Posibilidad de un nido

Mirad por la ventanilla

Un campo de Maranchón (Guadalajara) cubierto de nieve. EUROPA PRESS/Óscar Gil

Subo en el tren de larga distancia, tomo asiento, apago las máquinas que cargo conmigo. Todo el mundo carga máquinas. No cargar máquinas resulta inconcebible. Nadie mira por la ventanilla. Decido hacerlo. Decido viajar como antiguamente, mirando el paisaje pasar. Descubro el paisaje. Quiero ser el paisaje, formar parte. Quiero un tiempo que sea mío.

Los campos lucen esos colores que huelen a invierno y a infancia. El invierno tiene un deje de aroma a juguete nuevo y guantes de lana. Se me echan encima los primeros viajes sola en autobús camino de Barcelona en mis años universitarios. Entonces no cargábamos máquinas, el tiempo me pertenecía como el vaho en el cristal donde trazar las iniciales de algún nombre que olvidé. Una niebla sin peso besa la tierra marrón y gris, piedra desarbolada, toda una vida de inviernos y nieblas, las edades, la poesía de Machado.

A lo lejos, se suceden montes pelados y borrosos. De vez en cuando, pasa un bosquecillo, minúsculos grupos vegetales. Querría saber los nombres de los árboles, poder llamarlos encina, abedul, olmo, álamo. No sé nombrar las plantas ni los árboles pero pienso que tengo el corazón como la corteza de aquellos que ahora conservan sus hojas. Mi corazón, una corteza. Las cosas perennes. ¿Es distinta la corteza de las cosas perennes?

Desde la ventanilla del tren de alta velocidad, cualquier alta velocidad, el cielo se ve completamente blanco. Cuando era pequeña decían que iba a nevar si el cielo se ponía de color rosa. Sin máquinas, media hora de ventanilla y acceso a la meseta se convierte en un regreso a los adentros. ¿Cuánto tiempo vivimos hacia afuera? ¿Todo el tiempo?

Dejamos a la derecha un poblacho blanco retrepado en un risco. No es zona de casas blancas. Ni tiempo. Las casas blancas son para el verano. Después, otro algo mayor y una gasolinera, una nave industrial viuda, un camión. Entonces aparecen las carreteras secundarias. Me acuerdo de los restaurantes de la carretera general. Así la llamábamos. La General. Había matrimonios, mujeres en la cocina, columpios de hierro con óxido y capitas de pintura seca
que se te podía meter en una uña. Teníamos miedo a la antitetánica.

Con las secundarias, la tierra más naranja, nos cruzamos con una fábrica de azulejos, y con otra más. La palabra azulejo tampoco pertenece al tiempo sin tiempo de las máquinas. Sí en cambio esos molinos blancos vacíos de gigante. La Literatura era esto, estaba aquí también. Y mi tiempo. El tiempo. La corteza de mi corazón anhela el musgo. No la velocidad, el musgo. No la máquina, sino la herrumbre de los balancines. Ya cerca de la capital, toco el teléfono móvil y me eriza un golpe de ansiedad. Era esto. Mirad por la ventanilla.