Opinion · Punto de Fisión

El brexit con un cerdo

En el primer episodio -para mí el mejor- de Black Mirror, una princesa de la casa real británica era secuestrada y la condición para devolverla con vida era que el primer ministro tenía que follarse a un cerdo ante las cámaras de televisión, en directo y a la hora de máxima audiencia. El espectáculo prometía ser muy divertido pero luego, en cuanto el primer ministro se bajaba los pantalones, se veía que no, que se trataba de algo más bien penoso, deplorable incluso, y el público que se aglomeraba en los pubs para echarse unas risas con la jodienda apartaba los ojos con una mezcla de repulsión y lástima. Más por el primer ministro que por el cerdo.

Como la realidad no sólo se empeña en imitar a la ficción sino que a menudo la edita aumentada y corregida, la escena del coito zoofílico en Black Mirror está siendo ampliamente superada por las maniobras circenses de Boris Johnson estos últimos días, cuando en su afán por romper con Europa a cualquier precio acabó por secuestrar no a una princesa real sino a la democracia parlamentaria y amenazó con follarse al parlamento entero, aunque no se sabe muy bien si al final se lo van a follar a él, con el brexit todo es muy confuso.

Aparte de descubrir quién va a hacer el papel de cerdo en este embrollo que se alarga ya tres años, lo verdaderamente difícil es saber quién hará de primer ministro. De momento, en la votación de ayer, el parlamento cerró el paso al brexit sin acuerdos, con lo que parece que Boris Johnson, como era de esperar, se pone a la cabeza en el casting porcino. No deja de ser curiosa esa costumbre de algunos mandatarios ingleses de darse un tripazo contra el suelo cuando llegan a lo más alto, como si el balconing hubiera ingresado por derecho propio en el decálogo británico, junto con la conducción por la izquierda y el té de las cinco. Para corroborarlo, ahí está David Cameron, quien, empachado de vanidad tras su triunfo en el referéndum escocés, se estampó contra las urnas saltando desde un balcón en Mallorca.

Con todo, Boris Johnson no es el único que está dejando en pañales a la ficción en estos momentos en que la democracia más antigua en activo enseña sus vergüenzas al mundo. El pasado lunes, durante el acalorado debate sobre el brexit, pudo verse al líder de la Cámara de los Comunes, Jacob Rees-Mogg, repantingado en un sofá, echándose una siesta española al mejor estilo british. Su excusa, aparte de la dedicación a la política, es que se trata de un millonario excéntrico, apasionado del críquet y de rezar el rosario.

Ante personajes como Johnson o Rees-Mogg, que parecen sacados de una novela de Evelyn Waugh, poco puede hacer la ficción televisiva a la hora de profetizar un escenario apocalíptico. Por ejemplo, Vivienne Rook, la incendiaria demagoga de Years and Years encarnada por Emma Thompson, se va quedando muy atrás frente a sus colegas de la realidad, a pesar de ese look repelente con el que han intentado emparentarla con la no menos repelente Christine Lagarde. El cerdo, de momento, no sabe, no contesta.