Civismos incívicos

Blinda, que algo queda (o no)

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En América Latina, muchos edificios son auténticas fortalezas, con grandes vallas, personal de seguridad permanente, alarmas y cámaras. En Estados Unidos no son pocos los que han optado por trasladarse a comunidades cerradas (gated communities) para alejar al otro, a la amenaza, al miedo. Las personas que han hecho estas opciones han renunciado a la vida en sociedad en pro de la seguridad. Más allá de un aumento de la sensación personal de seguridad, no está nada claro que estas opciones contribuyan a disminuir el riesgo objetivo de ser víctima de un acto de violencia. De la misma forma que el blindaje de las joyerías no las hace inmunes al robo, la securización de ciertos espacios suele generar, por un lado, efecto desplazamiento, y, por otro, una modificación de los patrones de la delincuencia (el alunizaje, por ejemplo, no es más que una adecuación a las crecientes medidas de seguridad en comercios: tu me pones alarma, cámaras y cristales antirrobo, yo te hago explotar el escaparate en un plis para que la policía no llegue a tiempo y te limpio la tienda con pasamontañas para que no sepas quién soy. Al final, igual hubiera sido mejor que a la desgracia del robo no se le añadiera el gasto de un nuevo escaparate...).

Pienso en todo esto mientras leo que ya han empezado las obras para "blindar" la zona colindante al Mercado de la Boquería en Barcelona, como reacción a las fotografías publicadas hace unos meses por El País, denunciando la compra y venta de servicios sexuales en la zona. Parece que ésta era una demanda de los vecinos y comerciantes. Pero me pregunto, ¿cómo se sentirán los vecinos y comerciantes de las zonas próximas, que muy probablemente verán aumentar el uso de sus rellanos para estas prácticas? Y ¿qué les pasará por la cabeza a los vecinos que tengan un día la desgracia de ser asaltados dentro de la zona de seguridad, dónde no habrá nadie para ayudarles ni dar testimonio de lo que les pase?

La idea de que la zona más segura es la zona más vacía hace décadas que fue superada por la convicción de que, ante la incapacidad de abordar el origen de los problemas, estos parches acaban haciéndonos más vulnerables y nos dejan en una situación peor que la de partida.

Al final, para solucionar un problema de prostitución y orines (¡consecuencia en parte de las interminables obras de la parte posterior del mercado, que impiden que éste sea una zona de paso!), generamos un espacio de vulnerabilidad para vecinos y vecinas. Y, en el camino, todos perdemos un pedazo de ciudad.

El mes que viene, cuando nos demos cuenta de que los problemas persisten, ¿qué haremos? ¿Blindar el barrio?