Posibilidad de un nido

¿Quién piensa en los niños, en las niñas?

El patio desértico de un colegio de Vitoria. E.P./Garitano
El patio desértico de un colegio de Vitoria. E.P./Garitano

Últimamente me acuerdo demasiado a menudo del título de la estremecedora novela de Simona Vinci: De los niños nada se sabe. Y pienso que los menores de nuestra sociedad están recibiendo una lección acelerada de soledad, miedo y diferencias de clase. Pero ninguna autoridad parece ocuparse de ellos, de ellas, más allá de mandarles un paquetón de deberes diarios, lo cual no responde a los principios en los que se basa, en teoría, nuestra idea de su educación. Será porque los niños y las niñas no trabajan, no producen, no cobran y no pagan. Sus padres y madres, sí, pero eso no tiene nada que ver con su educación, con sus cuidados. En teoría, les estábamos educando en la confianza, en la seguridad, en la igualdad.

Nuestros hijos e hijas se forman en el conocimiento, sí, pero sobre todo se forma en las relaciones entre ellos y ellas, en lo que se da en llamar "socialización". De golpe, se ven encerrados 24 horas al día con sus progenitores, muchos de ellos y ellas viviendo en hogares separados. Descubren, entonces, que sus padres y madres son unas personas medio desconocidas, de la misma manera que nosotras descubrimos facetas suyas que nos sorprenden, reacciones, maneras. Se podría pensar que en vacaciones pasa lo mismo, nada más lejos de la realidad.

Un padre se mesa los cabellos con desesperación porque le ha tocado un ERTE, no hay ingresos y a veces se escapa alguna lágrima. Una madre pasea sombría el pasillo porque su negocio lleva más de dos semanas cerrado y no sabe cuándo volverá a abrir, no hay ingresos y a veces se escapa alguna lágrima. O la presencia ausente de quien podría estar atendiéndole, pero debe pasar ocho horas delante de un ordenador. Permanece ahí, a su lado, al alcance de la mano, pero le responde con la tensión propia de quien es interrumpido en su trabajo. La abuela está sola en casa, atemorizada por la posibilidad de un contagio, que a su vez mantiene a su padre o a su madre en tensión. La crispación propia de la falta de recursos. El miedo y el confinamiento.

La infancia y la adolescencia son época de frutos aún verdes pero tiernísimos. Y de repente están solos, encerrados en un círculo familiar de tristeza, crispación, miedo y soledad. Sobre todo, soledad. Encierro. En muchos casos, también violencia.

Eso es lo que ven. Pero la misma gravedad se afila en lo que no ven. No ven a sus amistades, a su grupo de compañeros y compañeras con quienes de verdad comparten sus días, sus actividades, sus ejercicios, su alegría, el patio, el aire libre, el aburrimiento compartido de las clases más tediosas, los triunfos y los fracasos.

La educación que hemos elegido como sociedad se basa justo en lo contrario que ahora, y no se sabe por cuánto tiempo más, están viviendo. Les hemos inculcado la importancia del ejercicio, del aire libre y del compañerismo, del trabajo en equipo y del hogar como lugar de refugio y seguridad. De repente se encuentra exactamente con lo contrario. ¿Cómo comprenderlo? ¿Cómo asimilar que tus progenitores actúan haciendo e imponiendo justo lo contrario de lo que llevan años repitiéndoles que es lo adecuado, lo que "hay que hacer"?

Lección "de clase"

A todo lo anterior hay que sumarle la exigencia de que cumplan algo parecido a un horario laboral durante el cual estudiar y cumplir con los deberes diarios que llegan desde sus colegios. Estudios y deberes que nadie les ha explicado. La frustración que les supone no solo es evidente, sino que en muchas ocasiones crispa todavía más la convivencia familiar y genera una (en el mejor de los casos) ligera violencia que va espesando el ambiente, llenándolo de polvo de vidrio. Y pican los ojos.

En un porcentaje no pequeño de los hogares españoles, los adultos no tienen los conocimientos necesarios para ayudar a sus hijos e hijas en los estudios que llegan a casa lanzados desde un espacio donde la ausencia de atención rebota como el eco. Una raíz cuadrada, el aparato circulatorio, el cálculo de ángulos, qué sé yo, las derivadas o sencillamente las divisiones con decimales y la métrica de la poesía del Siglo de Oro.

Otras familias, residen en hogares tan pequeños, incluso en habitaciones realquiladas, que sería un milagro encontrar un hueco en el que los críos pudieran extender a la vez un cuaderno y un libro. Sucede también que la familia ya no puede pagar las comunicaciones digitales, que no tienen WiFi, que no necesitan hacer el esfuerzo de cumplir con los deberes porque ni siquiera los reciben. En otros muchos hogares, el tono de clausura dramática y depresión no ayudan a la concentración de los escolares.

Ah, pero hay algunas familias en las que no sucede nada de lo anterior. Algunas que incluso tienen jardines donde jugar, amplios cuartos de estudio soleados, profesores particulares contratados online para guiar a los menores. En esos hogares los padres, las madres, no se mesan los cabellos, no se desesperan y si se les escapa alguna lágrima es de risa.

Cuando las alumnas, los alumnos, retomen sus clases, quién sabe la fecha, serán otros y habrán recibido una lección que no les tocaba. Asignaturas de soledad, encierro, desesperación familiar, pobreza, miedo. Y también habrán aprendido que tanto en la enfermedad como en la educación aún hay clases.

La cuestión es por qué la única preocupación de las autoridades que tiene que ver con ellos consiste en trufarlos de tareas que engordan su soledad y su frustración. Por qué, al contrario que en el resto de ámbitos de la economía y la sociedad, nadie se ha parado a pensar en soluciones imaginativas y efectivas para que esto no sea así. Aunque fracasaran una y otra vez, merecería la pena haberlo hecho.