Penúltima versión del 11-M

Lo que usted va a leer a continuación es un resumen del amplio análisis trasladado por un ex agente del CNI al arriba firmante en abril de 2006. Se omiten algunas fechas, datos y, sobre todo, nombres propios de funcionarios y cargos políticos por respeto a su
buena imagen.

 
«Tanto los asesores demoscópicos del Partido Popular como los del PSOE afirman que, a dos semanas de las elecciones del 14 de marzo de 2004, sus sondeos pronosticaban una mínima diferencia de votos entre las dos opciones (los datos que se manejaban en las sedes de los dos partidos situaban ese margen en torno a 1,5 ó 2 puntos a favor o en contra).
Para esa fecha, el PP lleva ocho años en el poder, con una gestión económica exitosa y una política antiterrorista propuesta por el PSOE, asumida por el Gobierno y cuyo principal logro se supone que es haber puesto contra las cuerdas a ETA. ¿Qué falta entonces para garantizar un resultado electoral ampliamente favorable al partido gobernante? Un atentado terrorista etarra en fechas previas a la cita electoral. Todo el mundo sabe que cuando se produce una conmoción nacional provocada por el terrorismo, la inmensa mayoría de la gente de bien se pone del lado del Gobierno, más aún cuando ha demostrado una gestión eficaz para acabar con ETA.

Algunos responsables de las Fuerzas de Seguridad, nombrados por el Gobierno del PP y de su absoluta confianza, tienen controlados a una serie de moritos camellos, delincuentes comunes, confidentes de las propias Fuerzas de Seguridad que, por un puñado de euros, drogas o a cambio de no ser expulsados directamente a las cárceles marroquíes, son capaces de ejecutar cualquier encargo de sus jefes. ETA ha intentado meses antes trasladar explosivos a Madrid para organizar un atentado precisamente en la zona sur industrial. A punto estuvo también de cometer un atentado con mochilas-bomba en trenes durante la Navidad anterior.

El encargo

Como es evidente que no se puede esperar un gran atentado de ETA (acorralada y a punto de firmar la rendición), nada más fácil que usar a una panda de incautos, percebes y confidentes de la Policía y la Guardia Civil para cumplir un encarguito. Se colocan las bombas y, una vez estalladas, es fácil argumentar con los antecedentes citados que la autoría es de ETA. En ningún caso se espera que la potencia de las bombas y el número de víctimas ascienda al que finalmente se produjo. En operaciones criminales y mafiosas, una vez que la maquinaria se pone en marcha, es casi imposible controlar su desarrollo hasta las últimas consecuencias.

La cooperación desde arriba explicaría perfectamente el hecho de que la furgoneta cargada de explosivos que viajó desde Asturias fuera detenida tres veces en la carretera sin que los agentes comprobaran su contenido. Y explicaría también por qué algunas pistas encontradas posteriormente (Skoda Favia, tarjeta de un empresario ultraderechista en el salpicadero de la Renault Kangoo, muestras sobre distintos explosivos presuntamente utilizados, una mochila que primero no estaba pero que luego sí y que fue paseada por medio Madrid…) sólo se entienden desde la óptica de la descoordinación entre servicios de seguridad implicados y desde la chapuza de los errores humanos.

Pedro Arriola, gurú electoral del PP, le dijo a Mariano Rajoy el mismo 11 de marzo: “Si ha sido ETA, tenemos mayoría absoluta; si han sido los islamistas, estamos jodidos”. Al  margen del cálculo electoral, sólo la seguridad de algunos altos cargos de que se está cumpliendo un plan previamente trazado explicaría el empeño del Gobierno de Aznar desde el primer minuto hasta el último de culpar a ETA cuando todos los servicios de información extranjeros (desde la CIA hasta el Mossad, pasando por el rey de Arabia Saudí, el de Jordania o el hermano marroquí) avisan desde la misma tarde del 11-M de la implicación de islamistas en la masacre.

La filtración

Esta hipótesis encaja incluso con la de quienes alimentan la contraria. Efectivamente, después de catorce años de gobierno socialista y de experiencia en la lucha antiterrorista (incluyendo a los GAL), a algunos sectores del PSOE les quedan fuentes en la Policía y la Guardia Civil de suficiente confianza para que les avisen de lo que está ocurriendo. Y lo que está ocurriendo es que el Gobierno del PP tiene decidido que los atentados son obra de ETA (a pesar de que ETA niegue cualquier relación con la masacre y a pesar de que por la tarde ya ha aparecido la Renault Kangoo), de modo que no hace falta ni convocar a los líderes de los demás partidos para hacer frente común, ni pactar el eslogan de la manifestación del 12-M ni nada de nada. “Nosotros somos el Gobierno legítimo, atacados por una banda terrorista con la que vamos a acabar definitivamente y los españoles nos respaldarán para conseguirlo”.

En el PSOE, avisados por sus fuentes policiales de la realidad de lo que ocurre y de las primeras pistas de la investigación, filtran a todo el mundo las mentiras del Gobierno. Y circulan los SMS, los emails y las exigencias públicas de que se cuente “toda la verdad”.

Una vez producido el resultado del 14-M, lo importante para quienes ven frustrados sus planes es borrar todas las pistas posibles de la conspiración. Así que, sabiendo que los principales ejecutores de los atentados se esconden el 3 de abril en un piso de Leganés vigilado por la Policía, se decide eliminarlos para que no puedan contar el origen real de los atentados. Si no hay testigos directos que puedan dar su versión, no habrá modo de saber realmente lo que ocurrió”.
(Esta versión de lo ocurrido el 11 de marzo de 2004 responde a una lógica tan disparatada como tantas que se han sostenido durante los últimos tres años y cuya falsedad ha quedado evidenciada en la sentencia. El receptor del análisis realizó gestiones suficientes para comprobar que el conjunto de la tesis era exactamente eso: un dislate. Otra pura falsedad. Conocido el fallo, y ante el interés expresado por dirigentes del PP y por algunos medios en “seguir investigando hasta descubrir toda la verdad del 11-M” y a sus “autores intelectuales”, parece moralmente obligado compartir este disparate con el único fin de que no pueda quedar el más mínimo cabo suelto. “Queremos saber”.)