San Blas y la vuelta de las cigüeñas

DE PUERTAS ADENTRO // MARÍA ÁNGELES DURÁN

La semana pasada, vi cigüeñas volando sobre los tejados de un pueblo extremeño y recordé el viejo refrán: “Por San Blas, la cigüeña verás”. Sin embargo, en los últimos años, con la bonanza del clima invernal, muchas cigüeñas han olvidado sus hábitos migratorios y se quedan en sus nidos extremeños a esperar la llegada de la primavera. San Blas se celebra el 3 de febrero, a continuación de la Candelaria, y es patrón de muchos pueblos y cofradías. En el mismo pueblo que vi las cigüeñas, preparaban la fiesta del patrón, con salvas continuadas de escopetas, y la invitación a comer y beber a todos los visitantes. Por unos pocos días, el pueblo se llenó de gente, porque los oriundos vuelven con amigos para rememorar viejos tiempos, ver a la familia que aún queda por allí y pasar unas buenas horas de ambiente festivo.

Después, cada cual vuelve a sus quehaceres y a sus lugares. Salvo una ligera subida en los fines de semana, las calles ya no vuelven a llenarse hasta las vacaciones de Semana Santa. Sólo en agosto, alrededor de las fiestas de la Virgen, el pueblo recupera la población que tenía hace 40 años, cuando la pérdida de competitividad de la agricultura frente a otras actividades productivas propició el lento goteo de la emigración hacia las ciudades. Con la natalidad baja y la población envejecida, los pueblos ensayan medidas para atraer nuevos habitantes que eviten su desmoronamiento demográfico y material. ¿Qué hacer?

No parece que las mujeres deseen aumentar el número de hijos que conciben, gestan, alumbran y crían, a pesar de las tímidas medidas de ayuda aprobadas recientemente o que ahora se ofertan, en medio de la batalla electoral. Las ayudas coyunturales apenas resuelven el verdadero problema, que es la separación temporal o definitiva del empleo. Aunque sean bienvenidas, en pocos hogares harán cambiar las decisiones sobre los hijos a tener. Si la repoblación no puede conseguirse convenciendo a las autóctonas para tener más hijos, cabe invitar a quienes viven en lugares lejanos. Ellos han cambiado el panorama de la natalidad en España en los últimos años, pero esta medida no puede ser indefinida, ni los pequeños pueblos de bajo nivel de renta atraen a los jóvenes inmigrantes.

La solución puede venir de la población de edad madura, y empiezan a florecer centros de vacaciones de la tercera edad y retornados jubilados. Podría suceder que la geografía de los territorios abandonados se convirtiera en una casita gigante, dispersa, de fin de semana, que atascaría las carreteras los sábados y domingos. Es difícil de encontrar una solución sostenible, pero es urgente si no se quiere perder el patrimonio arquitectónico y el paisaje que costó tantos siglos construir.