Punto de Fisión

Fellini de los espíritus

"Soy un gran mentiroso" dijo Federico Fellini de sí mismo y de su arte, una advertencia que no sólo dio título a un extraordinario documental sobre su vida y su obra, sino que en cierto modo repite la paradoja de Epiménides, puesto que si con esa frase Fellini dijera la verdad ya estaría mintiendo, y si mintiera, estaría diciendo la verdad. Por eso su cine está en algún lugar a mitad de camino entre la verdad y la mentira, entre la mistificación y la fábula, entre la memoria y la exageración. Una vez admitió que era completamente incapaz de inventar nada, que únicamente podía interpretar sus recuerdos. Por eso Borgo, escenario de Amarcord, hunde sus raíces en Rímini, su ciudad natal, donde Fellini creció rodeado de los primeros coletazos del fascismo; por eso Roma, la película en la que levantó un canto de amor a la capital italiana, está hecha a medias de reminiscencias y a medias de sueños; por eso Guido Anselmi, el cineasta en crisis de 8 ½, es el alter ego de Fellini, el artista que era y el que no era, el que quería ser y el que temía ser.

A Fellini siempre le gustó magnificar, tergiversar y fabular, de manera que cuando contaba un recuerdo ni siquiera él sabía si estaba expresando un deseo y si formulaba un deseo quizá estaba recordando un sueño. De ahí ese aire onírico, extraño y grotesco de tantas de sus grandes escenas: el pavo real abriendo la cola espléndida bajo la nevada, la rugiente jauría de motocicletas iluminando la noche romana, el rinoceronte montado en una barca que flota sobre un mar de plata, el desfile circense de los personajes bajo una catedral de andamios, el beso imposible en la Fontana di Trevi. Rigurosamente inolvidables, estas y otras secuencias forman el retablo de una filmografía única e irrepetible, una imaginería que lo eleva al olimpo de los grandes visionarios del séptimo arte: Murnau, Hitchcock, Bergman, Kurosawa, Tarkovski, Kubrick, Buñuel.

Según confesión propia, tres elementos de su infancia articulan todo su cine posterior: el mar, el circo y la iglesia. Los tres aparecen en mayor o menor medida en una escena que Fellini recreó en 8 ½ y que es uno de sus traumas seminales: el baile de la Saraghina, una indigente enorme que vivía en una cabaña de la costa y que por unas monedas bailaba medio desnuda para los niños. Impresionado por un libro religioso que había traído su tío a casa, en el que aparecían dibujos de demonios medievales, el pequeño Federico creyó reconocerla en uno de los grabados y al día siguiente se atrevió a visitarla él solo. Ella se puso a cantar y él comprendió que sólo era una mujer, aunque corrió a la iglesia para confesarse y descubrir los terrores del pecado. Las mujeres desmesuradas y sensuales que pueblan su filmografía -Anita Ekberg, Sandra Milo, Magali Noël, Maria Antonieta Belluzzi- son variantes de la Saraghina primigenia, hipérboles en celuloide de aquellas monstruosas Venus infantiles con que llenó sus primeros cuadernos de dibujo. Años después, cuando tropezó con las fotografías de Anita Ekberg en una revista, Fellini murmuró: "Dios mío, haz que nunca me encuentre con ella". Fue casi la misma frase que puso en los labios de uno de los encargados de equipaje en La Dolce Vita.

Sin embargo, el amor de su vida y la piedra angular de su cine, fue una mujer pequeña de ojos traviesos que al mismo tiempo era una actriz excepcional, Giuletta Masina. Con ella al frente del reparto dirigió Fellini dos de sus primeras obras maestras, La strada (1954) y Las noches de Cabiria (1957), dos monumentos visuales en los que se cumplió la profecía que Pasolini dijo sobre él: "Fellini tenía que cumplir una misión casi milagrosa: la de salvar el Neorrealismo inspirándose en sus propios vicios". Quienes tachan su obra de fría e inmisericorde olvidan que pocas películas hay capaces de igualar la compasión y la humanidad de Masina haciendo la calle o siguiendo al bestia de Zampanó como un perrillo sin dueño. "La strada -escribió Cabrera Infante- es lo que muchos intentan y casi nadie consigue: La strada es un poema". El momento en que Anthony Quinn, en la piel de ese animal insensible, toma un helado y se echa a llorar recordándola quizá no tenga comparación en el arte cinematográfico.

En La Dolce Vita (1960) rompió definitivamente con el Neorrealismo y disgregó la narrativa tradicional en una serie de episodios aparentemente inconexos pero de una potencia visionaria formidable. Desde la estatua de Cristo transportada en helicóptero sobre el cielo de Roma hasta la raya gigante muerta en la playa, el espectador casi no tiene tiempo de reposar los ojos a pesar de la duración de la cinta y del retrato del tedio contenido en ella. En 8 ½ (1963), fue un paso más allá y logró la proeza de realizar una cinta paródica, autobiográfica y autoconsciente sobre un director con la inspiración agotada a quien dio vida otra de sus efigies recurrentes: Marcello Mastroianni. La influencia de esta obra magna sobre todo el cine posterior resulta tan apabullante que basta señalar que su sombra alcanza a cineastas tan distintos como Emir Kusturica, Woody Allen o Paolo Sorrentino. O que uno de los dos grandes musicales de Bob Fosse (All that jazz) resulta impensable sin ella (Fosse ya había adaptado antes en Broadway Las noches de Cabiria).

Es cierto que, a partir de 8 ½, y salvo excepciones, su obra se resiente de cierto manierismo, cierta tendencia a la repetición y al barroquismo hueco (Giuletta de los espíritus, Casanova y el Satiricón son los ejemplos más obvios), pero también lo es que, más que un cineasta, Fellini ya era un género propio, un creador solipsista que sólo se nutría de sí mismo. Aun daría muestras de su genio magnífico en Amarcord, en Roma, en E la nave va y en Ensayo de orquesta. Supersticioso hasta la médula, jamás se atrevió a filmar su gran fantasía sobre la muerte, El viaje de G. Mastorna, cuyos preparativos concluyeron con un extraño choque anafiláctico que estuvo a punto de costarle la vida. Todavía le faltaba mucho para reunirse con ella, pero una vez le confesó a José Luis de Vilallonga que ya había visto a menudo a la muerte desde que era un niño: "Una mujer muy hermosa, en los cuarenta, vestida de seda roja y encaje negro, perlas al cuello; serena, inteligente, resignada". Hoy se cumplen cien años de su nacimiento y su cine sigue tan vivo y deslumbrante como el mar.