Punto de Fisión

Leibovitz retrata a Bush

Todavía recuerdo la impresión que me produjo la monumental retrospectiva que dedicaron a Annie Leibovitz en Madrid hace unos años. Yo había visto antes fotografías sueltas de Leibovitz, aquí y allá, en revistas y periódicos, pero verlas todas dispuestas en varias salas, ordenadas por épocas y temáticas, fue una explosión para los ojos, un festín, un descubrimiento. Un fotógrafo excepcional es como un gran pintor: abre ventanas en el mundo. Más allá de la belleza, la originalidad o la potencia visual, Leibovitz consigue casi siempre el objetivo supremo de todo artista: mirar por primera vez donde habíamos mirado mil veces, ver lo que nadie había visto hasta entonces.

Había una fotografía de Sarajevo, casi abstracta en su sencillez y su violencia: una bicicleta tirada en el suelo junto a un cuajarón de sangre. La imagen era en blanco y negro pero reverberaba en tonos ocultos, en sonidos y en tactos. Todavía podía oírse el estrépito de los hierros, palparse la aspereza del asfalto en el lugar donde habían levantado el cuerpo. Y al mismo tiempo, el arco de sangre en el suelo tenía la cualidad de un brochazo, una rúbrica: la firma del asesino que, en una guerra, siempre es nadie.

En su juventud Leibovitz trabajaba como poseída por los demonios de su arte, como si arrancara el alma a sus modelos cada vez que posaban ante la cámara. Consiguió hacer aflorar savia nueva en rostros que habían sido fotografiados mil veces, descubriendo vetas ocultas en viejos iconos de la cultura, la música y la política: William Burroughs, Keith Richards, Mijaíl Gorbachov, Miles Davis. Una portada de Demi Moore en el Vanity Fair, casi de perfil, desnuda y embarazada, sosteniendo el delicado vientre con una mano, dio inesperados matices a los términos femineidad y maternidad. A veces, lograba ridiculizar a sus presas sin que los incautos sospechasen nada, como en la serie de fotos que le hizo a Schwarzenegger, hecho un nudo de músculos o subido a un caballo blanco con ajustados pantalones de monta y un puro en la boca, como si ya fuese Gobernator a lomos de California. En la mejor de todas, logró convencerlo para inmortalizarlo en pose de esquiador, entre montañas resplandecientes, como si Lenni Riefenstahl hubiera vuelto para captar la reencarnación de la raza aria.

En la serie más emocionante e íntima, Leibovitz mostraba la decadencia física y la agonía del amor de su vida, Susan Sontag. Algunos críticos censuraron muy duramente aquellas fotografías por su crudeza, pero la única obscenidad que pude vislumbrar estaba en la ternura, la fatiga y las huellas de la enfermedad: casi todas las cosas que los demás artistas se guardan y se callan.

Tal vez la larga despedida de Susan la preparó para lo que sería una de las cumbres de su carrera: el célebre retrato del gabinete de Bush en diciembre de 2001, poco después del ataque a las Torres Gemelas. Es una composición magistral, el resumen de una época, un óleo del poder absoluto, una pintura al natural del rango de los mejores retratos de Holbein, Goya o Velázquez. Leibovitz los encaró como lo que eran: una banda de gángsters, un grupo de matones revestidos de autoridad, emergiendo entre una ciénaga de trajes oscuros donde la única nota de luz viene de la camisa blanca de Bush, que posa de pie con las manos en los bolsillos del pantalón y adelantando un poco la cintura. "Chupámela" parece decir el presidente de Estados Unidos al mundo, respaldado por sus halcones y lugartenientes, su jefe de gabinete, el director de la CIA, y el sórdido vicepresidente Dick Cheney, que se sujeta una rodilla mientras esgrime una media sonrisa cínica como el que afila un cuchillo. A un lado y al otro, flanqueando a la banda, se alza la mirada fanfarrona de Colin Powell y la avarienta astucia de Donald Rumsfeld, que aún manosea en la mano diestra un dólar transparente. Pero por encima o por debajo de la despiadada crueldad que emana de esta piara de chulos y paletos, corre un aire enfermizo, una fachada de pestilencia, mendacidad y cobardía. Para compensarla –y ahí está el rasgo del auténtico genio– Leibovitz ha colocado en el centro del horror a una mujer brutal, Condoleezza Rice, que es el único macho auténtico entre tanta gallina disfrazada.

 

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