Opinion · Punto de Fisión

Alan Turing, mártir

En sus días finales, enloquecido por el tratamiento hormonal, solo y destrozado, Alan Turing le escribió a un amigo este silogismo fallido y patético: “Turing cree que las máquinas piensan. Turing yace con hombres. Luego las máquinas no piensan”. Apenas medio siglo después de la sentencia contra Oscar Wilde, Gran Bretaña se lució condenando a otro genio por indecencia y perversión sexual. Cuando el juez le dio a elegir entre la prisión y la castración química, Alan Turing prefirió las inyecciones de hormonas femeninas, un tormento que le provocó impotencia y obesidad y que acabó abocándolo a un temprano suicidio a los 41 años. Al parecer, mordió una manzana envenenada con cianuro, igual que en aquel cuento de Blancanieves que Turing adoraba y que su madre le solía recitar de niño. La manzana mordisqueada que, según la leyenda, es el homenaje de Apple al padre del ordenador y de la inteligencia artificial, aquel genio bueno y solitario que amaba a los hombres y a las máquinas.

Porque ése era el único delito de Turing, amar a los hombres, el mismo por el que la reina ahora le ha indultado y le ha concedido su gracioso perdón, cuando debería ser ella, en nombre de la hipócrita sociedad a la que representa, la que debería pedir perdón a Turing y a todos los homosexuales (como sí lo hizo en 2009 el primer ministro Gordon Brown) por la infamia cometida contra una de las mayores glorias de Inglaterra. La comparación con Wilde tal vez se quede corta porque Turing, aparte de la invención del primer prototipo de ordenador y de sus logros matemáticos, es también uno de los grandes héroes secretos de la Segunda Guerra Mundial. Hasta mediados de los setenta, veinte años después de su suicidio, no desclasificaron los documentos donde constaba que Turing había sido condecorado con la Orden del Imperio Británico por su trabajo en el centro de análisis criptográfico de Bletchey Park durante la guerra.

La historia de Turing da para varias películas. En una de ellas podemos verlo, harapiento y sin afeitar, rodeado de genios tan excéntricos como él, los ajedrecistas, poetas, matemáticos y jugadores de bridge que habían reclutado para intentar descifrar el código secreto de la Máquina Enigma. Cuentan que cuando Churchill visitó el lugar y vio a todos aquellos locos discutiendo entre montañas de números, le gruñó al jefe de los Servicios Secretos: “Cuando le dije que buscara debajo de las piedras, estaba empleando una metáfora”. Pero al final, gracias a la labor previa de los matemáticos polacos, al trabajo incansable de sus ayudantes y a su intuición magistral, Turing logró dar con la clave que, entre otras cosas, revelaba los movimientos de los submarinos nazis en el Atlántico Norte. En palabras de Dawkins, la contribución de Turing a la victoria aliada fue mayor que la de Eisenhower.

La vida de Turing, una hermosa sucesión de actos de bondad, ingenuidad y sacrificio, ofrece mucha más belleza que la que pueda yo reunir aquí en cuatro párrafos. Su estancia en Princeton, donde coincidió con Einstein y con Hardy, y donde Von Neumann le ofreció un puesto de ayudante. Su placer al correr una maratón en una fría mañana inglesa. Su visión de un sistema mecánico de cálculo capaz de efectuar operaciones lógicas a través de un sencillo algoritmo y que acabaría siendo el primer embrión de la informática. Su secreto enamoramiento a los catorce años de Christopher Morcom, un muchacho un año mayor que él y que se truncó de golpe por una tuberculosis antes de que Turing le dijera nada. Su firme creencia de que la física acabaría probando que el alma humana existe más allá de la muerte, desligada de la materia y de los átomos, en un lugar todavía ignoto donde su amigo lo estaría esperando.