Detrás de la función

¿Discursos para zombies?

La OCDE ha previsto que, si la cosa sigue igual, el desempleo ascenderá en 2012 al 23% de la población activa española. Con el país hipotecado y si consultamos las recetas que nos ofrecen los principales medios de comunicación, el discurso parece escribirse solo: España tiene que acometer sin rémora alguna reformas estructurales en el mercado de trabajo para facilitar la contratación y limitar los aumentos periódicos de salarios al nivel de competitividad de la economía. Por encima de todo(s).

El problema de los argumentos que se escriben solos es que acaban pensando por uno mismo: un aumento de la competitividad exterior podría suponer mayores exportaciones para el país; la facilidad para despedir reduciría el miedo del empresario a la contratación, con lo que las cifras de parados, y por tanto, los subsidios al desempleo, decrecerían, mejorando las perspectivas de futuro. Esto daría una cierta señal de confianza a los mercados, con la consiguiente reducción de la prima de riesgo y el sobrecoste de financiación de la banca española, lo que ejercería un efecto multiplicador del crédito para la creación de empresas; un complemento idóneo al programa de incentivos que prepara el Ejecutivo entrante para los autónomos y emprendedores.

Por el mismo camino: se debería proceder a un incremento de los impuestos indirectos para impulsar la consolidación fiscal, además de una fuerte racionalización de unos servicios públicos escasamente valorados por una población acostumbrada a la tutela del Estado. Un mayor énfasis en la responsabilidad personal y en la gestión individual y familiar de las necesidades puede liberar a los entes públicos de muchas obligaciones, lo que garantizaría la reducción de los déficits y la normalización de la financiación de la economía española.

Este, con diversas variaciones, es el discurso oficial de la "recuperación" de la economía española que llevamos recibiendo desde hace ya más de un año. Un proceso de reestructuración que nos va a hacer más austeros (pobres) y nos va a dejar en mejores condiciones para las nuevas circunstancias de la economía mundial (en la que se han entronizado nuevos imperios que incorporan regímenes de esclavitud para muchos de sus trabajadores).

El problema de este argumento, que enfatiza el empobrecimiento como salida y reajuste a una situación más realista, es que se deja fuera algunas circunstancias que deberíamos conocer: las prisas por reducir el déficit se deben, en realidad, a la presión sobre una deuda pública mínima en comparación con la de otros países; una deuda que está siendo bombardeada por dos razones principales: 

- Una, económica: los agentes financieros saben que la banca española guarda en sus balances cientos de miles de millones de euros en pérdidas que no va a poder recuperar. Son las hipotecas basura nacionales: la cantidad de dinero que se prestó a las familias, inmobiliarias y constructoras, con el aval de una perspectiva de crecimiento infinito del valor del suelo y de los pisos. Ahora, cuando el emperador está oficialmente desnudo, la banca se encuentra estomagada con llaves de apartamentos mientras franceses, alemanes y norteamericanos, que prestaron el dinero para la orgía, reclaman su devolución con sus correspondientes intereses.

- Otra, política y mediática: el bombardeo sobre la Eurozona tiene causas reales, pero también está sirviendo para que otras economías, como la estadounidense, la británica o la japonesa -por no hablar de las burbujas que se gestan en China y Brasil- ganen tiempo para tratar de salvar una situación realmente difícil de superar. Es más que posible que el precario sistema económico mundial se haya roto y que nacionalismos de nuevo cuño estén operando con mecanismos más sutiles que los del pasado.

Mientras tanto, nuestros medios y la pereza mental heredada de la etapa de prosperidad nos mantendrán atados al pan y circo: el final del terrorismo, el renacimiento del independentismo y la nueva figura de los políticos nacionales y regionales que recortan derechos sociales. Se trata de acontecimientos relativos a lo que el sociólogo norteamericano Charles Wright Mills denominaba "los niveles medios del poder" que, hoy por hoy, no cuentan para casi nada. Los ciudadanos, remisos a mirar hacia arriba y comprender los intereses que nos mantienen en esta situación, seguiremos señalando a nuestros gestores por las medidas que acometen obedientemente. Quizá sea lo más cómodo a corto plazo, pero, en el momento más necesario, Europa y los grandes poderes parecen hacérsenos demasiado grandes. También nosotros tenemos nuestras propias reformas personales y colectivas pendientes. O terminaremos por pensar como ellos.