Opinion · Punto de Fisión

Peter O´Toole por tierra, mar y aire

Muchos pensábamos que era inmortal, y no lo digo sólo por su leyenda, sino porque cuatro décadas atrás había sobrevivido a una pancreatitis y luego a un cáncer de estómago sin que por ello dejara de empinar el codo con alegría temeraria. Los médicos le advirtieron que podía morir y llegó a dejar la bebida –de hecho, la dejaba varias veces al día– pero siempre se arrepentía a tiempo de regresar a las hadas dulces del whisky sin traicionar su sangre irlandesa. Junto a Richard Burton, Oliver Reed y Richard Harris formó una especie de hígado común de la Commonwealth del que era el último superviviente por alguna especie de milagro o de pacto satánico. Seguramente, cuando vendió su alma al diablo, O’Toole se lo llevó por ahí de copas y este domigo el diablo debió de despertarse en algún antro con un horrible dolor de cabeza, se palpó la ausencia de los cuernos empeñados en el mercado negro y corrió para hacer cumplir el contrato de aquel irlandés cabronazo.

En las tablas y en la pantalla, en bares y en camerinos, en el mar del desierto y en los mares desérticos, llegó a ser muchos hombres pero siempre será Lawrence de Arabia, un papel que lo fascinó hasta la obsesión y del que acabaría arrastrando una especie de nube de polvo que lo seguía a todas partes, a todos los papeles, envuelto en un fleco del simún. Para ser un hombre tan alto (uno noventa y dos en babuchas) desprendía un aire de fragilidad, de flaqueza, que él aprovechó para forjar los titubeos iniciales de Lawrence y la cobardía de Lord Jim, quien finalmente busca la redención a través de un océano de espadas. Tal vez esa falsa fragilidad le venía de su extrema delgadez, del resquebrajado rictus de sus labios o de sus ojos limpios, metálicos, asombrosamente azules, dos de las joyas más puras que hayan brillado jamás delante de una cámara.

En una entrevista magistral, retratado por Gay Talese, O’Toole hablaba con un cariño inexpugnable de su padre, un corredor de apuestas que lo llevaba de niño a las carreras de caballos, y con rencor inextinguible de las puñeteras monjas que lo martirizaban por ser zurdo, obligándole a escribir con la mano derecha. “Mira estas cicatrices” le dijo a Talese, enseñándole la mano izquierda con el meñique deformado y los nudillos marcados por los golpes. Una vez, las muy zorras lo azotaron por dibujar un caballo al que plantó una polla para que orinase como Dios manda. “Yo sólo dibujo lo que veo” se excusaba llorando aquel crío, que, cabezón como buen irlandés, nunca renunció a mirar hasta el fondo el alma de un rey, de un profesor bueno o de un aventurero perdido entre turbantes.

Sus borracheras eran mitológicas pero mucho peores eran sus resacas, de las que despertaba de cualquier forma en cualquier sitio insospechado, y de las que da fe en sus memorias Michael Caine, cuando cuenta que una vez lo acompañó en una curda y al final no sabían ni qué diablos habían hecho ni siquiera en qué día estaban. “Es mejor no preguntarse esas cosas” le aconsejó a Caine, que acabaría dejando la costumbre de trasegar dos botellas de vodka al día por una impresionante moza de nombre y rasgos indios. Pero O’Toole siguió compaginando el alcohol y el amor y una vez, tras despertar dando tumbos en la bodega de un avión de un amigo y preguntar dónde cojones se encontraban, se dio cuenta de que no es que no supieran qué país sobrevolaban: es que tampoco sabían el continente.

Amaba Irlanda, sí, pero de lejos; decía que Irlanda es una cerda que devora a sus crías, que puedes quererla pero no vivir en ella, y enumeraba una larga lista de artistas irlandeses –de Wilde a Joyce y de Shaw a Beckett– que tuvieron que marchar al exilio para mantener vivos su país y su arte. Es lo que hizo él toda su vida, ochenta y un años cabalgando a lo largo de películas, novias, esposas, caballos, borracheras y obras de teatro para acabar fundiéndose en esa sombra que se derrama sobre las arenas desde lo alto de un tren y a la que aún siguen los beduinos.