Consumidora pro nobis

El libreto del timo

Si los timos que ocurren en los taxis de Madrid fuesen escenas de una obra teatral, no serían ni por asomo las de un montaje colectivo en el que los actores proponen ideas y añaden frases de su cosecha, sino más bien las del teatro de texto de siempre: un sainete con sus acotaciones y sus personajes estereotipados. Y, ante todo, prohibido saltarse una línea: a los taxistas sisadores, como a todo timador formado en la escuela de pícaros cinematográficos modelo Atraco a las tres o Los que tocan el piano, les molesta que te salgas de tu papel e improvises.

Lo sufrí en mis carnes: la taxista en cuestión, experta en realizar el trayecto más caro posible entre el aeropuerto y cualquier punto de la ciudad, me aclaró, tras indicarle yo dónde quería ir, que ni soñase con ir por el centro, y quiso zanjar la cuestión. Le hice ver que en la pegatina de la ventanilla figuraba entre mis derechos el de elegir itinerario (a falta del derecho a solicitarle al taxista que apague inmediatamente la COPE). Se puso aún más nerviosa y me amenazó con devolverme al aeropuerto de inmediato si no aceptaba el itinerario que me "sugería". Para no liarla más, accedí a ser estafada y ahí comprendí la dinámica de su actitud violenta: ella esperaba de mí una turista japonesa que le mostrase un papelito con el nombre de su hotel y cuyo vocabulario en castellano se limitase a un "por favor" y un "gracias" mal pronunciados. Ese es el personaje apto para que el taxista estafador luzca su talento escénico. Alguien que apela a sus derechos en esa situación, es como un personaje de Bergman metido con calzador en una peli de Tony Leblanc.