Opinion · Posos de anarquía

El caso Valtònyc y la España de corona y crucifijo

El rapero Valtònyc a su llegada los juzgados de Gante (Bruselas).- EFE

La justicia belga no extraditará a Valtònyc… al menos por ahora, pues cabe recurso de la fiscalía. Una vez más, Europa le saca los colores a nuestro Estado, que en ciertas cuestiones sigue rigiéndose por un Código Penal pretérito que no consigue sacudirse el ultraconservadurismo, el mismo que nos impide ser una democracia moderna.

Resolución del juez belga: Ni enaltecimiento del terrorismo, ni injurias a la corona ni amenazas… sólo libertad de expresión, algo que en España cada vez cuesta más disfrutar, a pesar de ser un derecho humano fundamental. ¿Cómo hemos conseguido involucionar de este modo?

Salimos de una dictadura atroz y todo hacía indicar que el margen de mejora era extraordinario. Sin embargo, tras unos años de mejoría alcanzamos un punto de inflexión a manos del Gobierno del Partido Popular (PP) y las libertades conquistadas se fueron por el retrete de la Transición. Quienes somos duros con aquella etapa nos recriminan que se hizo lo que mejor que se pudo dadas las circunstancias. ¿Saben qué sucede? Que aun comprando esa versión de los hechos -que, por supuesto, no compro-, lo que tengo claro es que después se ha hecho todo lo peor que se podía… porque la fosa séptica de ese retrete de la Transición rebosa mierda para dar y tomar. Disculpen la crudeza del lenguaje.

Iglesia y Corona siguen inviolables en un democracia que se dice moderna. Símbolos como la bandera, que para muchas personas recuerda a esa España en blanco y negro porque la derecha más rancia se ha apropiado de ella, son intocables. No deja de ser curioso que en un país como EEUU, que tiene un sentido del patriotismo mucho más arraigado y profundo que el nuestro, sea posible quemar una bandera de barras y estrellas amparándose en la Primera Enmienda y en España no se pueda ni pitar al rey en una final de fútbol.

Humoristas como Tip y Coll deben estar revolviéndose en sus tumbas viendo cómo hoy darían con sus huesos en la cárcel por chistes que contaron en sus años dorados. Sentencias como las sufridas por Pablo Hasel, César Strawberry o Valtònic son un insulto a la inteligencia más básica y un atentado a la democracia moderna. ¿Cuántas veces más habrá que recurrir a la justicia europea para que la española sea realmente justa? ¿Cuántos legisladores habrán de pasar por el poder para que España entierre sus complejos, cuelgue sus hábitos y mande la corona al carajo?

Que hay dos Españas es más que evidente. Quien lo niegue o está ciego o se autoengaña. Esa no es la mala noticia: la peor es que la derecha ultraconservadora es menos tolerante que la izquierda, que esa otra parte más progresista que, igual que encaja con estoicismo el desfile de crucifijos, banderolas y ‘viva el rey’ quiere poder gritar en libertad ¡me cago en dios! y ¡me cago en la monarquía! Mientras no nos dejen gritarlo a los cuatro vientos, no hablaremos de democracia moderna.