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Oxígeno para creacionistas

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Comentaba no hace mucho que los humanos necesitamos clasificar y dar nombre a las cosas. También en la ciencia. Si advertimos que nueve décimas partes (quizás más) de la biodiversidad global son desconocidas, es porque aún no las hemos bautizado y catalogado. Hacerlo nos obliga a diferenciar unidades discretas, cuando sabemos que la realidad no funciona así. Los individuos cambian y las poblaciones (los acervos genéticos) evolucionan de forma continua, de manera que, aun si pudiéramos seguir el proceso completo, no habría modo, si no artificial, de colocar una barrera diciendo: "A partir de aquí, a esta población le damos un nombre distinto". Eso supone, al menos desde el punto de vista nominal, que negamos por decreto la existencia de especies (o, con más precisión, de taxones) intermedios, lo que no quiere decir que no los haya.

Richard Dawkins ha utilizado brillantemente la analogía de este caso con el de la mayoría de edad legal. Uno es mayor de edad a partir de los 18 años y es menor antes. ¿Indica eso que la misma persona ha cambiado mucho del día previo al día posterior al 18 cumpleaños? ¿Sugiere que sólo se puede ser mayor o menor, que no existen estados intermedios? ¡De sobra sabemos que, para muchos de nosotros, casi toda la vida es un estado intermedio! La mayoría de edad es una convención formal y las reglas de la clasificación taxonómica también. Para alegría de los creacionistas.

Uno de los argumentos preferidos de los creacionistas es la ausencia de fósiles intermedios. Y, curiosamente, ocurre en la época en que más especímenes de ese tipo se descubren (Dawkins dice, con razón, que todos los fósiles son intermedios de algo). ¿Por qué esa insistencia? Quizás sea por los nombres. El celacanto, el famoso pez que tiene casi patas, descubierto vivo cerca de Madagascar en 1938, bien puede aceptarse a medio camino entre los peces y los anfibios o reptiles. "Pero es un pez, ¿no? Usted mismo lo ha dicho. Luego no es el eslabón intermedio", argüirá el
creacionista.

Y si vamos al Ychthyostega, un fósil de hace 350 millones de años, aún próximo a los peces pero que parece una gran salamandra y vivía entre el agua y la tierra, el creacionista dirá: "Un anfibio, claro; sigue sin ser un eslabón intermedio". Se da así la paradoja de que cuantas más formas intermedias se descubren, más se reclaman para aceptar que lo sean.