Migrantes, refugiados y sintecho: la cara oculta del París en cuarentena

 

Menores migrantes no acompañados en un reparto de comida en París / D.M. Jurisic
Menores migrantes no acompañados en un reparto de comida en París / D.M. Jurisic

Danica M. Jurisic (@dmj_visual)

  • No puedo evitar que esto me recuerde al comienzo de la guerra que viví de niña: gente marchándose a toda prisa, haciendo acopio de reservas…
  • París siempre ha tenido dos caras: la amable, icono de glamour y elegancia, y la que trata de esconder la pobreza y excluye a los sin techo, migrantes y desplazados
  • Todavía no somos capaces de cuantificar y comprender los efectos que esta pandemia está provocando sobre la población más vulnerable

Han pasado más de diez días desde que se decretó el confinamiento en París de manera oficial, aunque mucho menos desde que empezamos a tomarlo en serio. Es difícil aceptar que una pandemia ha tocado las puerta de nuestra casa. He vivido esto antes, durante la guerra en mi país, Bosnia: la gente se negaba a aceptar que la realidad a la que tenían que hacer frente había cambiado de repente, sin avisar... 

Después de negarlo, llega el pánico. Y aquí París tampoco me ha fallado: largas colas en los supermercados, enfrentamientos en redes sociales, y miedo. Un miedo que, sin embargo, aún no se ha tornado tan violento y dantesco como en otros lugares. París ha cambiado, pero quizá no todo vaya a peor. En estos tiempos extraños, cuando salgo a hacer una compra rápida o a hacer algo de ejercicio, noto un cambio. No es solo en las calles fantasmales y vacías, sino en los ojos de los pocos que encuentro en mi camino.

Hemos empezado a prestarnos atención unos a otros. Sientes que la gente te mira, quizá para averiguar si te conocen, quizá en búsqueda de los síntomas. Porque no solo hay miedo, los hay que también buscan una cara familiar, una conexión, un poco de luz... Todo el mundo mantiene, eso sí, la distancia prescrita por el Gobierno: un metro de distancia. Y no puedo evitar que esto me recuerde al comienzo de la guerra que tuve la desgracia de vivir cuando era niña: gente marchándose a toda prisa, otros haciendo acopio de reservas hasta límites absurdos, algunos que incluso amenazaban a sus vecinos con llamar a la Policía —¡por cosas que hasta ayer eran normales!—. 

Parece que el papel higiénico, latas de cualquier cosa y harina son cruciales para combatir el virus. Pero todo está cerrado, excepto tiendas de alimentación y algunos quioscos. Las empresas pequeñas y los autónomos a duras penas cumplen estas medidas de aislamiento. El Gobierno ha prometido ayudas, pero el qué y el cómo todavía no está definido.

Privatización de la sanidad, desigualdad y control policial

En este nuevo contexto de inseguridad financiera, el virus parece un mal menor. No es que la gente no tema a la enfermedad y a la muerte, pero parecen tener más miedo a la incompetencia de su propio Gobierno. París lleva convulso los últimos meses: protestas, huelgas, Chalecos Amarillos, la reforma de las pensiones... Y el Ejecutivo de Macron no ha sido capaz ni ha estado a la altura de hacer frente a las demandas de la gente. La represión policial es tan violenta como la desconfianza hacia las autoridades. 

Llegados a este punto, al tratar de comprar en una farmacia mascarillas y gel desinfectante para tu familia, te despachan con la explicación de que son solo para el personal sanitario. El problema es que ellos tampoco tienen: médicos, enfermeras, todo el personal de los hospitales apenas cuentan con la protección necesaria y el tratamiento a la enfermedad. ¡Ahora parece que privatizar y externalizar la sanidad no ha sido tan buena idea!

Las medidas anunciadas por el Gobierno para hacer frente a esta pandemia han sido ampliamente criticadas. El doctor Didier Raoult, epidemiólogo, lidera la voz principal de esta oposición. La respuesta de Macron se articula entorno al control policial, fuertes multas y amenazas de encarcelamiento de hasta seis meses para todos los que no obedezcan las estrictas reglas de confinamiento. 

