Nuestro futuro común

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

La doctora Gro Harlem Brundtland, antigua primera ministra de Noruega, ha formado parte de la conferencia reunida en San Sebastián al principio de la semana para facilitar el largamente esperado comunicado de ETA anunciando el final de la actividad terrorista. Por esa razón, Brundtland ha sido criticada, tanto por los comentaristas más acerbos, que le han tildado de tonta (útil o inútil) y de pesetera, como por los más prudentes, que han calificado su asistencia de innecesaria. No voy a entrar en eso (aunque uno haga cada día mil cosas prescindibles que ayudan a avanzar). Quiero destacar simplemente que a mí, y supongo que a muchos otros ambientalistas, nos ha dolido el maltrato de palabra a esta mujer, porque desde hace años es una de nuestras referencias.

Hasta los ochenta del siglo pasado apenas se cuestionaba por los poderes públicos, ni siquiera teóricamente, el modelo de desarrollo imperante. Es cierto que había voces que lo denunciaban, pero no pasaban de francotiradores. Entre ellos puedo citar con orgullo a mi propio padre, que en 1975 escribió contra un progreso que parecía traducirse inexorablemente “en un aumento de la violencia y la incomunicación, la autocracia y la desconfianza, la injusticia y la prostitución de la Naturaleza, el sentimiento competitivo y el refinamiento de la tortura, la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero…”.

En 1984, sin embargo, la Asamblea general de Naciones Unidas planteó formalmente la necesidad de un cambio en el desarrollo, si pretendíamos aspirar a un futuro justo y próspero. Se creó entonces la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo, que encargó un trabajó a un equipo que durante tres años, entre otras cosas, recibió aportaciones de científicos y políticos de más de 20 países. El resultado fue Nuestro futuro común, libro de 1987 que fue conocido en el mundo como Informe Brundtland, por ser ella la coordinadora. Los gestores públicos aprendieron con él que sólo puede llamarse desarrollo al que “satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras “.

Ha pasado el tiempo y aquel horizonte propuesto en 1987 sigue siendo válido, por más que resulte tan difícil de alcanzar como complicada la gestión del camino hacia él. Diría que es más que útil, una meta imprescindible. Estimo justo agradecer, entonces y ahora, a Gro Harlem Brundtland, que dedique su tiempo y esfuerzos a nuestro futuro común.