Opinion · Posos de anarquía

Adidas y Hugo Boss queman 90.000 esperanzas

Los productos que comúnmente llamamos “de marca” juegan con la exclusividad; es parte de su marketing. El mensaje es claro: “somos caros porque ésto no lo puede tener la chusma”. Ni siquiera hablo de los productos de lujo, sino de marcas de ropa que no están al alcance de cualquiera y que, como las personas somos tan rematadamente estúpidas, las compramos pretendiendo destacar por nuestro envoltorio en lugar de por nuestro interior.

La llegada de Internet y el desproporcionado crecimiento que ha tenido en España el consumo de smartphones son, por un lado, una demostración de lo que digo y, por otro, una amenaza para esta exclusividad. Y digo una amenaza porque entorno a las aplicaciones móviles han ido surgiendo proyectos en los que mediante compras grupales se democratizan estas marcas exclusivas. La consencuencia de este fenómeno es que esas marcas tratan de cuidar aún con más celo su imagen de exclusividad… a toda costa.

Por eso, cuando hoy he leído que los compañeros de Iniciativa Debate informaban de lo sucedido en Galicia no me ha sorprendio, aunque no por ello haya dejado de provocarme naúseas. Según explican los compañeros, las autoridades se han incautado de 110.000 prendas falsificadas en el puerto de Vigo. Como productos falsificados que son, es comprensible que se evite su reentrada en el circuito comercial pero dado que ya han sido producidas, ¿por qué no aprovecharlas?

Eso es lo que pensaron diversas ONG, poniendo el acento en los colectivos desfavorecidos que, como sabemos, en España nos sobran… porque aunque Rajoy esté convencido de que el crecimiento de España sorprende en Europa, lo cierto es que ninguna ONG, ni Oxfam, ni Cáritas, ni Unicef han presentado un solo indicador de mejora social, es más, cada vez que publican un informe se hace más patente el incremento de la pobraza crónica.

¿Por qué no destinar esas prendas a los millones de familias que tenemos en España por debajo de ese umbral de la pobreza? Se lo diré yo: porque ni la Fiscalía, ni Hugo Boss, Bikkembergs o Adidas lo quieren. Prefieren, sencillamente, quemar 90.000 prendas en una incineradora. Su justificación es que, cuando han destinado prendas a fines benéficios, como el Sáhara por ejemplo, éstas nunca han llegado a su destino y han terminado en los circuitos comerciales enriqueciendo a las mafias.

Lo primero que me viene a la cabeza, ingenuo de mi, es que lo que habría que hacer es endurecer los controles para que no suceda eso, para sacar de una vez por todas a las mafias que se aprovechan de la pobreza. Sin embargo, es más sencillo matar moscas a cañonazos y, si la metralla alcanza a alguna de las 13 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social (OJO: según datos del INE) pues qué más da… al menos, según el manual de Hugo Boss, Adidas y compañía.

Lo más triste no es que las compañías no duden en comerciar con el bienestar de las personas para mejorar sus cuentas de resultados; qué no harán en sus procesos de producción. Recomiendo la lectura de El libro negro de las marcas: el lado oscuro de las empresas globales (2012), en la que los periodistas de investigación austríacos Klaus Werner y Hans Weiss relatan cómo niños salvadoreños menores de edad cosían una media de 80 camisetas por hora por un sueldo de 10 euros diarios para Adidas, que según los periodistas no permitía el acceso de organismos de control independientes para evaluar las condiciones laborales.

Lo más triste, decía, es que las mismas autoridades hayan perdido el norte, que estén tan contaminadas por este sucio capitalismo que antepongan las relaciones comerciales a las personas. Eso es lo grave, eso es lo que es una auténtica máquina generadora de anti-sistemas como yo. Este sistema en el que pretenden hacernos vivir no es bueno, es dañino, depredador, carroñero y, en última instancia, autodestructivo. Como ya escribí hace mucho tiempo, nuestros gobernantes están consiguiendo que lo legal no sea lo correcto y, de ser así, se adentrarán en una senda que ya les garantizo que no quieren recorrer. Ni se imaginan. Ojalá hagan lo correcto con las 20.000 prendas que aún no han quemado.