted siguieron caminos opuestos.

Se tiró por dónde se podía tirar [risas]. Con los instrumentos musicales que podíamos comprar, hubo que dedicarse más al folk que al rock. No por motivos estéticos sino por culpa de aquellas guitarras de palo.

La ironía, el costumbrismo y, en definitiva, el humor como arma de combate.

Entonces, la carga crítica no era perceptible por las autoridades, porque si no lo hubieran prohibido. Los tebeos te cuentan mucho más que los periódicos de la época: el padre de La Familia Cebolleta era un chupatintas desgraciado; Carpanta explica el hambre de posguerra; Don Pantuflo encerraba a Zipi y Zape en un sótano con ratas y los metía en un cepo medieval… Luego empecé a fijarme en el periodismo satírico sin saber ni que existía, aunque venía escribiendo mis textos irónicos desde que tenía diez años.

En papel higiénico…

Ése fue el formato de la primera revista de mi vida, aunque limpiarme el culo fue otro de los motivos de mi afición al periodismo. Mis tías tenían en el baño el diario ABC cortado en cachitos: te leías la mitad de la noticia y la otra te la imaginabas.

De ahí, a la revista SP, con 17 años.

Pronto me di cuenta de que estudiar en la Escuela de Periodismo de la Iglesia, o en la otra, era una soplapollez. Lo importante lo iba a aprender en la redacción, donde coincidí con periodistas extraordinarios como Antonio Sánchez-Gijón o con el crítico literario Rafael Conte. Aquella revista daba trabajo a progresistas, incluso a un sindicalista de CC.OO. condenado por difusión de propaganda ilegal. Era una publicación absolutamente contradictoria dirigida por un falangista que había estado en la División Azul y que decía que José Antonio y él eran de izquierdas.

“Son neoliberales y saquean las arcas del Estado”

 

Aunque usted sostiene que todos los medios son de derechas.

Lo son las grandes empresas, porque siempre anteponen los beneficios a sus trabajadores. Por encima, se han ido derechizando. Antes, todos los periódicos eran de derechas, pero el 90% de los periodistas eran de izquierdas. Contradicción que marcó aquella prensa en la que todo se decía entre líneas y no había manera de entender nada. Carrero Blanco llegó a cargarse el diario Madrid porque un artículo sugería que De Gaulle debía dimitir, lo que fue interpretado por el vicepresidente del Gobierno como que Franco tenía que dejar el poder. Literalmente, lo voló con dinamita.

Vive a un paso de la plaza de Carlos Cambronero, cronista de la Villa hasta su muerte en 1913. A usted le negó el título Álvarez del Manzano, el alcalde de la violetera.

El mismo que quiso hacerle un monumento a la Virgen en el Retiro para compensar la mala influencia del Ángel Caído. Para más inri, aquel año tampoco eligieron a Luis Carandell.

¿Recuerda algún alcalde bueno?

En algunas cosas, Tierno Galván, porque le dio un cambiazo a Madrid. Era una ciudad absolutamente acomplejada y nos acusaban de centralistas, cuando en realidad sufríamos el centralismo. Vivir aquí no era ningún chollo, porque estabas mucho más vigilado que en Pontevedra. Cuando era joven, de un día para otro, mi amigo Ignacio empezó a llamarse Iñaki porque su abuelo era vasco. Jorge paso a ser Jordi. Ángel cambió por Anxo… Todo el mundo reivindicaba sus raíces: la gente se avergonzaba de ser de Madrid porque era la capital del franquismo. El caso más célebre, aprovechando que su familia era de Azpeitia, es el de Patxi Andión, nacido en la calle Ferraz. Llegabas a su casa, preguntabas por él y su padre gritaba: “Paaaco”.

¿Qué logró Tierno?

Devolverle el orgullo a Madrid e invertir en su electorado: la gente joven, que estaba totalmente desasistida. Lo hizo por motivos políticos, porque no había cosa que más le desagradase a Tierno que el rock and roll. De hecho, cuando inauguró la calle John Lennon, la llamó John Lennox. Era un viejo cínico, en el mejor sentido de la palabra.

