Opinion · Dietética digital

Operación Triunfo y Eurovisión: ¿Otra pelea de gallos?

Víctor Sampedro, autor del libro Dietética Digital criticaba en este reciente artículo la posición de la izquierda y Operación Triunfo. Utilizaremos este blog para liberar el libro cada semana. Seguiremos el índice, pero queremos incidir en el debate público. Comenzamos, pues, actualizando los tres capítulos que hacen referencia a Operación Triunfo. Allá va el primero.


El reality fue el formato de televisión digital que se presentó como más innovador. Y también el que más se extendió. Si nos preguntamos a dónde nos pueden llevar las redes, deberíamos pensar a dónde nos ha traído la televisión. La interactividad venía cargada de promesas. Íbamos a producir telerrealidad e instaurar la teledemocracia. Pero cuando se materializaron, no permitían a la ciudadanía interactuar con igual intensidad ni capacidad de control que las empresas.

En una comunicación interactiva lo que los interlocutores dicen y hacen les afecta. Se influyen y controlan mutuamente. Se responden, reajustando el contenido y el tono. Al presentarse como interactiva, la televisión digital decía que todos podríamos expresarnos tal como somos. La gente corriente se manifestaba de forma “espontánea y auténtica” en el plató de la telerrealidad. La teledemocracia consistía en protagonizar y votar “la televisión del pueblo”. Pero aquella interactividad era un simulacro. Una vez entrabas en el concurso, la “televisión popular” construía tu imagen y decidía si ganabas, al margen de lo que votasen los espectadores. Establecía un modelo de triunfador y se lo adjudicaba a quien mejor lo representaba.

El nuevo modelo de negocio se presentó como televisión de servicio público. Como si fuese el sistema de salud que funcionaba en beneficio de todos. La televisión popular combatiría enfermedades y males sociales que las élites desatendían. Era una esperanza infundada. Y una buena propaganda que, aparte de promocionar el formato, acompañaba los recortes de los servicios públicos. Estos, como la televisión, se iban a convertir en servicios de atención al cliente; en realidad, al servicio de la empresa.


Autor: Raul Arias.

En 1997 una mujer llamada Ana Orantes denunció por primera vez en la televisión española la violencia doméstica que sufría. El resultado fue trágico. Dos semanas después, su marido la ató a una cama y le prendió fuego. Desde entonces, la violencia de género se hizo espacio en las pantallas. Pero el número de muertas siguió aumentando. La lacra se extendió, ocupando más realities que telediarios. Mientras, no se destinaban fondos estatales para combatirla. Y el espectáculo televisivo ocultaba la falta de medidas institucionales o las convertía en rutinarias declaraciones de repulsa. Los políticos, en lugar de legislar, poner recursos y trabajar en sus despachos, salían de las sedes oficiales a guardar unos minutos de silencio. Y a que les filmasen.

La tele digital se implantó en pleno desmantelamiento del Estado de Bienestar. Acompañaba y normalizaba el proceso. La televisión popular hacía (entre otras muchas) las funciones de una agencia matrimonial y de empleo. Pero nunca abordó la precariedad laboral y la falta de prestaciones sociales que dificultan a las mujeres abandonar la casa del maltratador. En el plano educativo, por ejemplo, la telerrealidad montó academias privadas que formaban celebrities para los espectáculos más mercantilizados.

RTVE inauguró el siglo XXI lanzando Operación Triunfo, reality que promocionaba como una academia musical de alto rendimiento. El ganador representaba a España en Eurovisión, que habían reconvertido en un espectáculo interactivo; al dictado del público, según decían. Una década después, cursar música era un lujo y los conservatorios se quedaban sin presupuesto y calefacción. En 2017, el año pasado, la gala en la que se decidía el representante español en Eurovisión casi acabó en batalla campal.

Los seguidores presentes en el plató abuchearon al cantante que no era de su agrado. Insultaron y amenazaron al panel de expertos y al ganador. Este último había recibido la mitad de votos “populares” (llamadas de teléfono y sms) que la siguiente aspirante a la que, sin embargo, el jurado eliminó. Se cuestionó su neutralidad porque, según parece, estaba al dictado de la discográfica. El elegido, Manel Navarro, dirigió un corte del mangas a los detractores que le acusaban de tongo en plena retransmisión de la gala. Ni en el karaoke de un afterhours poligonero el más beodo llega tan lejos.


Lo que hace la industria musical con la opinión de la audiencia, en una imagen.

Operación Triunfo 2017. Valor musical: nulo. Marca cultural española: inexistente. El estribillo era en inglés y el estilo del tema apátrida; según el propio cantor, mainstream. Es decir, para el mogollón. Seguidores musicales: hooligans. Las estrellas pop: las que elige la industria. Resulta una muestra perfecta de que los realities, sumados a las redes, ofrecen falsa interactividad. Los fans se enfrentan y los amos del espectáculo ejercen un control jerárquico; y, además, fraudulento.

