Posos de anarquía

Vox va de farol

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, y el líder de Vox, Santiago Abascal. - EFE

Vox ha dado por rotas sus relaciones con el PP. El mesianismo pueril que mantiene el partido de extrema-derecha con Santiago Abascal ha terminado por hacerle insoportable que en Ceuta se plasme en papel lo que es un clamor popular en buena parte de España: Abascal es 'persona non grata', especialmente si actúa como habitualmente hace: crispando, dividiendo y sembrando odio en la sociedad.

A falta de las ganas de trabajar y un programa elaborado de gestión, la sobreactuación es la baza que siempre ha jugado Vox para romper su ineptitud. En Ceuta bien lo saben, acostumbrados a los exabruptos ridículos del diputado Carlos Verdejo (Vox), que escupe su odio, su racismo y xenofobia contra las personas musulmanas, a pesar de vivir en una ciudad en la que más del 40% de la población lo es. Son ya incontables las veces que la concejala y portavoz del Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía, Fátima Hamed Hossain, lo ha puesto en su sitio, le ha sacado los colores y ha terminado por evidenciar su baja talla política y humana.

La hipocresía, el cinismo y la estulticia de Verdejo alcanza cotas inimaginables si, además, consideramos que es profesor de un instituto en el que el 90% del alumnado es musulmán: o el odio que destila en la Asamblea ceutí es impostada y parte de la sobreactuación de Vox o debería ser expedientado, sino cesado fulminantemente, de su trabajo como profesor por poner en riesgo derechos fundamentales de los niños y niñas a su cargo.

La declaración de 'persona non grata' tiene su origen en la visita del líder fascista a Ceuta cuando Marruecos puso en riesgo miles de vidas de marroquíes con el único fin de chantajear a España. En lugar de contribuir a la convivencia, a calmar ánimos, a rebajar la temperatura, Abascal optó por echar más gasolina al fuego, insultando y tachando a los diputados musulmanes -incluidos los del PP- de ser promarroquíes y quintacolumnistas de Mohamed VI.

La historia se repite: Vox se presenta como Don Pelayo en la reconquista, duro, aguerrido y feroz en sus ataques pero, cuando recibe contraataque se vuelve de cristal, cobarde, infantil, acomplejado, suplicando el auxilio de la democracia que ataca cada día. Ha pasado con la imputación que piden por delito de odio contra un diputado de la Asamblea ceutí por apuntar el fascismo de Vox y ahora con su pataleta por la abstención del PP en la votación de 'persona non grata'.

Sin embargo, esta  pataleta no tiene mucho recorrido, porque la retirada de su apoyo al PP en los gobiernos donde tiene influencia, como en los gobiernos autonómicos de Andalucía, Murcia y Madrid o diversos Ayuntamientos, no conviene a ninguno de los dos partidos. En el PP bien lo saben y ayer se evidenció con el modo en que, con Andrea Levy al frente, se acochinó rechazando este tipo de cordones sanitarios... algo muy diferente de lo que han hecho en el pasado con personajes políticos como Cristina Narbona en Murcia o Arnaldo Otegi en Rincón de la Victoria (Málaga) y no políticos, como Willy Toledo en Zaragoza. Caer en la contradicción o, incluso, mostrar cierta sumisión, como es el caso, parecen valerle la pena a los de Pablo Casado, que hace ya demasiado tiempo que vendieron su alma al diablo por amarrar poder.

En cuanto a Vox y pese a ser el mayor riesgo para el PP, continúa sin estar en posición para romper relaciones con el PP porque, precisamente esa relación de presión que mantiene con los populares es lo que más pone en el candelero al partido ultra. Gracias a esa influencia, en regiones como Andalucía ha conseguido imponer sus políticas machistas contra la violencia de género, flirtea con el pin parental en Murcia o carga contra la ley de Memoria Histórica en el Ayuntamiento de Madrid. Su relación con el PP, el chantaje al que lo tiene sometido es lo que le facilita a los de Abascal plasmar en políticas reales sus ocurrencias fascistoides que en nada mejoran las vidas de la ciudadanía pero que sirven para amplificar el ruido.

Sin dichas relaciones, Abascal sabe que los ladridos de sus secuaces se terminan perdiendo, desaparecen en un eco irrelevante; precisa, pues, de anclar ese ruido con políticas efectivas y eso es imposible hacerlo sin hablarse con el PP. Por este motivo, como ya ha hecho Pablo Casado, Abascal terminará acochinándose, va de farol y  dejará que sean sus subordinados quienes vayan retomando el trato con el PP para no dañar su imagen de duro legionario con dos tallas menos de chaqueta. Pero acochinado, al fin y al cabo. Al tiempo.