Opinión · Al sur a la izquierda

Si muero, dejad el balcón abierto

Comencemos este último artículo robando, que es lo que mejor sabe hacer todo articulista que se precie: “Si muero, dejad el balcón abierto”. El verso es de Lorca, pero seguramente no le habría disgustado que su talento hubiera sido saqueado con ocasión de la muerte de un periódico como este, que con tanto brío juvenil aplaudió la noble tarea de hallar de sus huesos.

Es verdad que no encontramos a Lorca, pero el hecho mismo de haberlo buscado en las desoladas cunetas de la vega de Granada nos ayudó a encontrarnos un poco más a nosotros mismos. Y no solo a nosotros mismos, por cierto: también nos sirvió para encontrar y conocer un poco mejor a los otros, a los herederos genéricos e involuntarios de quienes lo asesinaron. Los herederos son inocentes del crimen, pero no inocentes de no querer encontrarlo, no inocentes de querer olvidar lo que hicieron sus mayores. Buscarlo nos ayudó a reconocer con estupor las viejas heridas y a certificar con melancolía que medio país sigue firmemente decidido a creer que tales heridas no existen, y que si existen es porque quienes las sufrieron bien que se las merecían.

Como del destino final de los huesos de Lorca, de la muerte de Público, que se hace efectiva hoy 24 de febrero del año de desgracia de 2012, apenas sabemos nada. Por no saber, ni siquiera sabemos si se ha muerto o lo han matado. Seguramente ambas cosas: primero enfermó de sí mismo ofreciendo gratuitamente en la web el trabajo por el que pretendía cobrar un euro al día siguiente en los kioscos; luego su mal se agravó con ese otro mal que es la falta de publicidad, que más que una enfermedad es una epidemia de la prensa en estos malos tiempos; la falta de publicidad ocasionó un tumor maligno que nadie pudo, supo o quiso extirpar a tiempo; el tumor desencadenó una metástasis; se practicó alguna que otra amputación, pero no ello no bastó; y finalmente llevaron al enfermo a ese extraño quirófano llamado Concurso de Acreedores del cual pocos pacientes suelen salir vivos.

No se sabe muy bien qué pasó allí dentro ni quiénes eran los especialistas llamados a salvar a Público, pero sí sabemos que fracasaron, aunque no por qué se produjo ese fracaso: si por falta de fe, por falta de pericia o, simplemente, porque no hubo forma humana de acopiar esas pocas pero cruciales bolsas de sangre que había que transfundir con urgencia al enfermo, aunque también es verdad que la sangre que gastaba el puñetero es de un tipo muy poco usual y muy difícil de encontrar en los bancos (de plasma sanguíneo).

¿Nos morimos solos o nos matan? De algún modo, todos los que mueren antes de tiempo mueren porque los matan. Público se ha muerto antes de tiempo. Y si es así, ¿quién lo ha matado? Es cierto que también se puede morir de muerte natural antes de tiempo, pero cuando se producen tales muertes todos tenemos la impresión de que no han sido muertes naturales en sentido estricto. Con Público nos pasa algo de eso: muere tan joven que nos cruza velozmente por la cabeza el mismo pensamiento que cuando muere una muchacha en el esplendor de su juventud: por qué diablos vivirán tantos años algunos que no lo merecen y tan pocos años estos otros que nos hacían la vida tan interesante.

Bob Dylan se preguntaba melancólicamente quién mató a Norma Jean y se contestaba esto: “Yo, respondió la ciudad”. En cierta medida, a Público también lo ha matado la ciudad. A un joven periódico le da la vida la ciudad y lo mata inevitablemente  la ciudad. De algún modo, la ciudad está en su derecho de hacerlo. Y, después de todo, tampoco estaría tan mal haber muerto a manos del mismo anónimo criminal que acabó con la joven y bella y desventurada Marylin. También a ella le hubiera gustado tal vez dejar una nota junto a su cama funeral en la que se leyera: “Si muero, dejad el balcón abierto”.

Dylan también se preguntaba, con sincero patetismo, otras cosas sobre ella: quién la había visto morir, quién tejería su mortaja, quién cavaría su tumba, quién sería el primero en olvidarla. Las mismas preguntas habrían servido en 1936 como responso fúnebre para Federico García Lorca. Las mismas preguntas sirven en 2012 para Público. Las mismas sirven para todos los muertos que mueren demasiado jóvenes, para todos aquellos a quienes la muerte les enseña que, una vez muerto, no es muy importante saber si te has muerto tú solo o te han matado. Sí importa, en cambio, que no te olviden demasiado pronto. Sí importa, en fin, haber vivido sin demasiado miedo la vida siempre breve y haber compartido sin demasiado miramiento el esplendor inmarcesible de la frágil juventud.