Cuarto y mitad

Adoctrinamiento y coeducación

La escuela siempre ha tenido un componente de adoctrinamiento. Desde el ángulo con el que se explican los hechos históricos que más beneficia a nuestro bando, pasando por el enaltecimiento de la propia tradición cultural o validando los valores propios en detrimento de los de los demás. Es así como se forja la idea de superioridad de un pueblo o nación frente a los otros. Es un adoctrinamiento en el que participa y es aceptado por toda la población. Sutil si se quiere e inevitable, pero adoctrinamiento, a fin de cuentas.

Hay otro tipo de adoctrinamiento más burdo, y es el que trata de imponer a toda la sociedad ideas, creencias o conceptos que solo afecta a una parte de la población. El adoctrinamiento puede ser religioso o laico, progresista o conservador. Ahora se habla de impartir formación sexo-afectiva en las escuelas (tema siempre conflictivo, porque a saber qué y quien lo imparte ) o de educar en la diversidad de género,  que es una manera de partir de la idea de que existe la infancia trans.

El tema no es baladí, pues efectivamente, la escuela no puede ser un instrumento a disposición de cualquiera que quiera fomentar su particular visión del mundo, sus fobias y filias, sus preferencias ideológicas, su interpretación de la realidad, su concepto de lo que debe ser la vida en sociedad si este va en contra de la lógica y la racionalidad.

Los conocimientos que se transmiten en la escuela nunca son neutros, pero eso no quiere decir que se pueda fomentar cualquier idea, ya estén periclitadas o sean de rabiosa actualidad. La escuela no debe ser el laboratorio donde se utilice a las criaturas como conejillos de indias para validar los postulados de diferentes grupos de presión que quieran extender su influencia social. Especialmente preocupante son los protocolos que han puesto en circulación algunas instituciones, como por ejemplo el de la Consejería de Educación de la Junta de Galicia, que defiende que la identidad de género es  el sentimiento íntimo de ser hombre o mujer independientemente de los genitales, que reside en el cerebro, que se forma hacia los 3 o 4 años y que es irreversible e invariable; defiende que el cerebro es un órgano sexuado innato, y recopila toda una serie de "indicios" para detectar si se está ante un posible caso de transexualidad infantil: gestos, juegos, actividades, etc.

No es el único ejemplo, pues prácticamente en todas las comunidades autónomas se extiende el afán por adoctrinar sobre identidad de género, que sin saber muy bien cómo ni en qué fundamentos científicos se basa, lo inunda todo como si hubiesen encontrado la piedra filosofal. Una cosa es el adoctrinamiento, y otra la coeducación.

La coeducación debe basarse en el principio de igualdad y ser crítica, racional, que no constriña las potencialidades por razón de sexo, etnia o procedencia social. Una educación rigurosa, que no contradiga la evidencia científica ni el principio de realidad. Una educación que no limite ni cuestione los comportamientos de niños y niñas ni busque identificar si se acomodan o no a los roles sexistas y estereotipados que el patriarcado ha establecido desde tiempo inmemorial. Una educación no androcéntrica, que estimule el pensamiento crítico y la creatividad. Una educación que conduzca a las criaturas a ser el día de mañana hombres y mujeres que se relacionen en igualdad, que sepan pensar por sí mismos y afrontar los múltiples desafíos que con toda seguridad deberán arrostrar.

Esta coeducación por la que abogo está lejos de los intereses espurios de todo tipo de grupos o partidos políticos, unos disfrazados de antiguos y otros de modernos (no hay más que ver la vergonzosa diatriba del niño que era niña porque quería disfrazarse de hada del representante de Compromís) que tienen en común más de lo que quisieran, unos porque desearían que nada cambiase, y otros porque, como sostenía Lampedusa, quieren que todo cambie para que todo siga igual.