Un inquietante brote verde

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

El número de estudiantes universitarios está aumentando y muchos achacan el fenómeno a la crisis económica. Como hay poco trabajo y el desempleo es menor entre los titulados superiores, los jóvenes prefieren ir a la universidad antes que a la formación profesional. Al fin y al cabo, el acceso a la universidad es trivial, porque la selectividad la aprueba todo el mundo y no sirve más que para elegir carrera. Además, los niveles de todos los estudios han bajado tanto que con un poco de esfuerzo y bastante paciencia se gradúa uno en lo que sea. Lo anterior es una caricatura que, como todas, tiene algo que ver con una realidad mucho más compleja. ¿Cómo explicaría ese argumento que carreras como Matemática y Física estén triplicando su número de alumnos de nuevo ingreso, teniendo muchos de ellos notas medias muy superiores a las que les permitiría el acceso? Un análisis más realista, aunque quizá no exento de exceso de optimismo, es el siguiente.

España no sólo disfrutó (o sufrió) el boom del ladrillo sino que en el extremo opuesto, por lo que supone de cultura de esfuerzo, menosprecio del dinero y visión a largo plazo, también eclosionó la ciencia por muy calladamente que lo hiciera. Por ejemplo, en pocas décadas, las matemáticas españolas pasaron de ser irrelevantes hasta colocarse en el noveno lugar del mundo. Y así sucedió con innumerables ramas científicas y muchas ingenierías. Paradójicamente, las aulas de esas facultades y escuelas de excelentes profesores y magníficos laboratorios se desertizaron a favor de las supuestamente más relacionadas con los jolgorios económicos y empresariales animados, sostenidos o apoyados en el ladrillo. Quizá lo que esté ocurriendo, para el bien de ellos y del país, es que los alumnos más voluntariosos se están dando cuenta de que un buen matemático seguramente no se hará rico, pero será raro que esté en paro y, según las encuestas más fiables, se sentirá satisfecho con su ocupación y su sueldo. Es duro y difícil conseguirlo, pero parece que depara un futuro sólido y grato.

Lo anterior es muy esperanzador, pero el fenómeno está acompañado de otro que hace muy inquietante este hermoso brote verde en el erial de la crisis: el número de matriculados en las escuelas de idiomas se ha multiplicado. En particular en alemán. ¿Estamos a las puertas de una emigración más cualificada pero quizá más sangrante que la de los años sesenta? ¿Es que no podremos enderezar entre todos este país de manera seria y estable?