Posibilidad de un nido

Sobre mi aversión al ‘Resistiré’

Gente aplaudiendo desde las ventanas y balcones de sus casas, en agradecimiento al personal sanitario ante la crisis de contagios por el coronavirus. REUTERS/Sergio Perez
Gente aplaudiendo desde las ventanas y balcones de sus casas, en agradecimiento al personal sanitario ante la crisis de contagios por el coronavirus. REUTERS/Sergio Perez

Estos últimos días ha llovido y el tiptoptip de las gotas contra el silencio de la ciudad ha convertido Madrid en un pueblo grande. Yo nunca he tenido "mi pueblo", como sí les sucede a muchas personas que viajan en vacaciones a la tierra de sus abuelos. Sin embargo, al caer la noche, me ha envuelto una sensación de principios de verano, cuando las calles del pueblo se vacían y un fresco húmedo se posa sobre la piedra, el chal, el recogerse. Se trata de una forma de habitar el mundo, y también de habitar la vida.

Y con la vida, inmediatamente se me han impuesto los días que vivimos habitualmente. No ahora, en este confinamiento, sino en nuestra cotidianía. La prisa, los desplazamientos frenéticos, los encierros en lugares poco amables, poco humanos, el ruido y el veneno que convierten el tráfico constante en una agresión de la que ya ni conscientes somos. Y los pagos, siempre los pagos. Pagamos por el agua, por la luz, pagamos por el calor y por el frío, pagamos por respirar y por cobijarnos. Hasta tal punto pagamos que hemos asumido la necesidad de "ganarse la vida", como si la vida fuera un objeto de consumo. Vivimos para pagar, tan ahogados, que finalmente pagamos más que vivimos, o no vivimos en absoluto. Todo cuesta demasiado y vivir no debería resultar tan difícil.

Oigo cada día en todas partes la canción Resistiré, ese mantra, y me pregunto qué resistimos. No ahora, en este estado de emergencia, sino qué resistimos habitualmente. La idea de que ahora "resistimos" evidencia su reverso, o sea que el resto del tiempo que hemos vivido y viviremos, nuestros días "normales, no tiene que ver con resistir. Nada más lejos de la realidad. Los que no resisten normalmente, aquellos cuya existencia no supone un esfuerzo por "ganarse la vida" agarrándonos con uñas y dientes a un magro sustento, los que no resisten porque lo tienen todo ganado, regalado, robado, son los mismos que no lo hacen ahora.

De ahí mi aversión al Resistiré  que los bienintencionados entonan ahora como celebración tribal. Siempre resistimos. No ahora. Todos y cada uno de los días, ese tiempo en el que no estamos "confinados". Nos pasamos la vida resistiendo una organización económica –todas lo son–, y por lo tanto social, que ha acabado por convencernos de que la realidad es sencillamente un retrato de lo injusto.

No se me entienda mal: es estupendo cantar todas a una; es estupendo (y en casa nos sumamos cada día) salir a aplaudir a las ventanas; es estupendo, qué duda cabe, el elogio de la solidaridad. Pero me pregunto si todos esos bonitos gestos no están tejiendo una cortina espesa detrás de la que agoniza esta imprevista posibilidad de pararnos, de pararnos y mirar de frente a lo que somos, lo que hacemos y aquello en lo que cotidianamente, en esa otra vida en teoría sin confinamientos, participamos. Porque el injusto y brutal sistema en el que, esta vez sí, resistimos, nos ganamos la vida, no existiría sin nuestra participación.

En fin, que quizás además de ese bienintencionado Resistiré, podríamos aprovechar también este parón para entonar un Cambiaré.