Los yayoflautas

Ahora que los perroflauta parecen diluidos en un olvido asambleario de 15-M y Puerta del Sol, emerge en esta España impredecible la figura del yayoflauta, el anciano indignado, octubrero, marchoso y contrasistema. Esta semana los abuelos se dedicaron, en Barcelona, a subirse al autobús por lo gratis para protestar por sus cosas, por nuestras cosas, por la injusticia, por la explotación y por lo caro que han puesto el billete de autobús.
O realmente la viagra hace más milagros de los que dice el prospecto, o van a tener razón los posfascistas y hay que subir la edad de jubilación hasta los cien años. Uno que se salta al metro o al bus, aunque peine canas, también tiene que ser capaz de trabajar o de apuntarse a las castas olimpiadas en pantalón largo de sor Ana Botella.
Alguien dijo una vez que no es cierto que los viejos regresen a la niñez. Pasa que, al llegar a viejo, la vida no te ha concedido aun el tiempo suficiente como para dejar de ser un niño. Y ahí están estos abuelos, asaltando tranvías como Buth Cassidy y Sundance Kid para oponerse al poder establecido que nos estabula, oprime, reprime y subprime, con perdón.
Siempre he estado orgulloso de mis mayores, pero verlos asaltar autobuses con sus bastones y sus refajos me inclina hasta la adoración.
El octubrismo de nuestros jubilados tiene una explicación sociológica: son la primera generación de ancianos que ha vivido tantos años en dictadura como en democracia, y por eso son los primeros que han perdido el miedo a significarse que alcanforó el silencio de sus padres durante 40 años. Hoy me he prometido beber y fumar menos desde ya. No quiero morirme sin llegar a ser algún día yayoflauta.