¿Se merece Madrid a Ana Botella?

Evidentemente, no. Madrid se merece un Pepe Botella, el único rey bueno que hemos tenido en este país y que tuvo la vergüenza de dimitir al darse cuenta de que aquí no pintaba nada. La peor putada que te pueden hacer es que te manden de Nápoles a Madrid… Por otra parte, si nos hubiese invadido Napoleón, nos irían mejor las cosas.

Él tiró conventos y construyó plazas, de ahí que también fuese apodado Pepe Plazuelas. Gallardón, en cambio, apostó por expulsar a los indigentes de ellas: con bancos incómodos, sin árboles ni sombras…

Son las plazas duras, de hormigón y sin zonas verdes. Además, son espacios que puedes alquilar y sacarles rentabilidad. Si tuviera mucho dinero, alquilaría la Plaza de Callao, la llenaría de carteles míos, regalaría unos caramelos y tendría a 50.000 personas allí. No me conocerían de nada, pero irían porque hay fiesta en Callao y es gratis. El que paga manda.

En ese sentido, el 15-M recuperó el espacio público.

Y, concretamente, la plaza de confluencia y el mentidero de la Villa. De hecho, están autorizando nuevas terrazas para evitar que se repita otro 15-M con la excusa de que perjudicaría a los hosteleros. La Puerta del Sol ahora es un escaparate de las multinacionales.

“Madrid es una ciudad corrupta, no tiene remedio”

 

Usted defendía que una de las fortalezas del 15-M era la visibilidad. ¿Se ha diluido su fuerza una vez fuera de Sol?

Es normal, pero también ha servido de fermento a muchas cosas de las que los medios hablan poco. En la calle del Pez tenemos el Patio Maravillas, en la Corredera Baja de San Pablo hay un edificio ocupado, en los barrios hay movilizaciones interesantes… Aquí antes la gente podía hacer huelga en su empresa, pero no se movía para beneficiar a otros. En ese sentido, ha sido un movimiento de tipo solidario y asambleario, en el que teníamos muy poca experiencia. Han quedado cosas que siguen funcionado muy bien y, en un momento determinado, se puede volver a producir.

 

La basura en las calles de Madrid no desaparece aunque termine la huelga. 

Fíjate en los contenedores de ahí al lado, repletos de porquería. En el siglo XVI, Madrid era la capital más apestosa de Europa y todos los detritus se tiraban a la calle: el popular agua va. Los físicos y médicos de la época se defendían argumentando, con toda la seriedad del mundo, que el aire era tan puro y sutil que necesitaba algo de mierda en el suelo para hacer que fuese respirable.

¿Cómo se ha encastillado la derecha en el Ayuntamiento y en la Comunidad?

Gracias al envejecimiento de la población, al miedo de los mayores a los tiempos pasados y a la inercia de votar al que manda.

¿Cuál es el estado de salud de la ciudad?

Madrid está perseverantemente enferma y nunca muere. Ha sido invadida, arrasada y dada por muerta miles de veces. Ésta es una ciudad inventada. Yo creo que fue capital porque aquí se cazaba de puta madre, tanto pluma en Aranjuez como pelo en El Pardo. La costumbre de los reyes y de Franco siempre ha sido matar cosas. Una tradición cinegética.

¿Atraviesa una decadencia?

Al margen de los problemas eternos, el principal es el gobierno de la derecha. No sé por qué lo llaman neoliberalismo, pues saquean continuamente las arcas del Estado. Volviendo atrás, la Movida que acabó funcionando fue un movimiento de derechas, que se quedó con los clubes y la parte empresarial. Por una parte, había mucho niño pijo haciendo canciones. Pero, por otra, aquí triunfaron grupos como Siniestro Total o Derribos Arias, a los que les tiraban piedras en sus ciudades. Fue muy importante que sus habitantes vieran que eran la hostia para los modernos de aquí, porque eso terminó alentando las movidas en otros sitios. Y a Madrid también le vino muy bien porque empezó a mirarse un poco el ombligo, cosa que no había hecho nunca.

¿Cómo ha cambiado el centro?

