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Sexo contra parásitos

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Mucho me temo que voy a decepcionarles. No pretendo sugerir que practicar el sexo a menudo diminuya los riesgos de picaduras de mosquitos o pulgas, y menos aún el de albergar lombrices intestinales (aunque quien sabe...). Se trata de otro asunto. Si es de dominio público que el sexo como mecanismo reproductor está muy extendido en la naturaleza, es difícil explicar, desde el punto de vista evolutivo, las razones de que así ocurra. Muchos microbios, algunas plantas y también unos pocos vertebrados (como ciertas lagartijas) se reproducen asexualmente, lo que no parece carecer de ventajas: pueden hacerlo solos, sin necesidad de localizar un congénere, y dejan potencialmente muchos más descendientes (exactamente el doble), pues todos los individuos son capaces de hacerlo. ¿Qué ventajas, a cambio, tiene el sexo?

Mezclando los acervos genéticos de macho y hembra, el sexo genera variación genética, y los biólogos han sospechado siempre que esa fuente de diversidad era un motivo suficiente para explicar su éxito evolutivo. Viéndolo del otro lado, los individuos que se reproducen asexualmente sólo generan clones de sí mismos, con todas las ventajas pero también con todos los inconvenientes. ¿Ventajas? Pueden explotar los recursos tan eficientemente como hiciera su padre-madre, o escapar de los parásitos y depredadores. ¿Inconvenientes? Si las cosas cambian, y en la naturaleza siempre lo hacen, todos los clones se verán afectados igualmente por el cambio, por ejemplo tornándose susceptibles a depredadores y parásitos capaces de buscarles las vueltas. Los modelos matemáticos apoyan el punto de vista de que, en un mundo cambiante, el sexo importa porque aporta variabilidad genética. En el campo, sin embargo, es difícil comprobarlo.

Lo han hecho Jukka Jokela y otros colegas, trabajando desde 1994 con un caracol de agua dulce neozelandés con estirpes sexuales y asexuales (The American Naturalist 174, 2009). Como era previsible, las estirpes asexuales se reproducen más aprisa y llegan a ser muy abundantes, pero también son muy susceptibles a los parásitos, que cuando las afectan apenas encuentran resistencia. Ello hace que el número de clones caiga en picado, llegando en algunos casos a extinguirse poblaciones locales. Mientras tanto, reproduciéndose más lentamente, las poblaciones sexuales son mucho más estables. Los resultados obtenidos se ajustan a la hipótesis de que, generando variación (en este caso en el sistema inmune), el sexo ayuda a contrarrestar los efectos negativos de los cambios ambientales (en este caso, los parásitos). Si además es divertido, miel sobre hojuelas.