Posibilidad de un nido

¿Vamos a quedarnos paradas frente a lo de Juana?

Imagen de Juana Rivas.- EFE

A ver, chicas, mujeres, hembras, dizque feminazis: ¿Vamos a quedarnos paradas? ¿Vamos a dejar que metan a una madre en prisión por defender a sus hijos de los abusos del padre?

Esto es agotador. No voy a enumerar los informes y datos sobre el maltrato del hombre llamado Francesco Arcuri a su mujer Juana Rivas y a sus hijos porque puede usted buscarlos en internet. Ahora. ¡Ya! ¿Los está buscando? Y si no, ¿por qué no lo está haciendo? Se multiplican los documentos. Esto no es un reportaje más. ¿De qué sirven? Estoy cansada de hablar sobre los datos de esta tropelía que, tomando impulso en un momento mediático, ya es solo tortura.

El 16 de octubre ¡de 2017! publiqué en este medio y en CTXT este texto donde detallaba la brutalidad y el desamparo sufrido por Juana Rivas. Hoy, cuatro años después (y aquí cuatro años son una vida), he llamado a mi abogado de confianza. Su respuesta ha sido: "Demuéstramelo". Después he llorado un poco. Solo un poco. No nos podemos permitir llorar más que eso.

Hace solo 15 días publiqué aquí mismo un artículo titulado La sensata desobediencia de las madres. La pregunta básica era la siguiente: si el padre de tu hijo o tu hija abusa de ellos sexualmente y una jueza ordena que siga encontrándose con él, ¿qué haces? ¿Obedeces? ¿Te desplazas hasta el lugar donde habita el agresor y, acatando una orden, dejas ahí a tu hija, a tu hijo?

En aquel escrito ponía otros ejemplos (entrenadores, sacerdotes…), pero hoy quiero centrarme en la figura del padre, porque ahí madura la semilla del dolor. No creo que nadie en la judicatura obligara a progenitor alguno a entregar a su hijo o hija a un entrenador sospechoso o acusado de abuso sexual. Si alguien conoce algún caso, le invito a rebatirme. Admito que en el caso de los curas y monjas ha sido históricamente brutal, pero en este momento me permito dudarlo. Un poco.

Ahora voy a plantear algo con lo que cerraba ese artículo, pero daré un paso más.

En aquel caso, concluía que ninguna madre ni padre dejaría a sus criaturas en manos de alguien de quien que supieran o siquiera sospecharan que abusa de ellas. Es de cajón. De eso tratan maternidad y paternidad.

Ah, pero de eso trata también nuestra sociedad, así, a lo bestia.

Este jueves hemos leído en este mismo periódico dos noticias brutales, dos noticias que no son noticias sino la forma en la que ordenar palabras y acontecimientos retrata eso que nosotras conocemos:

ACONTECIMIENTO 1: El magistrado de nombre Manuel Piñar, defensor de las llamadas "denuncias falsas" ha decretado que metan inmediatamente en la cárcel a Juana Rivas, la mujer que escondió a sus hijos para que no volvieran con su padre maltratador.

Noticia de Público

ACONTECIMIENTO 2: Un grupo de madres, en representación de otras muchas, han llevado a la ONU el desamparo que sufren en España tras denunciar que los padres de sus hijos e hijas abusan de las criaturas.

Noticia de Público firmada por Marisa Kohan

En el artículo anterior, me permitía argumentar que quienes ejercen la responsabilidad, normalmente madres y padres, sobre la integridad y el respeto de sus criaturas deben desobedecer cualquier orden judicial que les obligue a dejarlas en manos de sus agresores. Ya, un planteamiento inasumible. Ahora voy más allá.

¿Qué somos? ¿Por qué una sociedad permite que un sistema judicial restringe nuestra responsabilidad en tanto que progenitores, o sea garantes del amparo y la seguridad y la salud de nuestros vástagos, cuando son víctimas de abusos? ¿Por qué un llamado "sistema" puede imponérnoslo? ¿Por qué no amparamos a aquellas que se niegan a dejar a sus hijas e hijos en manos de sus violadores? ¿Por qué no salimos a las calles a gritar que también son nuestras hijas, nuestros hijos?

Si algo he aprendido como madre es que mi hijo y mi hija no son "míos", no son una propiedad. Reciben experiencias, saberes, conocimientos de muchas otras fuentes a las que seguramente yo no tengo alcance. Dichas fuentes pueden resultarme extrañas e incluso contrarias a mi modo de ser, pero no son mías, son de él, de ella. Sin embargo, nuestro amparo como sociedad en cuanto a salud, educación, higiene, alimentación y protección de su cuerpo deberían resultar incontrovertibles.

Ya no es que proponga que una individua deba desobedecer la orden judicial de dejar a sus hijos en manos del maltratador, según sentencia judicial. Es que me pregunto por qué como sociedad, y sobre todo como mujeres, no ejercemos nuestro derecho a la desobediencia.

A ver, chicas, mujeres, hembras, dizque feminazis: ¿Vamos a quedarnos paradas?