Opinion · Posos de anarquía

¿Reforzó el debate la abstención?

Los candidatos antes del deabate. REUTERS/Susana Vera

Los debates electorales acostumbran a recudir el número de personas indecisas, bien en cuanto a qué partido votar o, incluso, a si votar o no. El de ayer, en cambio, siembra dudas acerca de si consiguió cumplir con su cometido, puesto que los candidatos tiraron del argumentario más básico, intentando encajarlo sin respetar los bloques temáticos y confundiendo interrumpir con debatir.

Nuestra democracia es parlamentaria, lo que necesariamente implica parlamentar o, lo que es lo mismo, conversar para ajustar la paz y zanjar diferencias. Lo visto anoche entre los cinco candidatos con mayor peso en el Congreso dice poco en favor de este parlamento. No existe tal cosa, puesto que los líderes de los partidos creyeron que intercalar aspavientos e interrupciones para pisar al contrario era debatir; nada más lejos de la realidad. Más allá del minuto de oro, el último bloque temático, dedicado a la política internacional, fue un buen ejemplo de cómo cada candidato iba a lo suyo, rellenando las intervenciones con un cajón de sastre que prácticamente ni rozó asuntos como el Brexit o la guerra arancelaria.

Con la excepción de momentos muy puntuales, el debate únicamente resultó útil para todas aquellas personas que se ahorran la ración informativa diaria y no han seguido la precampaña y la campaña. En suma, fue un resumen que podría hacer extensivo a lo que sucede habitualmente en el Congreso, cada vez menos parlamento.

Como era previsible, Catalunya ocupó buena parte del debate, arrancando con el bloque temático de la cohesión territorial. Sólo Pablo Iglesias (UP) habló con solvencia de la España vaciada, mientras el resto de candidatos reducía España a Catalunya… en el caso de Albert Rivera, tan exaltado como en el último debate del pasado mes de abril, usaría el comodín catalán para la economía, el empleo, el bienestar…

Quienes se aferran a la abstención dominados por la decepción que les supone la repetición electoral, tenían que superar la barrera del hartazgo para encender anoche el televisor. En los casos -que seguramente hubo muchos que no- en que sucedió esto, lo cierto es que no se detectaron las bases para evitar lo que desencadenó una nueva cita a las urnas.

Visto el desencuentro entre los partidos, la ausencia de parlamento, nadie puede ser optimista al pensar en un posible desbloqueo, especialmente por la izquierda. Un Pablo Iglesias bipolar tan pronto se acercaba a Pedro Sánchez (PSOE) para pactar como recurría a los reproches, mientras el socialista lo mantenía a raya. Por su parte, Rivera situaba al bipartidismo y, con ello, al PP, como diana de sus ataques mientras Pablo Casado (PP), tras intentar aunar fuerzas contra Sánchez, bajaba al barro con el líder naranja.

Santiago Abascal (Vox), por su parte, estuvo como en una isla, soltando sus barbaridades en un tono moderado que no por ello las hacen menos barbaridades. Atacó a la igualdad, a la migración -criminalizándola-, a la Memoria Histórica… con pocas réplicas por parte de sus adversarios, que parecían conjurados en no dar más alas al discurso de la extrema-derecha, aunque PP y Cs no dudarán en abrazarlo para conformar gobierno si es necesario.

El líder de extrema-derecha dio muestras de lo vacío de su programa económico, reduciendo sus medidas a la supresión del Estado de las Autonomías… lo que no indicó Abascal -quizás porque ni siquiera lo sabe- es que para hacer lo que reclama es preciso reformar la Constitución, ese sacrosanto documento que vanagloria tanto como pisotea.

En suma, no queda en absoluto clara la utilidad del debate de anoche, más allá de asentar: desde la óptica de los candidatos, seguramente pensarán que fijaron aún más sus mensajes y su posición como mejor altarnativa; desde la óptica de la abstención, que el gallinero en que se ha convertido el Congreso no mejorará porque acuda a las urnas aunque, con una derecha retrógrada al acecho, sí es suceptible de empeorar.