Ciencia y sensacionalismo

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Con la ciencia de vanguardia ocurre algo paradójico: es la más interesante desde el punto de vista mediático, pero a la vez la más difícil de transmitir. Las noticias son, por definición, las novedades, los últimos hallazgos. Que tienen que ver, lógicamente, con las investigaciones más punteras. Que a su vez suelen basarse en los desarrollos teóricos más avanzados. Que implican conceptos físicos y matemáticos normalmente muy alejados de los conocimientos y posibilidades de comprensión del gran público. Por eso la mayoría de los medios de comunicación, e incluso algunas revistas especializadas, optan por el sensacionalismo, sustituyendo las explicaciones por los titulares impactantes y las imágenes sugerentes. Con lo que la ciencia, que debería ser lo contrario del pensamiento mágico, a veces se rodea de un aura mítica y misteriosa que, lejos de fomentar el racionalismo, parece a menudo el esbozo de una nueva religión (en este sentido, no es casual el alarmante éxito alcanzado por esa aberración ética e intelectual llamada “cienciología”).

Desde hace casi cinco años, tengo el privilegio de participar –junto con mis queridos y admirados colegas José María Bermúdez de Castro, Miguel Delibes de Castro y Manuel Lozano Leyva– en la sección La ciencia es la única noticia. Este polémico título alude, obviamente, al gran interés que suscitan las noticias científicas (en cierto modo, las únicas realmente novedosas). Y si en algo estamos de acuerdo los responsables de la sección es en la perentoria necesidad de defender la causa del racionalismo, así como en lo difícil que resulta hacerlo en el seno del circo mediático en el que estamos inmersos, todos como espectadores y algunos también como actores.

¿Cuál es el camino? ¿Cómo hacer una divulgación alejada del sensacionalismo pero no de la ciencia de vanguardia, cuando gran parte de la población es científicamente analfabeta? Se quejaba C. P. Snow, en su ya clásico ensayo Las dos culturas, de que muchas personas ilustradas desconocieran el segundo principio de la termodinámica; una queja veteada de optimismo, en realidad, pues lo cierto es que muchos ni siquiera saben que existe una cosa llamada termodinámica. Y un siglo después de la relatividad, la mecánica cuántica y la lógica de Gödel, solo una exigua minoría tiene claro que Galileo, Newton y Aristóteles no dijeron la última palabra. ¿Cuál es la solución? No creo que haya recetas. Pero los divulgadores disponemos actualmente de una nueva y poderosa herramienta. De la que intentaré hablar en la próxima columna.