Opinion · Rosas y espinas

Cosas raras de los jueces de España

Resulta cuando menos fascinante que los ardores carcelarios de los shérifes del Tribunal Supremo se hayan apaciguado de repente al llegar él, el hereu por méritos, el primogénito político de Jordi Pujol, el depositario de sus intrigas y financiaciones, el Tom Hagen de la ex molt honorable famiglia.

El otrora juez dos pistolas Pablo Llarena ha decretado libertad sin fianza para Artur Mas, príncipe del pujolismo. A mí me parece cojonudo. No legitimo prisión preventiva para ninguno de los actores del procés. Si fue rebelión, que sean todas así, políglotas e incruentas, gamberritas y quiméricas, con niños, globos y flores, con votos y urnas de juguete, con todo menos con policías cabreados. Y que borren de una vez el delito de rebelión del código penal cuando no se saquen armas o volquetes de putas a la calle.

El caso es que pasan los juicios y los días, y a uno le da la impresión de que, alrededor de los Pujol, hay como un cordón sanitario o judicial o inmanente que garantiza la impu/inmunidad del clan. Nuestras leyes implacables mantienen en prisión y sin derecho a misa al beato incorrupto Oriol Junqueras, mientras Jordi y Marta Ferrusola pasean en telesilla por Andorra dejando caer de cuando en vez algún billete de 500 sobre la blanca nieve. Ahora el bello hereu, el conseller de Obras Públicas y Economía del tardopujolismo, el primer leproso del tres-per-cent, el chico de los secretos, es enviado a casa por Pat Llarena Garret sin fianza y con muchas sonrisas.

A los Pujol y sus adláteres no se les debe aplicar la máxima neoliberal too big to fail. En todo caso habría que periclitarlo a too wise to fail. Jordi Pujol no es demasiado grande, pero sí demasiado sabio para caer. O eso maliciamos algunos analfabetos que dedicamos el tiempo libre a andar rescatando bancos por ahí.

A mis sanguinarios y dicharacheros trolls no les habrá pasado desapercibida cierta contradicción en mis disertos, pues de todos es sabido que Artur Mas ya fue condenado en firme por el asuntillo este del procés. Le cayeron dos años y  cerca de seis millones de euros por la consulta del 9-N. Se puede decir que Mas fue el primer serial killer del procés. Convicto y confeso.

Pero Llarena no computó antecedentes, cosa rara en un juez, a la hora  de poner en libertad al silencioso y risueño (qué bien sonríe este hombre) Artur Mas.

Es curioso que aquella condena de 2017 contra Mas fuera dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya. O sea, su tribunal catalán. Según muchos togados expertos que salen en la tele, la misma sala que debería haber juzgado en primera instancia a todos los locuaces locuelos del procés, en lugar del Supremo y el Tribunal de Orden Público, hoy más conocido como Audiencia Nacional.

El resumen es que Oriol Junqueras y los Jordis siguen mamando talego mientras los Pujol y su hereu, Artur Mas, el gran muñidor del procés desde su investidura de “transición nacional” en 2010, continúan danzando por las Ramblas con permiso del TS. Algunos amigos míos de vocación maledicente andan largando por ahí que hay mucho miedo a que los Pujol y el hereu tres-per-cent se sietan ofendidos por algún juez (español) y empiecen a filtrar historias a la prensa sobre sus otrora amigables relaciones con altos dignatarios de PP y PSOE. Y que por eso nadie les toca demasiado los huevos. Pero vivimos en España, coño, donde todo el mundo sabe que está súper ultra garantizada la división de poderes, o sea. Y Valtonyc a la cárcel. Que no nos falte un rapero.