"Nuestro crimen es haber soñado con una vida mejor": Carta de un interno del CETI de Melilla

Engin Akyurt para Unsplash
Engin Akyurt para Unsplash

Traducción de Natalia Román Morte

  • Mohamed es uno de los 1.600 internos del CETI de Melilla: "Nos encontramos hacinados en este centro que sólo cuenta con 780 plazas"
  • De los 600 tunecinos que llegaron en 2019, algunos se encuentran bloqueados allí desde hace más de ocho meses. "Ahora, el ministro del Interior anuncia nuestra expulsión"
Me llamo Mohamed*, tengo 32 años y soy uno de los 600 tunecinos y de las 1.600 personas encerradas en el CETI de Melilla sin ningún derecho y bajo una ley carcelaria.
Todos nuestros derechos desaparecen el mismo día en el que pones un pie aquí dentro. El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos defiende que toda persona tiene derecho a circular y a elegir su residencia en el interior de un Estado, entonces, ¿esto es un centro de acogida o una prisión en la que se castigan a criminales?
Llegué a Melilla después de nadar durante seis horas desde la ciudad marroquí de Nador, sin nada más que un simple traje de buceo que conseguí comprar con el poco dinero que me quedaba. Viví momentos muy duros, vi la muerte durante esas seis largas horas y las dos horas caminando entre las resbaladizas piedras del puerto de Beni Ansar, un pequeño resbalón y directo a una muerte segura.
Si hice todo esto fue para ocuparme de mi familia, porque tengo a mi cargo a una madre con discapacidad, un padre con una enfermedad grave- ambos necesitan tratamiento-, un hermano pequeño desempleado y mi abuela, a la que temo perder antes de poder ser libre.
Entre mi sueldo y el de mi hermana mayor apenas alcanzamos los 400 euros mensuales, difícil mantener a una familia de seis personas. Tras los gastos del alquiler, las facturas y los medicamentos de mis padres, ya no nos queda nada.
Me licencié en un grado superior de informática multimedia aunque no he tenido la oportunidad de encontrar un trabajo en mi país así que, en plena crisis, he trabajado en cualquier puesto que se me presentaba: socorrista en hoteles, en una central eléctrica instalando andamios, técnico de cámara…
La última compañía en la que trabaja fue comprada por un empresario Qatarí y cuando éste vio mi tatuaje con un símbolo amazigh en mi brazo me preguntó si era beréber a lo que contesté que estaba orgulloso de serlo. Vengo de una familia originaria de Matmata, un pequeño pueblo amazigh en el sur de Túnez. Se calcula que somos unos 50.000 en total en un país de 11 millones de habitantes. Dos semanas más tarde, sin darme ninguna explicación, recibí una carta de despido.
Fue entonces cuando decidí abandonar mi país.
Dejé el poco dinero que había ahorrado durante estos años con el sueño de  fundar mi propia familia, compré una silla de ruedas para mi padre y un billete de avión con muchas ilusiones, los bolsillos vacíos y con una gran angustia por dejar atrás mi hogar. Mis padres siempre me han animado para luchar en la vida.
Me sorprende ver cómo se exige el respeto de los Derechos Humanos, esos que disfrutan los europeos pero no nosotros, los africanos. Las leyes están hechas sólo para protegerles a ellos, no a la Humanidad. Imaginad si todo esto ocurriera con 600 españoles bloqueados en un centro de Túnez.
Sin ni siquiera hablar del COViD-19. Vivimos en un mundo de muertos, con un virus que se lleva vidas y que ataca a cualquier hombre, mujer, niño o incluso dirigentes. Y aquí no hay ninguna medida de protección más que la privación de nuestra libertad.
"En la oficina de asilo de Melilla sentí que el traductor no explicaba todo lo que yo decía, que la decisión ya estaba tomada y que no tenía derecho a nada"
Dejadme contaros mi experiencia: cuando llegué a Melilla fui a la oficina de asilo y durante mi declaración sentí que el traductor no explicaba todo lo que yo decía, que la decisión ya estaba tomada y que no tenía derecho a nada. Tenía pruebas de mi testimonio pero apenas las miraron.
Mi solicitud fue rechazada, cuando propuse una segunda tentativa me hicieron desistir. Siento que todos tienen por único objetivo expulsar a los migrantes.
Quizás es bueno recordar que en 1939, tras la llegada al poder del dictador Franco, más de 4.000 españoles llegaron a Túnez y, aunque el país estaba bajo colonización francesa, los tunecinos les acogimos como a nuestros hermanos.
En 2019 más de 600 tunecinos llegaron al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla huyendo de la crisis económica, social y política aunque sólo encontraron racismo y maltrato. Algunos se encuentran bloqueados desde hace más de ocho meses mientras el resto de nacionalidades eran transferidas a la península cada semana. Ahora, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, anuncia nuestra expulsión como si nada.
Me gustaría hacer un llamamiento a todas las asociaciones internacionales de Derechos Humanos para que nos ayudéis a defender los derechos de los tunecinos y de los 1.600 prisioneros, 200 de ellos menores, que nos encontramos hacinados en este centro que sólo cuenta con 780 plazas.
Ayudadnos a salir de este infierno en el que vivimos, con el peligro de ser expulsados, con el maltrato de los agentes de seguridad, con  la presión de la administración del centro en un país que dice respetar los Derechos Humanos.
Nuestro único crimen es haber soñado con una vida mejor. Liberadnos, queremos vivir.
Carta ha sido traducida por Natalia Román Morte.

*Mohamed es un nombre ficticio para proteger mi identidad. La administración del CETI amenaza con expulsarnos del centro a quienes compartamos vídeos o demos información a periodistas, lo que supondría quedarnos en la calle sin recursos.