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Wouralia y la anestesia

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Hace poco más de dos siglos, el joven Charles Waterton viajó a la Guyana para instalarse en una plantación azucarera de su familia. Llevaría a cabo varias expediciones por la selva, que le permitieron escribir un libro de éxito con el que muchos lectores se familiarizaron con las maravillas amazónicas. Viajó a Inglaterra en numerosas ocasiones. Allí cercó su propiedad y la convirtió en una de las primeras reservas privadas del mundo, llena de nidos y madrigueras artificiales. Asimismo, fue autor de la primera denuncia legal por contaminación atmosférica, contra los dueños de una fábrica de jabón cercana a su casa.

Waterton era un tipo especial, quizás como todos los genios, que con los años se volvió muy excéntrico. Se cuenta que pasaba horas subido en los árboles, y en ocasiones se entretenía metiéndose bajo la mesa en cenas oficiales para ladrar y simular mordisquear las pantorrillas de los espantados comensales. Algunos de sus comportamientos heterodoxos, sin embargo, han quedado en la historia de la medicina.

Viajó a América interesado por el curare, veneno procedente de una enredadera que utilizaban los cazadores indígenas para untar sus flechas e inmovilizar a las presas. En una expedición se propuso tomar muestras del curare (al que llamaba "wourali") más poderoso, para llevarlas consigo a Inglaterra. Allí, ante los miembros de la Royal Society de Londres, durmió a varios animales. El curare, por ejemplo, aparentemente mató a un gato, pero tras varias horas de respiración artificial, como por milagro, el animal "despertó y anduvo".

El experimento más celebrado de Waterton tuvo por paciente a una burra comprada por el duque de Northumberland, a la sazón presidente del Colegio de Veterinarios. Tras una inyección de curare, el pollino pareció morir. Entonces le abrieron la tráquea, insertaron un tubo y bombearon aire a través del mismo. Al cabo de dos horas, contó Waterton, el animal levantó la cabeza y miró en torno, pero tan pronto suspendieron el bombeo tornó a la inmovilidad.

Transcurridas dos horas más, sin embargo, se alzó "sin muestras de agitación o miedo". Quedó muy débil, eso sí, pues necesitó un año para recuperarse del todo. "Al lector de buen corazón le gustará saber", escribió, "que apiadado de su infortunio, el dueño la envió a Walton Hall [residencia del propio Waterton], donde recibió el nombre de Wouralia". Allí vivió en paz 25 años, y a su muerte mereció un obituario en el periódico local.