Sin embargo, no todos somos iguales ante la ley. Estos días las redes sociales se inundan de testimonios, fotos y vídeos de brutalidad policial que se ceba sobre todo en las zonas más pobres de París. Los que no pueden imprimir o presentar su ‘certificado de desplazamiento’, el documento para justificar las salidas, son arrojados al suelo con violencia, inmovilizados por varios agentes de policía, que les esposan y arrestan. La mayoría son personas racializadas y migrantes, y muchas son mujeres vulnerables con pocos o ningún ingreso, que no pueden quedarse en casa.

Una ciudad con dos caras

París siempre ha tenido dos caras: la amable, icono de su famoso glamour y elegancia, y la menos conocida, esa que trata de esconder la pobreza, a las personas sin techo, y que excluye a los migrantes y desplazados que llegan a Francia huyendo de la guerra. Todavía no somos capaces de cuantificar y comprender los efectos terribles que esta pandemia está provocando sobre la población más vulnerable. ¿Estamos, como sociedad, condenado a muerte a las personas sin hogar, a las refugiadas y a las pobres? ¿Estamos convirtiendo en excusa este virus para permitir el racismo y la discriminación?

El último desalojo de los campos de refugiados informales que todavía existen en París tuvo lugar el lunes 23 de marzo. Más de 700 personas fueron trasladadas a hoteles y pabellones improvisados. Aunque todavía quedan muchas personas en la calle, obligadas a vivir escondidas, en la clandestinidad, sin ninguna protección ni ayudas, vulnerables ante cualquier abuso. Y durante estos días cada vez hay menos asociaciones que brinden lo básico a los refugiados y sin hogar, como comida y ropa, tiendas de campaña para protegerse del frío. A pesar de que el Gobierno promete hacerse cargo de los que están en las calles, estas distribuciones salvan vidas, y no se sabe cuándo se podrán retomar. 

Refugiados, menores migrantes y personas sin hogar

En París siguen estando muy presentes las personas sin hogar, que ya vivían aisladas y solas antes de esta pandemia. Caminan sin rumbo, siempre en movimiento, para evitar que la Policía les pare, les interrogue, para evitar cualquier abuso. Llevan consigo una mochila pesada, arrastran zapatos gastados y caras cansadas, ellos son los que más van a sufrir en esta crisis. 

Las historias más desgarradoras son sin duda las de niños refugiados no acompañados. Menores de edad y completamente solos, que ya vivían sin ninguna certeza antes, sobreviviendo gracias a las organizaciones de voluntarios, recibiendo ayudas escasas de los servicios sociales. Estos niños ya estaban en muy malas condiciones, pueden caer enfermos. Y no tienen más remedio que salir a la calle para sobrevivir: en los refugios donde pasan la noche muchas veces no pueden quedarse durante el día, o no hay comida suficiente.

DEMI, la sucursal de la Cruz Roja que gestiona el proceso de asilo para menores, así como el resto de oficinas, está cerrada. Incluso si hablan el idioma, no pueden entender completamente lo que está sucediendo. Todavía son niños, algunos adolescentes, que no tienen medios para cuidarse solos. 

Los que obtuvieron el reconocimiento como refugiados o han podido acceder a un alojamiento mientras esperan a que se tramite su petición también se enfrentan a una situación complicada por el cierre de muchos servicios y de la imposibilidad de las organizaciones sociales de prestar apoyo. La falta de ONG para muchos significa no tener acceso a alimentos o básicos como leche para bebés o pañales. Otros muchos no saben cómo van a poder hacer frente al pago de su alquiler. 

Estamos recibiendo mensajes todos los días, a todas horas, de personas que nos piden ayuda, comida, información... Y son personas que no han caído enfermas. Me da miedo pensar que pudieran contagiarse, porque incluso en épocas de normalidad en países occidentales y avanzados como Francia es muy complicado para las personas refugiadas acceder a los servicios médicos. No es solo por la barrera del idioma, sino por la infinita burocracia. 

Después de la evacuación del campo, donde residían medio millar de migrantes, la mayoría fueron ubicados en diferentes instalaciones, cientos fueron llevados a pabellones o centros deportivos. En el caso de haber un brote, las consecuencias serían catastróficas.

D.M. Jurisic es fotógrafa y documentalista, activista social y voluntaria con personas migrantes y refugiadas en París. Tuvo que huir cuando era niña del conflicto en su país, Bosnia. Por eso ha dedicado su tiempo y energía a comprender su situación, así como a crear conciencia sobre su lucha y los problemas a los que se enfrentan.