Opinion · Punto de Fisión

Batman contra el 15-M

Es imposible no aplaudir cuando, en mitad de la última entrega de Batman, el villano Bane toma el edificio de la Bolsa junto a cuatro o cinco terroristas y le pega una hostia a un broker que casi le arranca la cabeza. Otro listillo con corbata pregunta de qué van, si en la Bolsa no hay ningún dinero que robar, y Bane responde con el mejor chiste de la película: «No me jodas. Entonces, ¿qué hacéis aquí todo el día?»

He de decir que, a pesar de ser poco más que una olla de músculos, Bane me cae muy bien y no sólo por su forma de rebajar la prima de riesgo a guantadas. Tal vez sea por la admiración instintiva que siento ante un malvado cuando está hecho de una pieza, tal vez por la simpatía que me despierta el anarquismo, único credo político que podría tolerar de no ser por las reservas de Groucho. Al igual que aquel marxista único, yo tampoco pertenecería jamás a ningún club que me aceptara como miembro, no digamos ya de presidente.

Es curioso que Nolan, a través de un tenebroso espectáculo palomitero de más de dos horas y media, nos haya legado una de las pocas reflexiones políticas que ha parido el cine contemporáneo. En un audaz golpe de mano, el infame Bane salpimenta toda la ciudad de explosiones que quiebran rascacielos y puentes antes de entregarle el poder al pueblo. «Ciudadanos de Gotham», proclama con la voz desfigurada tras la máscara, «ahora sois libres». La reflexión no va mucho más allá pero basta ese espejismo de libertad para acojonar a cualquiera. Todos los demás recursos argumentales (la pura fuerza bruta, las fuerzas de policía enclaustradas en las alcantarillas, la cuenta atrás inserta en el mecanismo de una bomba atómica) están más vistos que el tebeo y además sobran.

¿Qué hace el pueblo de Gotham con el poder? Equivocarse, repetir todos los degolladeros que en la historia han sido, desde la revolucionaria guillotina hasta esos oscuros tribunales populares donde los reos están condenados de antemano y el desquite usurpa el sitio a la justicia. No es de extrañar que, alertado por la publicidad de la película, más de un descerebrado haya elegido la misma sala de proyección para dar rienda suelta a sus demonios.

La matanza de Denver ha encendido un debate múltiple centrado en dos frentes: la proliferación de armas de fuego en la sociedad estadounidense y el culto a la violencia desplegado en las pantallas de cine. Al primero ya respondió Michael Moore en Bowling for Columbine (cuando reveló que en Canadá apenas hay crímenes de ese estilo, a pesar de que los canadienses comparten con sus vecinos del sur la misma afición por las balas) y también unos cuantos homicidas escandinavos que han perpetrado recientemente masacres difícilmente superables.

Al segundo bastaría con señalar que, desde los tiempos de la Ilíada, la Biblia, el Poema del Cid o el Kalevala, no es la ficción quien engendra la violencia sino más bien al contrario. Ese asesino idiota que entró disfrazado de la muerte en un cine de Denver no sólo no se enteró de que el Joker no estaba en el elenco sino que ni siquiera sabía de qué iba la película. La única violencia admisible en la realidad sería ésa con la que sueñan todos los desposeídos de la tierra: entrar en el sancta sanctorum de la Bolsa y hacerlo saltar a hostias.