El premio de Operación Triunfo, en las tres primeras temporadas, consistió en representar a España en Eurovisión. Ahí surgió la ilusión de que cualquiera podía ejercer de embajador patrio en semejante feria musical. Eurovisión se replanteó en formato de concurso, con votaciones populares amañadas y un jurado de “expertos” con igual peso. Con el tiempo las redes facilitaron la autopromoción de los aspirantes y la movilización de los fans. El resultado fue el comentado. Una verbena que acabó en un enfrentamiento de facciones exaltadas. Una pelea de gallos, de la que todos salieron desplumados. Y que se saldaría con otro gallo, esta vez desafinado, en Eurovisión.

El club de fans oficial de Eurovisión pidió a la Fiscalía que investigase posibles «delitos de estafa, corrupción entre particulares y tráfico de influencias». Acusaron al jurado de favorecer al artista de Sony y, en concreto, a la máxima responsable del proceso de elección (la jefa de Entretenimiento de TVE, para más señas). La señora habría apoyado al candidato de la discográfica por “vinculaciones familiares”: tenía una hija empleada en esa compañía. Los partidos políticos también pidieron a la dirección de RTVE explicaciones en el Congreso por el presunto amaño. Ninguna de estas iniciativas prosperó, a pesar de la movilización en redes.

El Sr. Navarro representó a España y obtuvo el último puesto en Eurovisión, hundido por el gallo que se le escapó en plena actuación. La ironía inundó las redes como respuesta “interactiva” ante tanta impostura. Y las redes viralizaron hasta la náusea a un espontáneo que mostró su trasero ante 200 millones de telespectadores, cuando actuaba la ganadora de la edición anterior. Según dijo, “trabajaba oficiosamente como periodista provocador”. En resumidas cuentas, la interacción del público consistió en expresar impotencia para hacer valer su decisión, formar bandas hostiles, soltar sarcasmo y provocación chabacana, considerada periodismo.

Este año, con la vuelta de Operación Triunfo, el/la representante de España en la próxima edición de Eurovisión vuelve a salir de este reality. La decisión se tomó en una gala la semana anterior a la final del concurso. En esta ocasión no hubo tanta polémica. Superar el bochorno del año pasado se antojaba complicado. ‘Almaia’, la pareja de concursantes formada por Alfred y Amaia -ganadora de esta edición de Operación Triunfo- serán quienes acudirán a la cita europea en Lisboa. Del gallo pasamos a los tortolitos. Sin duda, una operación de marketing para vender en Eurovisión una historia de amor adolescente.

Aunque lo verdaderamente significativo ocurrió esta vez de puertas adentro de la ‘Academia’. Otras dos concursantes del reality, Ana y Aitana, les expresaban sus dudas a sus compañeras acerca de la canción que tendrían que interpretar en la gala. Esta canción, si hubiesen resultado elegidas, les habría llevado a Eurovisión. Además, aunque la compusiese una artista profesional, pasaría a ser de ellas: aún más responsabilidad. Un ‘regalo’ de la industria de la música a las jóvenes amateurs.

Pero Ana y Aitana se quejaban de que se sentían incómodas cantando reggaeton. No era su estilo, ni el mensaje que querían transmitir, ni querían que se les identificase con él. Aparece de fondo el debate sobre el contenido feminista de la nueva ola de traperas y reggaetoneras, supuestamente empoderadas por asumir el discurso dominante. ‘Vicky -una profesora- me ha dicho que lo más le gusta es que este tipo de mensajes siempre lo canten tíos y sea por primera vez una mujer’, comenta una de las chicas. ‘Creo que nadie tiene que usar a nadie, nos tenemos que querer todos’ contesta su pareja artística.

Pero, como no podía ser de otra manera, el Gran Hermano siempre vigila. Cualquier mínima expresión de rebeldía y pensamiento propio es rápidamente reprimida. Acto seguido aparecen Noemí Galera, la directora del programa, y Manu Guix, profesor, y comienzan a echarles la bronca. Eso sí, con un desfasado intento de utilizar lenguaje juvenil. ‘Va a petarlo este verano en todas las terrazas’, ‘esto se lleva que te cagas’, son los argumentos que usan para convencerlas. Se olvidan decirles que si ‘lo va a petar’ y si ‘se lleva que te cagas’ es porque así lo manda el mercado, no porque lo decida la gente.

Terminamos con una frase de la directora (minuto 5.45 del vídeo enlazado) que no tiene desperdicio e ilustra lo que venimos comentando: ‘Si Universal, TVE, Gestmusic, compositores internacionales, todo el equipo que ha hecho la selección para Eurovisión, considera que esta canción es muy buena opción para que vosotras dos la hagáis, que acabáis de salir del huevo de vuestra casa, tenéis 18 años y no tenéis ni puta idea de la industria musical, creo que como mínimo deberíais confiar en nosotros’. Pues eso. Ellos saben, ellos deciden. Y los/as concursantes están para hacer lo que digan. Por cierto, una de las chicas acabó llorando por la regañina que le dieron. A quien aletea un poco para alzar la vista más allá del corral le capan las alas y le convierten en una gallina, esperando que ponga huevos de oro.