Opinion · Posos de anarquía

De descubrir la Gürtel a liderar la Púnica

Esperanza Aguirre cuando anunció su dimisión por la Operación Lezo. EFE/Kiko Huesca

La imputación de Esperanza Aguirre no ha causado gran sorpresa, ni siquiera en las filas del Partido Popular (PP). 15 años de de gobiernos del PP en Madrid bajo sospecha, con claros indicios según el auto judicial de una corrupción endémica que hundió a la democracia en la más inmunda de las ciénagas, repleta de ranas. Ese es el escenario que ha de gestionar Pablo Casado, cuyo idea más original para el argumentario ha sido recurrir al socorrido «eso es el pasado».

Esperanza Aguirre ha ido sobreviviendo al cerco de la Púnica y el resto de las tramas corruptas con las que la Justicia ha ido condenando a buena parte de sus subordinados. El goteo de condenas iba situándola cada vez más entre la espada y la pared, al tiempo que ella transformaba a gente que en otro tiempo fue de su confianza en «fichajes que me han salido rana». El problema es que ella es otra rana.

Relata un antiguo cuento sufí cómo un grupo de ranas iba por el bosque cuando de pronto dos de ellas cayeron a un pozo. Tal era la profundidad del hoyo, que las ranas que permanecían en la superficie les dieron por muertas. Las ranas del fondo eran Aguirre y el resto de la cúpula del PP regional de Madrid. Una de las ranas comenzó a saltar desesperadamente, intentando alcanzar el borde del pozo, mientras las otras ranas le gritaban que lo dejara, que estaba muerta. Murió. Quedaba Aguirre, que comenzó a saltar con todas sus fuerzas. Sus compañeras, desde la superficie, gritaban que desistiera, que su destino sería igual de fatal que el de la otra… pero salió, y cuando le preguntaron cómo lo había conseguido, a pesar de las palabras de desaliento, la rana Aguirre contestó: «porque soy sorda, pensaba que me estábais animando».

Esa es Aguirre, la mujer que dijo haber descubierto la trama Gürtel y que hoy es señalada por la Justicia como la ideóloga de la Púnica. La mujer con la que los miembros del PP que otrora buscaban su abrigo hoy ni siquiera la tocan con un palo y ante lo cual ella ha conseguido sobrevivir haciendo oídos sordos. La rana a la que la Audiencia Nacional ha dado caza, imputándola por lo que ella siempre dijo que jamás sería imputada: por corrupción.

La respuesta del PP actual es que Aguirre forma parte del pasado; de ese pasado selectivo que sólo rememora lo que interesa, que diseña recuerdos a medida y, al hacerlo, los falsea tanto como sus cuentas. El problema es que Aguirre es presente y mucho. Ella es la mentora y protectora de la espina dorsal del PP madrileño, salpicando incluso a Pablo Casado, que si bien es producto de Aznar, fue también uno de los protegidos de Aguirre cuando tendía los tentáculos de la Púnica.

Díaz Ayuso y Almeida son presente y bebieron de las aguas infectas de Aguirre. Tan presente es Aguirre que, incluso, es futuro, pues la misma presidenta de las Nuevas Generaciones (NNGG) del PP, Ana Isabel Pérez se ha moldeado con las trazas de Aguirre, admirándola a ella y a la malograda Cristina Cifuentes. Incluso Santiago Abascal, líder de Vox y máximo exponente de las mamandurrias de Aguirre, lleva su impronta grabada en la frente.

La imputación de la lideresa es otra prueba más del ADN fraudulento del PP, de las trampas que ha hecho a la ciudadanía, de la metástasis de corrupción que se extiende por los cuatro costados y que debería convertir al partido en un cadáver andante en cualquier democracia madura… a menos que los tumores hayan alcanzado también a ésta.