Punto de Fisión

Sangre de toro

Entre espachurrar a lo tonto toneladas de tomates, subir a críos a lomos de una montaña humana por si se despanzurran, arrojar bombonas de butano para ver quién llega más lejos, y matar toros a lanzazos se van pasando las fiestas de pueblo españolas, que son españolas, sí, pero sobre todo de pueblo. Gila se inventó un pueblo bruto donde gastaban bromas como volarle la cabeza al maestro con un barreno o decirle al Eulogio que subiera a tender la ropa a un cable de alta tensión. "Cuando bajó" decía Gila "parecía la ceniza de un puro". "Que no sople nadie hasta que llegue el juez". "Me habéis matado al hijo pero lo que me he reído". Entre las competiciones de los festejos populares descollaban trepar por una cucaña para coger un jamón a punta de navaja y partir un peñasco a cabezazos, que algunos se lanzaban sin tomar carrerilla y otros además sin boina.

Tordesillas es el pueblo de Gila pero sin puta gracia. Un día al año, un montón de neandertales a caballo se dedica a perseguir, martirizar y apuñalar hasta la muerte a un pobre animal para pasmo y regocijo de otro montón de neandertales. He dicho neandertales aunque debería disculparme con tan noble especie, ya que los neandertales eran cazadores auténticos, no una piara de cobardes jugadores de ventaja. Más que con la tauromaquia, la gracia de este acto de barbarie tiene que ver con ese instinto psicópata inoculado en lo más profundo del cromosoma español, el mismo que lleva a un cazador a ahorcar a un galgo por no saber perseguir liebres o a un grupo de chavales a quemar vivo a un perro sólo por pasar el rato. Esa es la razón principal de la fiesta del Toro de la Vega: pasar un buen rato, divertirse a costa del sufrimiento de un mamífero superior, un ser vivo dotado de cerebro, espina dorsal y sistema límbico.

Dotación del sistema nervioso que quizá no podamos asegurar no sólo de los participantes y espectadores de la matanza, sino del propio alcalde socialista, una lumbrera que unos días atrás aseguró que el toro no sufría. Esta alarmante falta de empatía basta por sí sola para explicar cómo es que hay tanto hijoputa suelto por el mundo, tanto violador de niños, tanto asesino sin un dedo de frente. En la literatura criminal es un dato conocido que la inmensa mayoría de los homicidas psicópatas empiezan su carrera torturando pequeñas criaturas –gorriones, perros, gatos– para pasar después a las ligas mayores: jovencitas, ancianas, niños. La fiesta del Toro de la Vega es un terrorífico festival de la psicopatía. 

La guinda en esta plasta de sangre la puso, cómo no, Mariló Montero, filósofa de plasma modelo mariano, que explicó que el placer indefinible (esa humedad en las bragas ante el sufrimiento y muerte de un animal) proviene de un rito ancestral que se pierde en la noche de los siglos. Ya puestos a salvar costumbres ancestrales, digo yo que podríamos resucitar la antigua tradición de arrojar cristianos a la arena de una plaza, por ejemplo, unos cuantos mozos de Tordesillas en igualdad de condiciones ante un toro bravo. Fijo que se cagaban pantalones abajo y que en el pueblo se iban a divertir mucho. También es una suerte para Mariló que se haya perdido esa milenaria tradición de tratar a las mujeres como ganado y recluirlas en la cocina.