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El engaño de Piltdown

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO 

Decía el otro día que los científicos, además de equivocarnos a menudo, en ocasiones somos víctimas, también, de burdos engaños, hasta el punto de llegar a generar consensos (nunca, afortunadamente, completos) sobre presuntas realidades carentes de fundamento. Uno de los más célebres y longevos fue el que, durante décadas, permitió creer que el eslabón perdido entre los primates antropomorfos y el ser humano había vivido en Inglaterra. Como me parece que mi amigo José María Bermúdez de Castro no se ha referido a él, voy a hacerlo yo.

William Dawson buscaba fósiles desde hacía años. En 1911, excavando en una gravera de Piltdown, condado de Sussex, con el auxilio de un prometedor antropólogo y jesuita francés llamado Pierre Teilhard de Chardin, encontró una serie de huesos, varias herramientas de piedra, y un cráneo y una mandíbula relativamente completos. El cráneo apenas parecía diferente del de los humanos, pero la mandíbula era claramente primitiva, casi simiesca. La combinación era perfecta para anunciar a bombo y platillo el descubrimiento del "inglés más antiguo", al que se denominó Eoanthropus dawsoni.
Ya desde el principio, algunos especialistas pusieron en duda la importancia del hallazgo, pues la reconstrucción del conjunto completo requería considerable interpretación subjetiva. Faltaban algunas piezas fundamentales. Por ejemplo, los dos cóndilos que debían articular la mandíbula con el cráneo estaban rotos. Pese a ello, la mayor parte de los expertos, encabezados por sir Arthur Keith y sir Ray Lankester, entonces director del Museo Británico, certificaron entusiastas la autenticidad del hombre-mono. En las décadas siguientes las dudas, aquí y allá, se acrecentaron, pero la versión oficial se mantuvo inmutable hasta la década de los 50 del siglo XX. Entonces, otro investigador del Museo Británico, Kenneth Oakley, aplicó su técnica del flúor radioactivo, que permitía determinar la edad de los huesos, a los restos del hombre auroral. La decepción fue mayúscula: ¡el cráneo tenía varios miles de años, pero la mandíbula era reciente! Alguien había orquestado un fraude monumental y la comunidad científica había mordido el anzuelo.

Tirando del hilo pudo desenredarse una parte no menor del ovillo. La calota craneana era humana, pero la mandíbula correspondía a un orangután. Sus dientes habían sido limados y alterados para engañar. Las porciones más significativas de la pieza se fracturaron a propósito. Todos los materiales se habían envejecido con productos químicos para proporcionarles una apariencia similar. Huesos y utensilios habían sido cuidadosamente sembrados en el yacimiento donde Dawson trabajaba. ¿Quién lo hizo? ¿Por qué razón? ¿Cómo pudieron dejarse engañar los científicos más expertos de la época? ¡Queda materia para otro día!