Se ha vuelto al pequeño comercio, fundamentalmente hostelería, y ha llegado la gentrificación, un fenómeno lógico. Cuando quitaron la Universidad Central de San Bernardo y el Mercado de San Ildefonso, se hundió toda la infraestructura del barrio, que era lo que se pretendía. De hecho, hubo inmobiliarias que apoyaban la Movida en algunos sitios porque era una manera de desalojar a inquilinos que pagaban cien pesetas al mes por un piso en la calle de La Palma. A los especuladores les vino de puta madre que pinchasen las ruedas de los coches, que se vendiese droga o que te diesen un palo en la esquina… “Vaciamos esto, echamos a los viejos y montamos apartamentos cojonudos para jóvenes”.

“La Movida que funcionó fue de derechas”

 

Hablando del ladrillo, Javier Valenzuela definía su último libro, Un maldito enredo (Akal), como “una novela entretenida para todo aquel que no sea constructor, sicario colombiano o entusiasta de Esperanza Aguirre”.

Mi vida sería estupenda si pudiera dedicarme a escribir lo que me diera la gana. Pero es imposible, porque no se gana dinero. Con la música, menos, y con el periodismo qué te voy a contar.

La protagonista es Mila Montenegro, una peluquera de Malasaña metida a detective privado. Mucho Madrid para investigar, ¿no?

Siempre ha habido corrupción, pero ahora se sabe más. Recuerdo historias de Madrid geniales, como aquel concejal del franquismo que se anunció en unas elecciones falseadas como “El concejal que iluminó Madrid”. Era el dueño de una compañía de bombillas, lámparas e iluminación [risas].

¿Ha calculado cuántas décadas lleva en obras?

Desde que se fundó. Cuando veo el centro tomado por la publicidad, recuerdo que Madrid era una ciudad de decorados. El recorrido que realizaban los altos dignatarios extranjeros era espantoso, por lo que las casas nobles, que eran un desastre, ocultaban con telones y guirnaldas sus miserias. Además, como los madrileños tenían la obligación de alojar en sus casas a los legados, a los funcionarios reales y a todos sus criados, aquí se construyó a la malicia. De ese modo, desde el exterior las viviendas parecían pequeñas y así evitaban la regalía de aposento, o sea, ceder a la fuerza la mitad de su casa a los visitantes.

¿Ha sido la comunidad el laboratorio de la política neoliberal del PP?

Sí, pero hay que echarle en cara al PSOE que votase a favor de una ley que dio entrada a la empresa privada en la Sanidad. Es el negocio más sencillo del mundo: me hago con el poder, desprestigio a las instituciones que funcionan mejor y se las vendo a mis amigos para que saquen provecho de ellas. Una vieja estafa.

¿Ve Telemadrid?

Alguna vez, pero no hay nada que ver. Una pena, porque en un momento determinado, incluso con la derecha, fue una televisión cercana. Había programas que salían a la calle y grababan al vecino de al lado. Algo pueblerino, pero que a la gente le encanta. Eso se ha acabado.

¿Con quién le falta ajustar cuentas?

He ajustado las tres fundamentales en otros tantos libros sobre Dios Padre, Franco y la Historia de España. Mi ajuste de cuentas es permanente. Todavía me deben mucho. Haber hecho periodismo en la dictadura, con dieciocho años, es bastante duro. A muchos periodistas de la época nos tendrían que haber indemnizado como víctimas del franquismo.

¿Cómo ve el futuro?

Madrid va a seguir siendo así, no tiene más remedio: una ciudad corrupta con un poder especialmente representado. La especulación urbanística, por ejemplo, no va a cambiar nunca. Y, para ello, utilizarán todo tipo de trucos. Aquí el que se ha usado mucho es el de preservar la fachada, para que parezca que no ha cambiado nada, y luego meter a dieciocho familias donde antes vivían cuatro. Con el problema que representa tener dieciocho coches, dieciocho garajes, dieciocho… Sin embargo, lo ves por fuera y piensas: ¡qué bonito, Madrid!

 

Esta entrevista se publicó en el nº 3 de la revista Luzes. Suscríbete.


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